Prohibido para nostálgicos

La memoria como aquel «equis andacalles» de Líber Falco, camina por los barrios del ayer. Cada rincón, un recuerdo, cada calle, una añoranza. Pispea las cuadras y dispara sus versos con personajes y sitios del viejo Montevideo. Ahora quiere rememorar al Cordón y su antigua calle Sierra. El edificio de la Caja nuevito y al llegar a Uruguay la granjita «Villa Marzo» inundaba la esquina con sus aromas. Puertas abiertas de par en par y emanaban los olores de bolsas de gofio, maíz y alpiste. Del techo colgaban los caseritos salamines y en los estantes de madera, los bollones de conservas. Aceites de oliva, toneles de atún y sardinas porque, aunque usted no lo crea, en ese tiempo el bolsillo de los vecinos daba para los gustitos. En la puerta, tenía su parada el canilla que todos llamaban «negrito Picholo», hablando de fóbal y masticando sus infaltables refuerzos de sabrosa morcilla. Enfrente, en el San Javier, los gestores de jubilaciones hacían sus negocios y se confundían con figuras del Carnaval como Angel Silva. Siguiendo a patacón, al llegar a Paysandú, el alboroto callejero hacía un respetuoso silencio. De la empresa «Jockey Club» arrancaba un cortejo de negrísimos coches. Los hombres se quitaban sus gorras y sombreros, algunos hacían la señal de la Cruz. Antes de llegar a Cerro Largo, a mitad de cuadra, estaba el conventillo que los vivos llamaban el «Miami» por el biógrafo que habían inaugurado a pocos metros. Por su gran patio de malvones y piletas pasaron vecinos ilustres como «el Chiquito» Roselló, el mago del redoblante. Muy cerca estaba la zapatería Rasentei, con su estilo de zapatos a la medida por pocos vintenes. De gamuza, charol o cuero y a hacer pinta por las calles del Cordón. En el salón «Mundo Uruguayo», se trepaba a los largos sillones y los lustradores hacían brillar los tamangos. También venían un aromático tabaco para pitar bien debute. Por ahí, por Sierra y la Paz, había una popular casa de luz roja. Señoras muy pintadas, en camisón de seda, hacían debutar al pibe llevado por el pariente más canchero. Pero la pasión de la botijada, inocentona por cierto, eran los biscochos de don Bottarini. Tierno mazapán y bollos de azúcar quemada. A la altura del puente, los vecinos salían con las exquisiteces de ese genio panadero, como su típico pan con dátiles. Cerca, un gran cartel decía «Casa de Electricidad’ y atendían las hermanas Guida. Cruzando La Paz, la peluquería de los calabreses donde te hacían «un corte para darse corte», como estaba escrito en el gran vidrio. En la droguería «La Popular» estaba la alquimia sanadora del boticario, con el conocido «hongo de terra» para curar la vejiga. Por el «Alcázar» andaba Carlitos Roldán que vivía a la vuelta. Y para los vecinos casamenteros, la joyería de Caputi, con sus alianzas y anillos. Viejo Cordón y Sierra, que los lectores cómplices te agreguen más vivencias. A puro tango y recuerdo los esperamos los sábados, a las 19, en 1410 AM LIBRE..*

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