Ensayo sobre la lucidez
Cuando la democracia se limita a la mera convocatoria a las urnas y al usufructo de algunas libertades civiles jurídicamente consagradas a texto expreso, la ciudadanía pierde el protagonismo que le asigna el propio sistema.
En esas circunstancias, los pueblos son menos libres y soberanos, porque omiten ejercer plenamente todos sus derechos, beneficio que – teóricamente – los transforma en dueños de sus destinos.
Sin embargo, esa actitud de presunta omisión no es en modo alguno deliberada, sino una directa consecuencia de la falta de información y de los defectos de una educación cívica a menudo frágil y conceptualmente deformada.
Es frecuente en nuestro país, que al invocarse derechos constitucionales que son naturalmente inalienables, los personeros del poder acusen a quienes los reivindican de asumir una postura radicalmente visceral y cuasi subversiva.
Es fácil inferir que esta situación es un subyacente resabio de la larga noche dictatorial, cuando la conculcación de muchas garantías legales se transformó en una aberrante práctica habitual.
En plena era de las comunicaciones, en las naciones del denominado tercer mundo que parecen estar endémicamente en crisis el derecho a la información está seriamente jaqueado.
Un cabal testimonio de ello es el carnaval mediático que soportan los uruguayos en los días previos a las elecciones internas y que seguramente padecerán en los siguientes cuatro meses, antes de la crucial comparecencia a las urnas de octubre próximo.
La publicidad de los partidos que en esta primera instancia dirimirán supremacías internas dentro de apenas una semana, es reveladora de la desigualdad en términos de acceso a los medios de difusión masiva.
Obviamente, esta situación no es nueva. Todos somos plenamente conscientes que por el alto costo de los espacios en los medios audiovisuales para sostener una campaña se requiere de un fuerte apoyo financiero, cuya procedencia jamás se reveló públicamente.
Este es un testimonio de la falta de transparencia con la que operan los partidos que representan los intereses de los grandes grupos del poder, que están anegando – hasta la extenuación – el circuito mediático con su abundante pirotecnia electoral.
Mientras la opción de cambio real debe asumir una estrategia proselitista de austeridad, sus adversarios conservadores gozan de privilegios que sugieren importantes respaldos. Esas «dádivas» se transforman a su vez en compromisos secretos, que a su tiempo deberían ser saldados.
Obviamente, la coalición entre el poder político y económico y la oligopólica industria de las comunicaciones no es un fenómeno uruguayo ni regional. A nivel planetario, esta alianza perversa asume singular protagonismo en la conjura articulada por el imperialismo unipolar, que pretende justificar las inverosímiles guerras «preventivas», las invasiones a países soberanos y el recurrente saqueo de riquezas.
Sin embargo, pese a todas las limitaciones, la existencia de una opinión pública mundial aún fuerte y esclarecida, abona la actividad de algunas conciencias libres, que denuncian los atropellos y las atrocidades perpetradas por los colonialismos contemporáneos.
Uno de esos personajes que sigue alimentado aún el sueño de la construcción de una sociedad más justa y soberana, es el Premio Nobel de Literatura portugués José Saramago.
El ensayista y novelista es, sin dudas, más allá de la calidad literaria de su producción, uno de los intelectuales más influyentes y respetados, por su inclaudicable compromiso con la verdad.
Autor de memorables obras como «La balsa de piedra», «Memorial del convento», «El Evangelio según Jesucristo», «Levantado del suelo», «Ensayo sobre la ceguera», «La caverna» y «El hombre duplicado», Saramago es hoy una suerte de «gurú» para quienes
aún conservan enhiesta la indispensable vocación de disenso.
Durante una reciente teleconferencia internacional en la cual participó LA REPUBLICA, el aclamado autor ratificó el sesgo crítico de su prédica antiglobalizadora y proclamó su voluntad de seguir luchando por la refundación de la democracia, hoy seriamente devaluada por el ejercicio abusivo del poder.
En «Ensayo sobre la lucidez», José Saramago construye una novela de ficción política, que es una metáfora en torno al descaecimiento de las democracias y la aún subyacente tentación autoritaria.
Mixturando como es habitual el género novelesco con el ensayo, el Premio Nobel de Literatura arma pacientemente un tinglado por momentos tragicómico, poblado de numerosos personajes patéticos.
Partiendo de la hipótesis para nada inverosímil que una ciudad decida votar masivamente en blanco para expresar su repudio al sistema político en su conjunto, el escritor describe múltiples situaciones jocosas que sin embargo convocan a la reflexión.
El autor portugués retrata la perplejidad de los integrantes de un circuito receptor de votos en un día de elecciones, cuando advierten que nadie ha concurrido a cumplir con su deber cívico.
Si bien en numerosos países de Europa es habitual el alto abstencionismo electoral porque la concurrencia a las urnas no
es obligatoria como en Uruguay, el cuadro está cargado de elocuentes pinceladas irónicas.
Hay una satírica lectura de hábitos y actitudes, reveladora del comportamiento de la fauna humana ante situaciones límite, que se agudiza aún más con la comprobación de que la mayoría de los ciudadanos de esa imaginaria ciudad capital, han sufragado en blanco.
La arquitectura política se estremece de pies a cabeza, ante esa rebelión colectiva que, sin agitación ni violencia, cuestiona severamente al sistema castigándolo con la indiferencia.
Corroborando que aún bajo las democracias que se suelen ufanar de su pureza y transparencia subyace el ominoso monstruo autoritario, José Saramago retrata la desmelenada reacción de un gobierno acorralado, que inventa conspiraciones donde no las hay para justificar su ineptitud e inmoralidad.
El autor plantea una hipótesis posible, que puede ser la directa consecuencia del acelerado agotamiento de un modelo político y social que se aferra a su inmutable statu quo y sigue parapetándose detrás de una fachada de acendrada humanismo.
Hay una primera lectura ciertamente compatible con la prédica del escritor: la crisis de representatividad que padecen muchos sistemas políticos contemporáneos, por su radical divorcio de las demandas y expectativas del ciudadano común.
Aunque el autor omita deliberadamente las alusiones explícitas, no resulta demasiado complejo deducir que se cuestionan las conductas asumidas por algunos gobiernos europeos que acompañaron la aventura militar imperialista en Irak sin consultar a sus electores.
José Saramago convoca la inteligencia del lector, cuando denuncia la mentira y el engaño. La reacción represiva de las autoridades de ese país imaginario ante el mayoritario voto en blanco, con el establecimiento del estado de sitio para enfrentar la «conspiración», parece ser una clara invocación a las «guerras preventivas» y a las agresiones militares reales que soporta la humanidad.
Al describir el urbano escenario de una ciudad sin gobierno, el escritor no está ensayando ninguna apología de la anarquía como se ha pretendido insinuar. A lo sumo, denuncia la cosmética fragilidad de algunas democracias que han perdido legitimidad.
Si bien esta novela no es una continuación de «Ensayo sobre la ceguera», José Saramago alude subliminalmente a otras cegueras en este caso del poder y a la lucidez de un colectivo que se resiste a seguir siendo conejillo de indias de un
a auténtica farsa.
José Saramago trabaja la materia prima novelesca con riqueza y sabiduría, al describir jocosamente el proceso de resquebrajamiento del poder y sus contradicciones. Las disputas entre el presidente y sus ministros están impregnadas de un tono paródico realmente muy disfrutable, que devela la frivolidad de algunas posturas dialécticas.
Tanto el protagonista un atribulado comisario de policía como los numerosos agonistas nacidos de la pluma del autor, revelan, según los casos, síntomas de una desenfrenada alineación obsesiva.
En «Ensayo sobre la lucidez», José Saramago transita simultáneamente los territorios de lo jocoso y lo patético, para denunciar las patologías colectivas y los excesos de una sociedad en acelerado proceso de descomposición moral, que afronta, con una mezcla de incertidumbre y estupor, una grave crisis de valores y la inquietante pérdida de su identidad ética.
(Editorial Alfaguara)
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