Pasiones de crónica roja

Se trata de En carne viva, un largometraje rodado en formato independiente, con escenas de alto impacto y un cambio de timón en la trayectoria cinematográfica de Meg Ryan que  dejando de lado las comedias light  se interna sin pudores en una inquietante experiencia cinematográfica. La historia no deja de tener el convencional argumento de muchos filmes policiales: un asesino en serie  que descuartiza mujeres jóvenes  asuela la ciudad mientras que una desprejuiciada profesora de literatura inglesa (Meg Ryan) sospecha haber visto algo que puede delatar la identidad del criminal. El desarrollo de los acontecimientos plantea una relación sentimental con el detective que sigue el caso (Mark Ruffalo), la correspondiente fotografía de diversas escenas tórridas acompañadas de un lenguaje obsceno que ilustra el ritual erótico y alguna que otra pista como para despertar sospechas entre varios personajes que hacen a la trama.

Analizando dichos componentes, que son trabajados en una caligrafía fílmica muy similar a la serie New York police departament, más de uno puede llegar a la conclusión que, detrás de este supuesto envoltorio escandaloso, no hay demasiado más que llame la atención en la propuesta de Campion.

Con una estructura bastante esquemática donde van desfilando diferentes sospechosos (por donde circula un Kevin Bacon en rol psicótico), el carácter convencional de la puesta en escena se quiebra transitoriamente por un par de ráfagas de sexo casi explícito, ciertas imágenes salpicadas de sangre y la correspondiente vuelta de tuerca que no deja de tener cierto carácter gratuito en su resolución.

Es probable que el filme haya llamado la atención, más que nada, por el plus que supuso la incorporación de Ryan en el elenco. De no ser por esa ruptura de los acostumbrados roles protagónicos que desempeña esta especie de heredera de Doris Day, quizás En carne viva hubiese pasado por los escenarios internacionales con mayor pena que gloria. A nivel de la narración, por ejemplo, no se advierte mayor proceso en la evolución psicológica del personaje ni tampoco parecen agregar demasiado las puntuales citas poéticas (llegan a incluir hasta el comienzo de la Divina Comedia) que la protagonista lee durante el transcurso de la película. Esa misma gratuidad contamina, por momentos, los espacios que detallan la relación sexual sin un nexo razonable que fusione esas tomas (que no abandonan una buscada desprolijidad de enfoque) con el todo de la historia.

De todas maneras, el tratamiento despojado de dichas imágenes, un manejo frontal de los diálogos y un rendimiento actoral atendible, descuentan unos puntos a favor a pesar de ser un título especial, muy especial, que va a desconcertar a buena parte de la platea. *

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