La aventura siempre es la aventura
Fenómeno de taquilla planetario, desde luego que Harry Potter y el prisionero de Azkabán tercera parte de la saga no iba a cambiar su tonalidad narrativa ni tampoco ese universo donde la idea de lo fantástico, de la fábula y lo lúdico, de las fuerzas y el bien y el mal son una envoltura perfecta para Harry (Daniel Radcliffe) y el resto de la tribu de magos en Hogsworth.
No se iba a modificar un target ya preestablecido que devino fórmula altamente exitosa, y el cineasta mexicano Alfonso Cuarón (En las nubes), en consecuencia, solamente se preocupó de llevar a buen puerto una nave que está generando una pottermanía e ingresos multimillonarios.
Con lo que, evidentemente, Cuarón no intentó en ningún momento personalizar este tercer opus, es decir, hacerlo propio. No hay trazo alguno del cineasta mexicano por ninguna parte, y se sujetó a las reglas, aunque sí hay una solvencia narrativa apoyada por una crew de colaboradores espléndidos en la construcción de maquetas, efectos visuales y sonoros para obtener una producción a gran escala y a pedir de boca de los fans, aunque sin mayores exigencias creativas.
Lo cierto es que si pensamos a Harry Potter como una trilogía aunque ya se anunció que se efectuará una cuarta parte, todo es negocio en este mundo, sí queda relegada en cualquier posible top ten. Al filme, en rigor, que nunca decae en la esencialidad de ser entertainment y a la vez espectáculo, le ocurrió lo mismo que a la trilogía de los hermanos Wachowski con The Matrix. La primera fue la del impacto y si se quiere la de la novedad en la categoría «entretenimiento inteligente». Pero la saga queda relegada si evocamos otras trilogías: basta pensar en los primeros tres episodios de La guerra de las galaxias, de George Lucas (años después decidiría fundar más episodios), en Volver al futuro, de Robert Zemeckis o en la reciente y formidable El señor de los anillos, de Peter Jackson. O, si pensamos en propósitos cinematográficos de mayor volumen formal y temático, por allí salta inmediatamente El Padrino, de Francis Ford Coppola.
Aun así Harry Potter funciona con la exactitud de un relojero. Si bien esta tercera parte supera a su anterior opus, no obstante es inferior a la primera. Hay un trabajo actoral más que aplicado y ejecutivo del elenco de actores, especialmente de Emma Thompson (irreconocible por el maquillaje que la transforma en hechicera), de David Thewlis (otros de los docentes de Hogworts), la habitual corrección de Alan Rickman y de Michael Gambon y la afortunada presencia (y reaparición en la pantalla) del notable Gary Oldman como el prisionero de Azkabán, en rigor el padrino de Harry. Más oscura que las restantes versiones el conflicto de Harry y sus padres asesinados son el eje anecdótico de esta tercera parte Harry Potter y el prisionero de Azkabán posee vértigo, misterio, sentido de la aventura en los mejores términos para que las plateas disfruten a full vaciando conos de pop-corn y bebidas cola. De eso se trata el pasatiempo: de disfrutar, y Daniel Radcliffe (Harry) y los suyos no desentonan para nada y cumplen con su objetivo. Habrá una cuarta parte, mientras se rompe la taquilla en todo el mundo incluyendo a un país llamado Uruguay. *
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