KILL BILL VOLUMEN 2, DE QUENTIN TARANTINO

La venganza final

Pero reducir Kill Bill a esta escueta paráfrasis es traicionar la esencia de una película en la que Quentin Tarantino rinde cinéfilo tributo, entre otras cosas, al spaghetti western, a los filmes de artes marciales y a todo producto de acción cuyo espíritu popular se legitima y reivindica a través de un homenaje de hipnótica fascinación. Como ya se señaló en una nota anterior, correspondiente a la primera parte de Kill Bill, los largometrajes de Tarantino no parecen aceptar términos medios: se toman o se dejan con la misma virulencia que imprime el cineasta a sus realizaciones. Con este segundo volumen ocurre exactamente igual, ya que no hay manera de permanecer indiferente frente a una propuesta que exige cierta complicidad dentro de un territorio que hace al cine de matiné, los clisés de ciertos géneros y el uso de códigos propios para iniciados en el tema.

Es cierto, en esta segunda parte hay ciertos cambios que pretenden ilustrar sobre la faceta humana y psicológica de los personajes sin dejar de lado –claro está– los estallidos de violencia que conmocionan la pantalla. Pero ese desenfreno visual resulta aquí más amortiguado por ciertas pausas donde los diálogos intercalados por Tarantino en sus guiones adquieren, por momentos, la misma fuerza que la brutalidad física. Pero no se trata solamente de esos diálogos aparentemente triviales (que esconden la tormenta dentro de una engañosa calma superficial) sino, además, de las tomas y encuadres que el director de Tiempos violentos selecciona para cada situación. Es sorprendente advertir el carácter ansiógeno que se imprime –por ejemplo– en los vacilantes pasos de dos personas que se aproximan o en una charla «civilizada» en la que se pretende explicar las razones de un asesinato en masa. Como al inicio de la primera parte, en la que una sangrienta batalla entre dos mujeres tenía por escenario un idílico hogar al estilo american way of life, Tarantino insiste con mezclar ternura y brutalidad como dos caras de una misma moneda. Lo hace con la pericia de un maestro y la transgresión propia de un creador que nació para romper esquemas y fusionar géneros en típica actitud posmodernista. Intentar explicar racionalmente los hallazgos de Kill Bill puede no tener sentido; quizás lo único posible sea informar sobre supuestas reivindicaciones (la de David Carradine, por ejemplo, descalzo y tocando una flauta igual que en Kung Fu) o marcar momentos puntuales como esas cámaras en zoom violento que imitan el estilo de las películas chinas cuando focalizaban al protagonista de turno en una situación límite.

Como ya dijimos, no se trata de promover adhesiones o explicar la película, lo que resultaría una tarea bastante ardua. Aquí, el componente visceral que convoca (o genera rechazo) tiene que ver estrictamente con la suerte de compartir (o no) ciertos gustos que hicieron época y que pasan, entre varias opciones, por la banda sonora de los western filmados en Italia, los delirios marciales de las películas asiáticas, la serie negra norteamericana o la predilección por algunos duros del cine policial estadounidense. Las advertencias están hechas.

Kill Bill. Volumen 2. Escrita y dirigida por Quentin Tarantino. Con Uma Thurman, David Carradine, Michael Madsen, Darryl Hannah y Lucy Liu *

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