Amores metropolitanos
Su protagonista Jerry Falk (Jason Biggs), no es más que el alter ego del cineasta neoyorkino más europeo de todos: le transfiere absolutamente todas sus obsesiones, y al mismo tiempo, utiliza esa voz y esa energía para hundir el bisturí y diseccionar una sociedad que se mira a sí misma desde la neurosis u otro tipo de patologías, algo ciertamente recurrente en el autor de Hannah y sus hermanas y La otra mujer.
Este nuevo opus de Woody Allen trabaja una variación de sus anteriores ensayos amorosos. Digamos que se trata frontalmente del diseño de una historia de amor –o, en todo caso, varias porque se trata de una sucesión de amores casi sin mayor carnadura que no llegan a espigarse del todo–que opera como patrón narrativo para traer a escena al psiquiatra de turno, al universo judío al que Woody Allen nunca elude en sus evocaciones o en sus mordacidades –el cineasta se reserva el rol de David–, y las constantes referencias en su cine a las infidelidades conyugales y a la problemática sexual.
Y de nuevo con el sello punzante, corrosivo y letal de la ironía, del comentario subido de tono y a la vez demoledor que destroza las teorías más refinadas. Es bien conocido ese cinismo de Allen, capaz de tramar diálogos veloces y agudos, de amalgamar gags verbales llenos de ingenio: lo consigue hasta con la figura de un protagonistanarrador que se dirige al espectador para distanciarse, reírse de sí mismo y de la realidad que retraduce en sus imágenes.
Obsesiones y acidez que no son novedad. Se trata de un filón que el director neoyorkino descubrió hace ya muchos años y al que ahora vuelve encarnándose en Jason Biggs, a quien interpreta el joven actor Jerry Falk, cuyo personaje es un aspirante a escritor, recién divorciado, pusilánime y condescendiente, que se deja aconsejar por el experimentado David –un Woddy Allen que esconde un misterio existencial–, hasta ser convencido de que se aleje de Nueva York y se embarquen conjuntamente como guionistas en una aventura hollywoodense.
Al lado de este aprendiz de Allen, Amanda, una niña seductora que juega a ser mayor y salirse siempre con la suya, rol caracterizado por Christina Ricci. Amores a primera vista, sexo y afectos, inseguridad y rechazo al compromiso son condimentos individuales que se mezclan con los toques irónicos a la política de defensa nacional de Estados Unidos o a su polémica ley de armas.
Con el porte intelectual del cineasta de Manhattan, y también con el a veces discurso frívolo y amoral con que hace hablar y comportarse a sus personajes, Allen construye un filme realmente atractivo.
Sus incondicionales volverán a reír con sus frases ingeniosas y su capacidad para no dejar títere con cabeza. *
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