UN BRILLANTE TRABAJO DE GUS VAN SANT EN ELEPHANT

El estrépito de la violencia serial

Siempre se trata de componer. De fundar, de reelaborar sobre los facts (los hechos) y, en particular, de constatar a partir de tales incidentes, en este caso los ocurridos en el instituto Columbine, en Colorado, que precisamente dio lugar a l laureado documental Bowling for Columbine de Michael Moore.

Es lo que ha practicado Gus Van Sant (quien ya posee títulos mayores como Drugstore Cowboy y Mi mundo privado) con un sistema narrativo que amarra el terrible tema y simplemente lo expone con un despojamiento formal mayor y que le otorga a Elephant una calidad minimalista  en lo formal  y un fluir reflexivo, si se quiere, que trabaja a partir de la propia gestión de los personajes.

Un cielo en cámara rápida  recurso que utilizó Francis Coppola en la memorable Rumble Fish  que presagia una tormenta hacia afuera y hacia adentro de un día en la vida del instituto Columbine, opera como eje estructural de un relato sin fisuras. Van Sant, en ese contexto, trabaja meticulosamente con técnicas diferentes: planos secuencia para seguir a esas criaturas flotando en su propios andares sin intuir lo que vendrá; travellings para acelerar la progresión dramática; uso del flashback y reiteración de las mismas escenas como para que el espectador vaya acumulando la información y, también, un deliberado uso de los espacios vacíos rodeando a los adolescentes de Columbine como metáfora de un posible vacío generacional.

Gus Van Sant apenas, si en el caso de los adolescentes (Eric y Alex) que se arman hasta los dientes, y provocan finalmente la matanza en serie de trece de sus compañeros  toda una carnicería de dos individuos que evidentemente traspasaron las fronteras de la razón  deja que la cámara, de paso coloque algunos apuntes: la fascinación por el nazismo de uno de los homicidas; la influencia de los videogames de constitución violenta; el ser y estar de dos solitarios incomprendidos o que no encajan en el mundo ordinario estadounidense que emprenden una relación homosexual como medida de autosatisfacción.

Hay otros elementos colaterales que trabajan como alarmas y/o anotaciones de que algo no funciona: un padre (Timothy Bottoms) está ebrio como una cuba y el hijo, por su culpa, llega tarde a clases con la evidente reprimenda del rector; una chica gordita, inhibida, en rigor una nerd no quiere utilizar pantalones cortos en clase de gimnasia, lo que le vale todo un sermón admonitorio de la profesora; una pareja se entera de un embarazo y no saben dónde están parados, ese qué hacer después de lo actuado,

Todos esos elementos Van Sant los articula solamente como vehículos para barnizar a los personajes. No les indaga el pasado. Tampoco pregunta porqué  en definitiva  se decidieron por provocar una de la mayores catástrofes de los últimos años en los Estados Unidos. La tragedia, simplemente es. Y opta por constatar los hechos de una locura de la que, en algún momento, la lluvia ácida mediática quiso culpar al compositor y cantante Marylin Manson, algo totalmente fuera de lugar. Y habrá crudeza, pánico, un shok de proporciones mayores desde adentro de la métrica minimalista empleada.

Ese apocamiento expresivo permite que la película construya una poética acantilada, casi un haiku que no trata de explicar la violencia, sino de mostrarla en toda su dimensión para que los espectadores -de última- mediten cuando el filme, con todos sus cuerpos inertes, se funde a negro.

Implacable, Gus Van Sant. Una pequeña obra maestra.

ELEPHANT (Estados Unidos, 2003). Dirección y guión de Gus Van Sant. Elenco: Alex Frost, Eric Deulen, Elias McConnell, Jordan Taylor, Carrie Finklea, Brittany Mountain, Timothy Bottoms. Fotografía de Harry Savides. *

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