A sangre fría
El filme, por cierto, no suaviza la virulencia del personaje central que la estupenda Charlize Theron interpreta con magistral pulso aunque descarga responsabilidades de su amante lesbiana (llamada aquí Sewlby Wall) a pesar de una historia oficial que las comprometió a ambas en una larga cadena de delitos, amenazas, atentados a la propiedad privada y una tenebrosa serie de asesinatos.
La prensa internacional se ha encargado de difundir la patética vida de la denominada primera asesina serial de los Estados Unidos: Violada a la edad de trece años, comenzó a ejercer tempranamente la prostitución y pronto se vio involucrada en diversas transgresiones que motivaron su encarcelamiento en varias oportunidades. La película arranca desde un nudo crítico existencial del personaje que, al borde del suicidio conoce ocasionalmente a la joven lesbiana (interpretada por Christina Ricci) por la que se juega en clave de redención, idealizando un utópico futuro color de rosa.
Lo que el filme plasma muy sintéticamente, es el callejón sin salida de esta mujer que, a pesar de sus deseos por redimirse, aparece condenada por su pasado y, frente a un cliente sádico, termina matando en defensa propia para luego adquirir el hábito homicida como estrategia de supervivencia en un mundo sin tablas de salvación. La historia, de por sí, no es novedosa pero si algo se le puede agradecer a la directora Patty Jenkins es tomar distancia de los acontecimientos, mostrar los estados de conducta desfasados con pulcra objetividad y no caer en simplificaciones perdonavidas que achaquen genéricamente las responsabilidades del caso a todo el mundo (lo que puede ser una manera muy sutil para que nadie se sienta aludido).
Quizás el aporte más valioso del largometraje sea precisamente el despliegue histriónico de Theron quien, más allá de su «afeamiento» para dar con el personaje, ofrece un sombrío registro de esos demonios desatados que impulsaron a Wuornos al crimen múltiple.
Su gestualiad, el tosco lenguaje corporal que retrata en cada toma y hasta la manera de pararse y decir sus diálogos supone una auténtica proeza actoral de esas que envidian los teatreros al ver un legítimo Premio de la Academia al Mejor Actor o Actriz. (De hecho, la artista ha sumado distinciones varias como el Oscar, el Globo de Oro, el Independent Spirit Award y el de la National Society of Films Critics, entre otros. Casi nada).
Todo esto, sin embargo, no deja de tener su costado patético: entre 1989 y 1990, la verdadera Wuornos fue responsable de seis (o siete) homicidios; a principios del 91 resultó apresada en un bar y su supuesta cómplice aceptó colaborar con la policía para eludir cargos. Posteriormente, la acusada terminó confesando sus crímenes y dos semanas antes de su ejecución (!) vendió los derechos cinematográficos para que se hiciera una película con su vida. Es que Hollywood no podía desaprovechar tener un monstruo de verdad para lucrar en la taquilla. En fin.
Monster. (Estados Unidos; 2003). Dirigida por Patty Jenkins. Fotografía: Steve Bernstein. Edición: Arthur Coburn. Producción: Mark Damon. Música: BT. Con Charlize Theron, Christina Ricci, Bruce Dern, Lee Tegersen y Annie Corley. *
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