"DAMAS Y CABALLEROS" DE JACOBO LANGSNER, EN EL TEATRO STELLA D´ITALIA

El buen travesti y la dama digna

Amanda (Gloria Demassi) una viuda, rica en recuerdos, corta en dinero y amplia de ideas (pero que aspira a casarse con el primer vejete rico que se le cruce), alquila una pieza de su mansión de 280 metros cuadrados a un travesti cincuentón, ex vedette del Lido y del Follies Bergère en París, que se hace llamar Beatriz (Daniel Spinno Lara) pero que ese llama en realidad Ezequiel Gufanti; Bruno (Oscar Serra) hijo de Amanda, es diputado, cargo que le sirve para restaurar el brillo de la familia con negocios sucios, donde suele aliarse con su suegro, Atilio (Duilio Borch), un comerciante sin escrúpulos; los dos hombres aparecen casualmente en casa de Amanda, descubren y escarnecen al travesti. Fuera de una funambulesca peripecia final, que no vamos a revelar, la obra termina como comienza; no hay progresión dramática, y sí abundante charla, muy a menudo irrelevante, que reemplaza a la ación, hay un ir y venir desmadejado de extensos episodios y narraciones que no conducen a ninguna parte, como la pierna quebrada de Amanda, el ojo lesionado de Bruno, y el reencuentro de Beatriz con su hermano Julián (Federico Galemire).

La mayor parte de la obra se va en largas y cargosas exposiciones, que incluyen estadísticas, sobre cuáles deben ser nuestras opiniones y hasta nuestras palabras cuando nos referimos a los travestis, tema que parece fascinar a nuestros intelectuales, como Angel Rama en «Las máscaras democráticas del modernismo». Debemos aceptar, so pena de ser estigmatizados como machistas y sexistas, que un travesti es una mujer, sólo porque se siente mujer, y aún aceptar que hable de su menstruación que una vez se le retiró y creyó estar embarazada, que usó dispositivos intrauterinos y que padeció un fibroma en el útero; hay que admitir que Beatriz es hombre sólo por un curioso «desorden hormonal» o trance de la naturaleza. Hay, como podía esperarse en Langsner, soltura de diálogo y chistes varios, todo lo que sucede, también, al margen de la inasible trama. Los personajes, convencionales y esquemáticos, aburren muy pronto. Los masculinos, salvo el hermano de Beatriz, que es homosexual, son machistas, corrompidos, manipuladores, prepotentes y criminales. Irán a la cárcel y desacreditarán de paso a sus familiares; pero el diputado, además, añade a sus muchos méritos la infidelidad a su mujer con una rubia exhuberante. El travesti, en cambio, que cuenta haber gozado en Francia de los favores de los ricos, que lo compensaron con joyas y hasta con un «petit chateau», ha vivido para el «arte» de la revista y el «amor auténtico». ¡Ufa!

Cada dramaturgo diseña los personajes que quiere; pero este travesti es pequeño y triste, sin llegar a patético; sus rasgos confabulatorios y sus depresiones que lo han llevado a las tentativas de suicidio, parecen en la acción cosa de nada, pero sugieren tormentas interiores que Langsner, ocupado en su beatificación, no registra. En este sentido recordemos, sin ir más lejos, la «Deaf Daisy» de «Manhattan Medea» (Dea Loher, dirección de María Dodera), que compusiera brillantemente Ernesto Laiño, o la «drag queen» de Caio Fernando Abreu, que interpretara Gilberto Gawronski en uno de los Festivales de Porto Alegre, con su inquietante «Â¡Cuidado conmigo!».

En la interpretación vimos una auténtica proeza a cargo de Gloria Demassi, que compuso a su personaje con tanto magnetismo y convicción que el espectador llegó a creerla, a pie juntillas. *

DAMAS Y CABALLEROS, de Jacobo Langsner, por la Comedia Nacional, con Gloria Demassi, Oscar Serra, Daniel Spinno Lara, Cristina Machado, Bettina Mondino, Duilio Borch y Federico Galemire. Espacio escénico de Beatriz Arteaga, ambientación de Ramón Mérica, vestuario de Hugo Millán, iluminación de Miguel Güida, música original y efectos sonoros de Popo Romano, asesor coreográfico Nacho Cardozo, dirección de Jaime Yavitz. Estreno del 29 de mayo, Teatro Stella.

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