A NOVENTA AÑOS DE LA MUERTE DE LA GRAN POETA DELMIRA AGUSTINA

Una poética acantilada y liberadora

a poeta había alcanzado el reconocimiento público por sus tres libros (El libro blanco, 1907, Cantos de la mañana, 1910, y Los cálices vacíos, 1910), ganándose también los elogios de destacados intelectuales nacionales y extranjeros. Un año antes se había casado con Enrique Job Reyes tras un noviazgo de seis años, pero el matrimonio duró apenas mes y medio. Tras el brevísimo tiempo que duró la convivencia matrimonial, Delmira volvió a la casa paterna, pero pronto regresó a la cama de su ex marido, en la pieza arrendada por Enrique Job Reyes en Andes 1206.

Varias hipótesis se han tejido en torno al final trágico de los amantes. La más tradicional gira en torno a la discordia entre Reyes y su regordeta suegra, quien no habría consentido que su «nena» tuviera descendencia, y donde doña María aparece como una especie de monstruo ligada a Delmira por una enfermiza relación destructiva. Los cronistas y biógrafos marcan la diferencia entre los cónyuges: Delmira, la poeta, la «nena» protegida por su madre, hija del hacendado Santiago Agustini, quien copiaba con devoción los poemas de su hija. Reyes, un hombre católico, rematador de ganado, y del cual se han dicho muchas cosas menos que era «sensible».

Tras la ruptura, el marido tomó conciencia que el único papel posible era convertirse en amante de su esposa, por lo que arrendó un cuarto en una casa de familia, forró las paredes con retratos de Delmira, y se resignó a encuentros furtivos dos o tres veces por semana. Ella había escrito «Erase una cadena fuerte como un destino,/Sacra como una vida, sensible como un alma;/La corté con un lirio y sigo mi camino/Con la frialdad magnífica de la Muerte…»

 

Vestida de rojo

En noviembre de 1913, a tan sólo dos meses de promulgada la ley, Delmira se presenta en el Juzgado Departamental de Segundo Turno «contra Enrique J. Reyes», solicitando el divorcio. Aunque la ley se había promulgado y se podía hacer cumplir «por sola voluntad de la mujer», en gran medida se contraponía con las arraigadas costumbres de la época.

La Ley de Divorcio suscitó controversias en la sociedad uruguaya desde el momento mismo en que se propusiera en el Parlamento. Tal como lo documenta el diario La Democracia (Montevideo, 10 de setiembre de 1905), donde en un artículo titulado «Sensible error» se informa de las primeros encontronazos entre quienes estaban a favor y en contra de la ley: «Ayer, en el Parlamento, informando sobre el Divorcio, el Miembro que dictaminaba en nombre de la mayoría de la Comisión de Legislación, tuvo frases injustas, de una severidad inmerecida, para las respetables damas que suscriben la petición anti-divorcista presentada a la Legislatura. Conceptuamos errado ese rumbo. El derecho de petición es indiscutible y su negación perjudica más a quienes la hacen que a quienes son víctimas de ella. A este respecto no caben dos opiniones y abrigamos la certeza de que en este instante el distinguido Doctor Pérez Olave piense lo mismo que nosotros».

La Dra. Aurora Curbelo Larrosa recuerda su encuentro con Delmira: «Cada vez que evoco un recuerdo se me representa tal cual la vi en el día de la última entrevista que me hiciera durante la tramitación de su divorcio. Toda vestida de rojo: su traje de terciopelo rojo, rojo su pequeño y coquetón sombrero y rojos, muy rojos, sus rojos labios. Fue esa una de las pocas veces que me habló de su divorcio y recuerdo perfectamente que al pronosticarle yo una reconciliación me miró dulce y profundamente (…),’con aquella su mirada celeste, inexplicable y suprema en cuya expresión se contenía toda una vida de amor y todo un horizonte de esperanza’. Parecía que el poeta que esto escribió años ha (no recuerdo quien fue) hubiera captado en ese mismo instante la sublimidad de esta mirada».

José Pedro Barrán agrega más elementos en esa desigualdad impuesta a ambos sexos frente al placer, acotando que la poesía erótica de Delmira Agustini es el primer testimonio preciso que se ha podido hallar «pero su envoltura estética tan cuidadosa y eufemística, sugiere la vivencia culpable del placer».

Reyes insistía en lo imposible, volver a la vida matrimonial y que todo quedara enmarcado en la honra y el decoro de su masculinidad criolla y católica. Delmira pedía «Piedad para las manos enguantadas/De hielo, que no arrancan/ Los frutos deleitosos de la carne/Ni las flores fantásticas del alma».

 

Guardar las apariencias

La muerte violenta de los amantes sacudió a la sociedad uruguaya, que apenas se atrevía a murmurar en dialogos de salón o café, descorriendo, en parte, el velo de pudor que mantuvo el secreto. Desde la década de los 60 la literatura y los relatos historiográficos se encargaron del tema.

La «nena» que escribía en 1909 a su novio, el rematador de ganado, con ingenuidad e infantilismo pueril: «La Nena (ella misma) sigue hoy muy mejorcita. Gracias a Dios. Ya recibió la cartita de Q.men tempranito. Ya falta poquito para vernos si D. tiere(…)Yo queo que los días se han «volvido» más lago. Falta hoy, mañana y… despés? La Nena se quedó ayer tan mejorcita cuando «sabió» que Q.venía que en la tarde pudió salir un poquito a tomar el sol (…) Dígame mucho mañana si D. tiere, que mene y que mene (…) Mena noche, mi viejo terido. Saludos respetuosos y mimitos de Yo». Algo que ha sido material de estudios eruditos y notables. No sólo porque se vio envuelta en una situación límite, sino porque se atrevió a traspasar el cerco prepotente de la sociedad uruguaya de hogares «bien constituidos».

 

La vida es tan rara

Quizá el esclarecimiento total del drama nunca pueda ser develado, pero en medio, la vida, la muerte, y fundamentalmente la obra de Delmira Agustini, sigue concitando el interés de creadores y público. La figura de la «nena» que escribía poemas y que eran primorosamente transcriptos por su padre.

Delmira, irrespetuosa de las costumbres «morales», asfixiada por su madre, que terminó recortando de la foto de bodas de su hija a aquellos personajes que consideraba nocivos para su genio creador. Delmira, que con solamente 21 años escribía: «Yo encerré/Mis ansias en mí misma y toda entera/Como una torre de marfil me alcé (…)Yo sé que en nuestras vidas se produjo/El milagro inefable del reflejo/En el silencio de la noche mi alma/ Llega a la tuya como a un gran espejo».

Delmira, quien le escribiera a Rubén Darío: «A mediados de octubre pienso internar mi neurosis en un sanatorio de donde, bien o mal, saldré en noviembre o diciembre para casarme. He resuelto arrojarme al abismo medroso del casamiento. No sé: tal vez en el fondo me espera la felicidad. ¡La vida es tan rara!». *

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