La historia del hombre que supo ser todos los hombres
El inolvidable protagonista de Pan y chocolate fue un histrión de excepción, dotado de una sensibilidad única que supo encarnar magistralmente al hombre común, sin más elementos que su sutil gestualidad y su agudo conocimiento de la naturaleza humana.
Su mirada era lánguida, contemplativa y casi triste, pero siempre vivaz. Poseía una personalidad delicada, suave pero al mismo tiempo avasallante, que retrataba a un hombre de carácter decidido y potente.
Manfredi supo ser un actor dotado de un particular histrionismo, que lo tornaba un personaje magnético, de notable estatura dramática y humorística, pero al mismo tiempo un hombre de gestos mínimos, de andar pausado, con quien el espectador podía fácilmente sentirse identificado.
Ultimo vástago de una fecunda generación de intérpretes, entre los que cabe recordar a otros «monstruos sagrados» italianos de la actuación como Tognazzi, Mastroianni, Gassman y Sordi, era capaz de desempeñar los roles más disímiles dentro de la pantalla y también fuera de ella, ya que cultivó otras expresiones artísticas además de la cinematografía.
El mimo, el histrión, el hombre de la calle
Con el nombre de Saturnino Manfredi nació el 22 de marzo de 1921 en Castro dei Volsci, licenciándose tempranamente en Derecho, para posteriormente comenzar a estudiar teatro en la Academia de Arte Dramático.
Debutó en el Teatro Piccolo de Roma, junto al magistral Oracio Costa, a quien siempre consideró un maestro. En 1956 debutó en la serie de televisión L’alfilere, a la cual seguirán numerosos sucesos en el teatro, antes de abocarse al séptimo arte.
Tras algunos traspiés, su fama cinematográfica llegó con la película L’impiegato (El empleado) en 1959, dirigida por Puccini.
Posteriormente, asumió su brillante interpretación en El verdugo (1963), bajo la dirección del español Gracia Berlanga, logrando una de las actuaciones más elogiadas de su carrera.
El hombre que se metía bajo la piel del pueblo
El verdugo es una de las películas más emblemáticas en la filmografía del genial y controvertido realizador español García Berlanga y se constituyó en una de las primeras y más recordadas de las grandes interpretaciones de Nino Manfredi en la pantalla grande.
Esta obra transcurre en un ámbito de salvaje humor negro, inconfundible impronta del realizador. Manfredi sabe sacar buen partido de las oportunidades que le brinda la historia a la hora de crear personajes, esa sutileza que le llevaba a lograr poderosas actuaciones componiendo sus caracterizaciones en base a pequeños gestos y medidos movimientos.
Manfredi era un profundo estudioso del comportamiento humano, del sentir y las vivencias del hombre común, aquel que vemos a diario en cualquier esquina y en el cual apenas reparamos.
Esa era una de las más grandes capacidades del sensible actor italiano: el rescatar a aquellos personajes olvidados, que ya son parte del gris decorado de la cotidianidad. Sus actuaciones nos revelaban al hombre en toda su dimensión humana, mostrándonos su a menudo rica psicología y poniendo ante nuestra mirada la profunda vida espiritual que tantas veces se oculta tras la apariencia de estos ignotos personajes.
El filme se desarrolla en la España franquista de los años sesenta y narra la vida de José Luis, interpretado por Manfredi, un joven que trabaja en una funeraria y debe contraer enlace compulsivamente con la hija de un verdugo, cuando éste los sorprende en la cama.
El verdugo, encarnado por el gran actor José Isbert, está cercano ya a su retiro, y decide que su yerno herede su ignominioso oficio. De esta manera, presiona a la pareja, con la promesa de facilitarle la vivienda que tanto necesitan.
Pero el personaje encarnado por Manfredi, un hombre sencillo, católico, de arraigados valores morales, es incapaz de matar a nadie y se encuentra cargando la dolorosa cruz de un oficio que aborrece. Cada día sufre el silencioso calvario de aguardar que le soliciten cumplir con su impiadosa tarea, rezando para que no lo llamen nunca.
El personaje, en su bondad y candidez, sueña recurrentemente con el día en el cual se indulte a todos los condenados a muerte, en evidente y tajante rechazo al autoritarismo y la barbarie reinante en aquellos tiempos.
A través del fino pincel interpretativo de Manfredi, nos confrontamos a una visión del verdugo absolutamente antagónica a aquella firmemente enquistada en el imaginario colectivo. El gran rapsoda nos muestra un verdugo víctima de la sociedad, un hombre sencillo sometido a los absurdos designios de su tiempo.
Nino Manfredi compone su personaje, se mete en la angustiosa dermis del joven y nos expresa su constante dilema moral a través de sutiles expresiones que la cámara capta muchas veces como al pasar, en un rictus casi imperceptible, en una mirada lánguida y doliente, en una pequeña inflexión de voz.
A través de su actuación, se nos propone reflexionar a propósito de temas tales como la frustración, el destino, la diferencia entre las clases sociales, el concepto de autoridad, el abuso que de ella suele hacerse y la agresión.
La pena de muerte es –en este caso– la excusa para tejer un relato a propósito de la libertad y sus peligrosas limitaciones.
El bufón, el poeta
Al encarar la ímproba tarea de evocar el legado cinematográfico de Nino Manfredi, inevitablemente incurriremos en omisiones, ya que la carrera del actor y realizador abarca en total más de cien filmes y en todos ellos demuestra cabalmente, tanto su poderoso arte tanto interpretativo como su talento directriz.
Podemos recordar sus disfrutables actuaciones como comediante, aunque el concepto de comedia para Manfredi comportaba siempre un agudo análisis de la condición humana en todas sus facetas.
El homosexual que compone en uno de los episodios de Vedo nuto (Veo desnudo), es un elocuente ejemplo de cómo Manfredi era capaz de lograr un personaje totalmente hilarante pero al mismo tiempo atribulado por su condición, un individuo que sufre la discriminación, incluso aquella a la que se somete a sí mismo al no aceptarse como hombre.
No podemos olvidar por supuesto, su actuación en Pan y chocolate, que nos confronta al tema, por desgracia dolorosamente actual en nuestro país, de la inmigración y de la progresiva pérdida de identidad del sujeto que se ve impelido a abandonar su patria y con ella a afectos, costumbres y referentes culturales. El famoso actor vuelve a encarnar al hombre de a pie, aquel que sufre en silencio sin que nadie suela ocuparse demasiado por escucharlo.
Nos muestra la discriminación al extranjero, en la piel de un Manfredi humorístico y también dramático, que conjuga en una mirada, en un gesto, en una palabra dicha en voz baja, la singularidad de aquellos personajes que están tan cerca que apenas podemos llegar a verlos.
Nino Manfredi fue un fiel representante de una era de oro del cine italiano, radicalmente antagónico a los divos de consumo masivo y a los héroes cinematográficos de pies de barro que anegan contemporáneamente la pantalla grande. *
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