Níquel pasó la prueba
El viernes y el sábado pasados, Níquel y su público tomaron por asalto la Sala Zitarrosa para exhibir las canciones de su nuevo disco denominado Prueba viviente.
Y realmente pasaron la prueba en esta larga trayectoria –a la que también habrá que respetarla, así como buena parte del público la festeja ostensiblemente– de logros, sinuosidades y también rengueras, suba y baja de su credibilidad como proyecto.
Hay una idea, una sensación de resurrección que se le otorga a la banda comandada por Jorge Nasser y Pablo Faragó, luego de performances un tanto críticas donde no operó seguramente la autocrítica de este combo musical.
Lo cierto es que Níquel posee esa virtud de corregirse, de despojarse de sus propias resacas y resurgir como si nada hubiese ocurrido para que la lectura global de su obra fundada, que fuese parcialmente recreada de su shows de la Sala Zitarrosa, con un profesionalismo verdaderamente resaltable, sea –decíamos esa lectura de la obra– a velocidad eufórica por parte de sus consabidos fans.
Hay habilidad, ingenio en la manera en que Nasser y Faragó, los cabezas de mando de Níquel, se mantengan en la atención de la gente.
Nasser posee una intuición larga y eso le permite –desde hace mucho tiempo– testear el apetito de sus receptores y así direcciona su discurso cancionístico.
Hoy posee, desde luego, al público y a la crítica divididas.
Hay una sensación de amor y odio con los Níquel que en consecuencia determina que el proyecto continúe marchando y en una línea de producción que, en el caso concretísimo de Prueba viviente, logra un escalafón cualitativo por encima de sus anteriores producciones discográficas.
En vivo, pues, todo operó con justeza: el virtuosismo de Farago, los esfuerzos comunicacionales, más bien expresivos de Nasser para tratar de darle contundencia al mensaje, posible mensaje de Níquel, la pantalla de video enriqueciendo con imágenes todo el transcurrir del show –muy bueno el momento en que la pantalla disparó imágenes de Evangelista, el mismo que alguna vez peleó con Alí– y la sensación general de un sonido aplicado, sin demasiado vuelo creativo o arreglístico, pero suficiente para hacerle saltar la térmica a quienes lo siguen a muerte en cada una de sus presentaciones.
Renglón aparte para la intervención del baterista Gonzalo Farrughia, ese notable músico que hizo gloria tanto aquí con Psiglo como en Buenos Aires con los Crucis. el final a todo «Candombe de la Aduana».
Buen concierto, y todos felices. Pasaron la prueba.
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