Las Pelotas y Tabaré Rivero en concierto

Agitadísimas de rocanrol

Cuando el cantante Alejandro Soskol, ya al cierre del show anunció «Para qué», Las Pelotas habían generado uno de sus conciertos intensos, de caligrafía dionisíaca, de gran belleza y que se suele guardar en la memoria emotiva de la gente. Por su autenticidad, por su destreza escénica, por todo lo entrañable que emana de un proyecto musical que tuvo momentos expresivos e interpretativos mayores.

Un rato antes, Tabaré Rivero y los suyos se habían marchado del escenario de La Factoría con las ovaciones del público golpeando en el pecho de ese grupo que se empeña a toda costa en envejecer aunque paradójicamente trabaja estéticamente por su envejecimiento o por una retórica discursiva que se parece demasiado al ‘talenteo’ (cabe perfecto el neologismo) y la chatura.

Acaso porque Tabaré se dispara en un rocanrol potentísimo, navega entre el candombe y la murga, practica una irritante y menor versión de «Gurisito» de Daniel Viglietti, vuelve al rocanrol, critica a la crítica y en su zarpe personal hasta teatraliza los espacios de silencios.

Y otra vez: rocanrol, el fluir de una milonga con instrumentistas que hacen correctísima sus tareas escénicas, mientras Rivero con los spots golpeándole el rostro, los ojos desorbitados, se vuelve una suerte de caricatura que vocifera y vocifera como para concluir que como cantante es un buen actor. Y que como compositor llega a tener aciertos varios, hasta que cruza la línea y panfletea sin ningún prejuicio y sin ninguna intención de elaboración.

Lo bueno es que Tabaré mande lo que sienta en cada canción, pasional, posee todos los elementos como para despegarse de la media de rock vernácula, pero finalmente en su producción de intensidad termina atentando contra sí mismo y contra el mejor resultado del set escénico.

A los observadores más exigentes, Tabaré Rivero le construye finalmente una imagen repetitiva. Y el propio Tabaré lo sabe. Pero sus sistemas de mordacidades, sus frontalidades contra las reglas (oficiales) de juego es lo que le permite que el público alcance su pico de combustión y lo ovacione. Por lo tanto, habrá que respetarle ciertamente la trayectoria e incluso el contenido de sus canciones, no así la forma de su discurso.

Tiene todo, absolutamente todo para crecer, para decantarse, para practicar cierta autocrítica no en su actitud sino en cómo la expone. Allá él, ya que todo parece seguir siendo rocanrol a pesar del envejecimiento de la propuesta. Que sigue manteniéndolo a Tabaré en la línea de flotación. O sea que sobrevive camaleónicamente a sí mismo, y es la postura disidente lo que lo mantiene en el movimiento de la ola. Y para él parece suficiente. Que lo sea, pues, pero su creatividad hoy tambalea seriamente. Me gusta que sea under, no que juegue a…

El contraste, desde luego, lo vino a marcar el formidable concierto de Las Pelotas. En el movimiento escénico, en la envolvente y sensual voz de Sokol, en la lírica irreprochable de algunos de sus textos; en fin, en la artesanía de un sonido final plagado de sutilezas, de swing, de ese calor (y color) expresivo que hacen de toda la propuesta uno de los enclaves estéticos más importantes del rock latinoamericano.

Todo show de Las Pelotas es el equivalene a estar de fiesta. A diferencia de Tabaré y su grupo, la historia de estos argentinos reside en hacer fluir naturalmente sus tramas musicales veteadas de unos textos espléndidos, de una dinámica estilística amplia y virtuosa, de destreza interpretativa que nunca osa abusar de su destreza y que nunca busca imponerse a fórceps o a pura estridencia.

Nada es forzado en el territorio compositivo y sobre todo en sus modos expresivos. Y mucho menos, nada es caricatural. Por el contrario, todo show de las Pelotas es una invitación al desenfreno más noble y asimismo a la reflexión más intensa y perdurable. Uno se va de sala con la música de Dffunchio, Sokol y el resto en los oídos y en el alma; más que suficiente tarea cumplida de una serie de músicos que nunca arengan, simplemente dice y cómo lo dicen he ahí la cuestión de extraordinario prestigio intelectual y musical que debe tenerse por Las Pelotas.

Aquí sí hay talento, nunca la idea de ‘talentear’. Excelentes de pies a cabeza, de corazón a guitarras y voces, su lenguaje corporal y su idioma cancionítico marcó en La Factoría uno de los espectáculos más afortunados de esta temporada. Que regresen.

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