Identidades amputadas por el destino
Durante el siglo XX la diáspora se transformó en un fenómeno recurrente, por el trauma derivado de las conflagraciones bélicas y los regímenes autoritarios expoliatorios. En el transcurso de la dictadura que padeció nuestro Uruguay, miles de compatriotas debieron abandonar el territorio nacional con las consecuentes secuelas afectivas y emocionales.
Otro tanto sucede con los denominados exiliados económicos, que también padecerán los lacerantes efectos derivados de la pérdida de su matriz cultural.
En El abrazo partido (*), Daniel Burman construye un ambicioso drama existencial sobre identidades amputadas por la tragedia y las inexorables sentencias del destino. El filme llega con un excepcional palmarés: Premio del Jurado a Mejor Película y Oso de Plata a Mejor Actor en el Festival de Berlín, otorgado a nuestro compatriota Daniel Hendler, y los galardones a Mejor Película y Mejor Dirección que concede el Festival de Lérida
El relato se ambienta es un barrio comercial de Buenos Aires, que comienza a padecer los efectos de la crisis económica y social que aún golpea al vecino país. En ese espacio físico habitado por numerosos judíos, italianos y hasta coreanos, transcurre una experiencia de vida pautada por la rutina y la nostalgia de pasados esplendores, pero también por sentimientos encontrados y pasiones subterráneas.
En medio de esa fauna cosmopolita, el joven Ariel (Daniel Hendler) busca obsesivamente su identidad étnica, al iniciar los trámites para adquirir la nacionalidad polaca de sus ancestros.
Sin embargo, en él subyace otro conflicto que trasciende a la tragedia de sus antepasados en los campos de concentración nazi: su propia identidad afectiva fracturada por la prematura partida de su padre rumbo a Israel, a luchar en una guerra injusta en Medio Oriente.
En el centro comercial, cuando la crisis inicia una nueva diáspora interna, el protagonista procesa sus propias angustias en contacto con una realidad a la que parece indiferente.
Mientras la relación con su madre (Adriana Aizenberg) está pautada por prolongados silencios y mentiras, una abuela sobreviviente del holocausto (estupenda Rosita Londner) acerca al joven a la cultura de sus mayores.
En ese contexto, una amante infiel relacionada con un hombre mayor por conveniencia es, para el joven, una suerte de segunda madre, pasional, cariñosa y confidente.
Aunque la paleta artística de Burman propone plausibles aciertos en materia de guión, fotografía, interpretación y algunas sugestivas metáforas visuales (el joven huyendo de su padre entre la multitud de una caótica megalópolis), el filme queda a medio camino entre el drama y el testimonio.
El realizador concentra sus baterías más en los conflictos personales del protagonista y sus búsquedas étnicas, espirituales y afectivas que en una Buenos Aires al borde del colapso social, golpeada por la crisis terminal, la devaluación, el fraude, el vaciamiento y la angustia colectiva.
El abrazo partido teje la trama de la emotividad aunque con un abordaje algo epidérmico, que conmueve particularmente a los cinéfilos más sensibles.
(*) Una buena recomendación para el fin de semana, además de El arca rusa y Las invasiones bárbaras.
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