La vida, el debate, la muerte
El título en cuestión ha resultado ganador del Festival de Cannes 2003 (Mejor Guión y Mejor Actriz), logrando el espaldarazo definitivo con el Oscar a la Mejor Película Extranjera y recibiendo elogios de todo calibre en la prensa internacional.
Cabe señalar que, en esta oportunidad, dichos méritos resultan coherentes con el excelente nivel que Arcand demuestra de principio a fin, en una narración cinematográfica que no decae mientras dice muchas cosas. Y las dice muy bien.
La maestría en el uso del diálogo es, precisamente, uno de los pilares que sostiene esta realización donde lo visual cede privilegios a la hora de contar esta historia sobre desencantadas reflexiones del mundo que nos rodea. Es que en Las invasiones bárbaras la palabra adquiere un vigor inusitado durante la proyección y, muchas veces, el fundido en negro con que el director de Jesús de Montreal cierra una escena es la pausa legítima que se impone para que el espectador logre restaurarse pacíficamente del golpe que ha sufrido.
No se trata, por cierto, de un filme panfletario sino de una mirada tan aguda como inteligente que pasa revista a la nueva decadencia que se ha instalado en pleno Siglo XXI. Estas invasiones bárbaras del título hacen referencia no sólo al terrorismo que ha cruzado las fronteras seudoinexpugnables del imperio, sino a una pérdida de valores, el reconocimiento de algunas cegueras intelectuales y el desplome de ideologías varias cuyos paradigmas son observados con tierno escepticismo o, en algunos casos, con ácida ironía.
En la anécdota, un profesor de historia, aquejado de una enfermedad terminal, reúne a sus antiguos amigos (esposa y amantes incluidas), gracias a la colaboración de su hijo (una especie de yuppie mesurado), para dar el último adiós. En este caso, el primer hallazgo de Arcand es retomar a los antiguos personajes de La decadencia del imperio americano (17 años después) y dejarlos reflexionar en voz alta sobre sus experiencias de vida y las conclusiones a las que han arribado en este mundo tan cambiante. Pero también aparecen nuevos seres –como Natalie, una adicta en vías de recuperación que hereda la biblioteca del docente– que matizan estas desencantadas irreverencias con cierta cuota de esperanza mientras el peso de la realidad abruma a todos por igual.
En Las invasiones bárbaras no sólo se nutre de cierto cinismo, que puede verse como herramienta de defensa frente a la impunidad de los poderosos, sino que también hace lugar a la ternura. Un pudoroso sentimiento que permite hincarle el diente a temas tan peliagudos como el de la eutanasia –entre muchos otros–, sin caer en lugares comunes o consignas baratas.
Es cierto, no queda títere con cabeza. Pero la sabia destreza con que el director argumenta sus dichos es de un impacto contundente que apela –antes que nada– al sinceramiento desnudo del espectador. Los que logren reconocer, entonces, sus propias dudas (y reconocerse en sus propios defectos) disfrutarán de una experiencia única y avasallante. Ineludible. Es de lo mejor del año, qué duda cabe.
Las invasiones bárbaras. (Canadá Francia; 2003). Dirigida por Denys Arcand. Guión: Denys Arcand, Denise Robert y Daniel Louis. Producida por Fabienne Vonier. Fotografía: Guy Defaux. Edición: Isabelle Dedieu. Música: Pierre Aviat. Con Remy Girard, Stéphane Rousseau, Marie-Josée Croze, Marina Hands, Dorethée Barryman, Johanne Marie Tremblay, Pierre Curzi, Ives Jaques, Lousie Portal, Dominique Michel, Sophie Lorain y Toni Cecchinato. *
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