Tardes de circo
Ahora casi no llega ninguno. Por eso, tiramos sogas, clavamos vigas, armazones y se levante un circo en la memoria compañera. Alguno dirá ¿para qué? Si basta darse una vuelta por los clubes políticos y vichar las piruetas y acrobacias de los «que te dije» para justificar repetidas promesas. Pero, preferimos las mujeres con barba, enanos saltarines y focas bigotudas a tener que bancar esas caripelas electorales. Vamos al ayer, cuando el circo deslumbraba como una metáfora de la vida. Tiempos en que la historia de Juan Moreira se representaba en «Los picaderos», bajo una carpa llena de remiendos. Los míticos Podestá teatralizaban ese drama de rebeldía de un matrero asediado por los doctores de la ley y sus verdugos uniformados. Luego, los hermanos Carlo comenzaron con acróbatas y trapecistas junto al actor de leyenda llamado «Pepino, el 88″, número que llevaba grabado en sus calzones de noble payaso. Todas historias viejísimas que los animadores, muy galerudos y de frac, repetían a los vecinos montevideanos de fines del 20. Se confesaban orgullosos descendientes de esa raza de actores y sus dramas, adornados con malabarismos, de pura esencia popular. Grandes circos llegaron al Montevideo de antaño. Caravanas de vagones por donde, detrás de las rejas, asomaban los tigres y leones. Así llegó el circo Sarrasani a un gran terreno frente al Rowin. Una carpa descomunal y al lado otra más pequeña, al costado de la rambla portuaria se ubicaban muchos camiones con acoplados que servían de vivienda a una numerosa troupe. La ciudad amanecía empapelada con cartelones que tenían, en gruesas letras, el nombre Sarrasani. Por los barrios más lejanos aparecía un par de camioncitos donde, golpe y porrazo, bajaban acróbatas con zancos y payasos que entraban corriendo al almacén y al boliche. Junto a lindazas damiselas repartían folletos e invitaciones para que todos supieran que «el gran circo estaba entre nosotros». A la hora del recreo y con tremendo alboroto, un payaso también regalaba entradas a los pibes de la escuela. Otro circo que se las traía fue el llamado Damóstenes. Tenía como atracción principal al «Hombre Hércules», un señor enorme, de dos metros de altura que doblaba barras de hierro que todos tocaban para demostrar que no había truco. Bailarines, magos asombrosos y al final del show, los enanos repartían flores y postales a todos. El circo Checkoslovaco estaba lleno de animales, ya sea osos, panteras y tigres. El espectáculo muy intenso por el rigor de los domadores terminaba en un toque inolvidable de ternura. Una gran jirafa se acercaba a la platea e inclinando mansamente su cabeza permitía que el público la acariciara. Un acto que simbolizaba la reconciliación entre el tan sufrido reino animal y sus inflexibles amos, los hombres. Con más recuerdos y música los esperamos, todos los sábados, a las 18.30 en 1410 AM LIBRE. *
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