Pa’ lo grande que es Fray Bentos
Dos hermanos muy jóvenes, a cuyo cargo estará toda la frescura, la picardía y la gracia disponibles, roban una vaca y la esconden en un frigorífico abandonado. Tal vez puedan vender la leche, pero sólo podrían venderla a sus conocidos, que son tan pobres como ellos y no pueden pagarla… quizás deban regalarla.
Sigue una escena, clásica del género, en que los agonistas se imaginan ante un juez, descubierto el hurto, y ensayan sus defensas, aquí se le apagan los fuegos a Golovchenko y para completar la obra introduce, deus ex machinae, peripecias que no están requeridas por su planteo: «arábigos» con turbante que comprarían y reactivarían el frigorífico y terminarían con la desocupación en Fray Bentos, más tarde unos hombres misteriosos olvidan o abandonan en el frigorífico una maleta con dinero, seguramente mal habido, lo que pretexta diez minutos de deliberación sobre qué hacer con los dólares; finalmente los hermanos imaginan que el frigorífico se transformará en un museo, lo que se hace cierto en el último cuadro.
Si bien una vez robada la vaca la acción concluye, «Vacas gordas» se redime ampliamente con la verdad del diálogo, coloquial pero no superfluo, a menudo ocurrente y con momentos de auténtica gracia y aciertos de psicología; y por una vez el mundo de la pobreza, a través de sus víctimas casi inocentes, aparece en nuestra escena. La actuación muestra buenos valores en los protagonistas (Julio Bengoa y Estefanía Acosta) que, sin embargo, tienden a la sobreactuación, con un acento campero que la obra no necesita para comunicarse y con una continua agitación que resulta un tanto cansadora. Los jóvenes también pueden tener momentos de calma y de sobriedad en gestos y palabras.
VACAS GORDAS, de Estela Golovchenko, por El Galpón, con Julio Bengoa y Estefanía Acosta. Escenografía y vestuario de Carlos Pirelli, iluminación de Verónica Loza, selección musical de Juan Pablo Campodónico, dirección de César Campodónico. Estreno del 23 de abril, Sala Cero. *
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