LIBROS

¿Qué han hecho con mi país?

Hoy, la humanidad afronta uno de los tiempos más críticos de su milenaria historia, porque la mentada globalización planetaria está poniendo en riesgo su propia identidad.

Este es, sin dudas, un fenómeno nuevo nunca antes registrado. En la antigüedad, más allá de las siempre cerriles luchas por el poder, hasta los imperios solían respetar las creencias y costumbres de los pueblos que sojuzgaban.

Este imperialismo posmoderno parido prematuramente de nalgas tras el descongelamiento de la guerra fría, no respeta nada ni a nadie, porque carece de valores y moral.

Pese a las irracionales aventuras bélicas de comienzos de este tercer milenio, hoy no parece indispensable enviar ejércitos, blindados, aviones o buques de guerra para invadir un país.

Basta ingresar en los sistemas financieros con millones de dólares a menudo procedentes de actividades ilícitas, para apropiarse de una nación. Particularmente en nuestro país, esos capitales golondrina con propósito meramente especulativo, son religiosamente amparados por el hermético secreto bancario.

Otra estrategia es –naturalmente– la privatización, para lo cual es suficiente con pactar las condiciones con los gobiernos cómplices. Cuando se pone en marcha una operación de esta naturaleza, las normas legales suelen caer bajo el peso de las recurrentes prácticas de corrupción.

Las habituales concesiones a empresas privadas –casi siempre multinacionales– suelen abarcar períodos de no menos de treinta años. Como estas actividades no requieren anuencias parlamentarias y dependen de meras decisiones cupulares, también en este aspecto la impunidad es total y absoluta.

En nuestro país, pese a la derrota de la denominada Ley de Empresas Públicas hace ya más de diez años y la derogación de la ley de asociación de Ancap, las privatizaciones encubiertas parecen ser moneda corriente.

La lucha por la soberanía — que obviamente no es un mero eslogan electoral sino una contundente definición ideológica– requiere naturalmente de la palabra.

De allí la necesidad de preservar y repotenciar el constitucional derecho a la libertad de expresión tan caro a nuestras tradiciones, desafiando a los oligopolios de la comunicación, que siempre serán aliados del poder y los grupos de presión.

En ese contexto de tanta complejidad, la palabra hablada y escrita adquiere cada vez mayor protagonismo, como constructora del conocimiento, promotora del debate, sustentadora del espíritu crítico y herramienta primordial de cambio social y cultural.

Sin embargo, los últimos acontecimientos mundiales deben convocar a la reflexión, en torno a la siempre imperiosa necesidad de seguir luchando por espacios de expresión independiente.

No olvidemos que esa misma palabra, cuando los falsarios se apropian del relato de la historia, se transforma también en un arma de dominación y apropiación.

Las incalificables agresiones militares contra Afganistán e Irak –que inauguraron a sangre y fuego este incierto siglo XXI– son dos pruebas contundentes de que, como en el pasado, la lucha por la libertad se sigue dirimiendo también en el terreno dialéctico.

Ambas aventuras bélicas del imperialismo unipolar, en un país con una opinión pública habitualmente fuerte e influyente, fueron respaldadas por una pesada artillería publicitaria.

Entre invocadas «guerras preventivas», presuntos «ejes del mal» y demonizadoras apelaciones al «terrorismo», el poder logró ganar las primeras batallas de una guerra que será sin dudas –a juzgar por los últimos acontecimientos– de largo aliento.

La realidad corrobora que no siempre debe juzgarse a un pueblo por las actitudes de sus gobernantes, que suelen prometer lo que no cumplen y violar el contrato no escrito celebrado en las urnas aun con sus propios electores.

En los Estados Unidos, una de las tantas voces disidentes que desafían recurrentemente al poder es el escritor y cineasta Michael Moore, autor del exitoso libro «Estúpidos hombres blancos», que el año pasado comentamos con amplitud en esta sección literaria.

Obviamente, los uruguayos deben recordar también el premiado documental «Bowling for Columbine», que es un osado y contundente retrato de una sociedad alienada por la violencia.

En «¿Qué han hecho con mi país?», el exitoso ensayista construye una nueva pieza de artillería pesada de casi trescientas páginas, procurando demoler –quizás definitivamente– la inmoral parodia montada por la Casa Blanca para justificar muchas de las agresiones imperialistas perpetradas durante los últimos tres años.

Obviamente, Moore –que además de ser un agudo ensayista posee un fino sentido del humor– recuerda las peripecias padecidas para editar «Estúpidos hombres blancos».

Como se recordará, luego de los ataques contra las Torres Gemelas, la editorial retuvo los ejemplares ya impresos y reclamó al autor que modificara la mitad del contenido del libro, particularmente lo relacionado a las acusaciones proferidas contra George Bush.

Obviamente, el autor hizo caso omiso a dicha censura y –merced a la presión de los propios lectores– pudo finalmente editar su obra, que ya agotó más de cincuenta ediciones.

En este nuevo libro, Michael Moore recarga sus baterías y vuelve a «disparar» contra Bush y el propio sistema de su país, confirmando que es una suerte de «pulga en la oreja» del poder.

Tras ironizar en torno a algunas peculiares situaciones derivadas de los atentados del 11 de setiembre de 2001, el irreverente escritor y cineasta se detiene minuciosamente en la historia de las relaciones comerciales entre el poderoso clan Bush y la familia Bin Laden, muchos de cuyos miembros abandonaron el territorio norteamericano pocas horas después de los ataques, insólitamente bajo la supervisión y protección de los servicios de seguridad.

Sin dejar de ensayar conjeturas, Moore revela las cuantiosas inversiones sauditas en la economía americana y el silencio de Washington ante las violaciones a los derechos humanos que perpetra habitualmente la autoritaria monarquía.

El autor acusa al gobierno de su país de entorpecer y obstaculizar las investigaciones de los atentados, así como de endurecer las medidas represivas contra los inmigrantes.

Asimismo, Michael Moore revela que cuando George Bush era gobernador de Texas actuó secretamente como intermediario entre poderosos empresarios del petróleo y el gas natural y los talibanes que gobernaban autoritariamente Afganistán. Obviamente, el interés en estos peculiares fanáticos fundamentalistas era acordar la construcción de un gasoducto que trasladara el combustible desde el Mar Caspio al Mediterráneo.

El escritor interpela permanentemente al presidente norteamericano, confirmando que aún existen muchos aspectos oscuros con relación a los sangrientos atentados.

Imprimiendo a su obra un desenfadado humor, Moore reconstruye la campaña de mentiras montada por la Casa Blanca, para justificar las agresiones militares contra Afganistán e Irak. Los bulos son presentados como si se tratara de hamburguesas servidas en un local de comidas rápidas.

El ensayista recurre luego a la ficción y al humor negro, para imaginar un futuro diálogo a mediados de este siglo, entre él mismo y un eventual bisnieto. Moore pronostica que –dentro de cincuenta años y ya agotado el petróleo– la humanidad quizás retrocederá a la edad de piedra.

Sin cesar sus acusaciones por el terror artificial instalado en la sociedad norteamericana, Michael Moore convoca a evitar la reelección de George Bush, mediante diversas estrategias.

Pese a que no confía en la capacidad del Partido Demócrata para derrotar al actual inquilino de la Casa Blanca, considera que ha
brá que apostar menos a los «estúpidos hombres blancos» y procurar la captación del voto de las mujeres, los negros y los latinos.

«¿Qué han hecho con mi país?» es una irreverente respuesta a los desaguisados cometidos por George Bush (hijo), que denuncia las estrategias engañosas y las campañas de manipulación de la opinión pública orquestadas por el poder y sus aliados estratégicos. Demostrando que se siente fuerte por su multitudinario poder de convocatoria popular, el osado ensayista plantea nuevas dudas y sospechas sobre los acontecimientos que rodearon a los atentados.

Ratificando sus cualidades de incorregible iconoclasta, Michael Moore construye una obra desafiante y plena de audaces revelaciones, que constituye un cabal testimonio de que en la primera potencia militar y económica del mundo existe un discurso independiente y antagónico al poder.

(Ediciones B)

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