Mi lengua
Tengo –y por supuesto tenemos– el placer de habitar la lengua más rica del planeta. A la lengua española generalmente la utilizamos –en el vértigo cotidiano– con diversos resbalones. A veces colocamos pésimamente los énfasis y las pausas, tampoco las acentuaciones son las más apropiadas, confundimos un adverbio con un adjetivo sobre todo cuando navegamos las texturas del español desde nuestra oralidad.
Pero es nuestra lengua lo que nos humaniza en forma definitoria. O sea, nuestro lenguaje, nuestra marca en el universo cada vez más fast food (si se me permite este uso rápido del inglés, lengua de contrato) de la globalización y de la invitación malsana a la individualización de los individuos.
La lengua, por el contrario, es una invitación permanente al aprendizaje de la noción de lo colectivo. Ese es el rol de la lengua española y de todas las lenguas: imponer la generosidad mediante el diálogo y la tolerancia que pueden otorgar el sentido a fondo de las palabras en su fase oral o escrita.
Y, esencialmente, es el sitio desde donde nace la identidad más profunda de los pueblos de habla hispana. Allí anida serpenteante y espléndida, reflexiva y contagiante, acomodándose a la acústica de las diferentes estaciones de época, nuestra memoria más siniestra y más luminosa, esos contrastes tremendos de la condición humana que, en sus quehaceres, a veces elevan nuestra lengua a su mayor potencia y en otros la devalúan a una calidad decadente.
Por allí están libros como El Quijote de Cervantes, pasando por Cien años de soledad de García Márquez y Rayuela de Julio Cortázar, hasta Dejemos hablar al viento de Juan Carlos Onetti; desde la poesía de Góngora, pasando por la poesía de Vicente Huidobro y Pablo Neruda, hasta la de Eduardo Milán y Juan Gelman, entre miles de escritores entrañables defensores, comprobadores y hasta renovadores de nuestro deslumbrante apalabrar .
Jorge Luis Borges una vez me dijo, hace ya mucho más de un decenio, que nuestros libros y en especial la biblioteca «son los ojos de Dios». En los textos ya sea ficción, poesía, dramaturgia o ensayo, encontraremos las formas en que hemos andado y desandado, la forma en que hemos vivido y desvivido y también la forma en que violentamente hemos desaparecido. Es que la lengua, mi lengua, nuestra lengua es el espejo de nuestros actos. Celebremos el español en su día. Celebrémosla todos los días. *
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