La pasión como historieta, en el Teatro Victoria
«La pasión de Cristo (la obra de teatro)» quiso enancarse en el éxito del público del filme «La pasión de Cristo» de Mel Gibson.
Oportunista, superficial y brevísima (cuarenta minutos), esta glosa de los señores Gustavo Escanlar y Carlos A. Muñoz en pleno siglo XXI, después de Strauss, Renán y Nietzche (que pertenecen al vilipendiado siglo XIX), después de Robert Graves y Joshua Podro («The Nazarene Gospel restored»), obra de mediados del siglo XX, podía y debía tener algún género de actualización, algo que revelara haberse escrito hoy: una revisión crítica o imaginativa de los evangelios, o una demostración del fervor religioso suscitado en sus autores por la lectura de los textos canónicos. Pero esta pasión de Cristo (Gustavo Alonso), hecha con tan poco estudio como esfuerzo, carece tanto de religión como de irreligión y tiene tan poca piedad como impiedad.
El texto sigue servilmente al relato evangélico: como hubo que andar rápido se suprimieron los episodios de Jesús ante Herodes y el lavamanos de Pilatos (Luis Lage); Escanlar y Muñoz casi suprimen a la Virgen María (Sara Larroca), presente sólo en una imagen de video y toda la Resurrección fue unos pasos de Jesucristo con una túnica roja. Con su tufo a claustro y parroquia, con su aire escolar al que sólo faltaron los sones previos de «Mi bandera», con su confusión entre fe y procesiones, con el olor a incienso con que sus responsables saturaron a la platea del teatro Victoria, «La pasión de Cristo» podría haber sido escrito, en su mayor parte, en el siglo XVII, para representarse como auto sacramental de autor anónimo en el atrio de una iglesia.
El único punto en que la pieza no parece de una edad remota es la sublime originalidad de que María Magdalena, de carne somos, estaba enamorada de Jesús. Por lo menos Robert Graves, en «King Jesus» (Hutchinson, Londres, 1946) conjeturó, con más originalidad y fundamento, que Jesucristo contrajo matrimonio con Marta y no con la Magdalena. Pero el amor carnal de la pecadora ya había sido dicho desde hace no menos de treinta años por «Jesucristo Superstar» (Norman Jewison, 1973), que los autores de esta «Pasión de Cristo» podrían haber visto; creemos, sin embargo, que aquí la «inspiración» vino de alguna reseña o de laguna solapa de «El código Da Vinci». El verdadero creador de la doctrina fue, no obstante, un desconocido actor español que, personificando a Jesucristo en un auto sacramental allá por el siglo XVII, violó sobre el escenario a la Magdalena, que resultó embarazada. Todo un precursor, aunque algo más audaz, de Escanlar y Muñoz. Los autores agotaron su ingenio con la invención de algunos apóstoles femeninos, un coro inoperante y el deliberado anacronismo de recitar, por María Magdalena (Mariana Lobo) fragmentos de «El cantar de los cantares». Hubo frases originales de los autores, pero en general fueron como «…su corazón late como el viento del desierto» (?).
Creímos por un momento poder decir que «La pasión de Cristo» tiene el mérito de no incurrir en el indecente sadismo de la iconografía católica, que tuvo su culminación, por ahora, en el filme de Gibson que pese a sus esfuerzos no logra siquiera acercarse al grandioso hiperrealismo de «El retablo de Issenheim», de Grünewald, en el museo de Unterlinden de Colmar.
Pero aquí la ausencia de Ketchup y azotaínas sobre el cuerpo de Cristo son un pie forzado y no una decisión, porque el teatro, gracias a Dios, tiene límites que el cine no tiene dificultad en sobrepasar.
Fue para nosotros imposible relacionar la abigarrada banda sonora con el texto; el vestuario, de una pobreza más que franciscana, recurrió hasta a la cinta scotch y reveló la economía de una producción urgida. En la interpretación tuvimos la sorpresa de encontrar buenos actores, alguno con un involuntario gesto de «yo no fui», otro que pareció tomar su actuación con humor; eran, creemos, las únicas actitudes razonables.
En tanto el teatro Victoria ofrezca esta clase de obras, persistiremos en decir, sin la menor vacilación, que, así como falta buen teatro, sobran las salas que debieran albergarlo. *
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