Crecimiento
Dos notas de El Observador de la semana pasada refieren al crecimiento; pero no –como puede suponer el lector en razón de las características de la publicación– al crecimiento económico que con atronadores bombos y platillos anuncia el equipo económico de gobierno y del que se hace eco el matutino. Veamos un poco.
El título de una de ellas reza lo siguiente: «Niños infractores internados crecieron 43% en Maldonado», de lo que puede colegirse que actualmente todos los internados son gigantes. Parece que los miden periódicamente y –aunque no nos dicen en qué lapso se registró tan espectacular crecimiento– se constató que el promedio de altura pasó de un metro treinta y siete a uno noventa y seis, y que ya están pensando en armar un equipo de basquetbol. Se ve que los alimentan bien, con nutrientes incorporados…
Pero más difícil de creer es esta otra noticia aparecida en la misma edición del matutino de marras: «Crecen las víctimas en rutas», pues resulta imposible comprender cómo muertos y heridos en accidentes automovilísticos pueden aumentar su estatura.
Evidentemente, de lo que se trata en ambos casos es del crecimiento del número; el número de niños infractores en el primero y el número de víctimas de accidentes carreteros en el otro. Se podría haber recurrido a otro verbo menos ambiguo y escribir, por ejemplo, que los niños infractores internados aumentaron 43% en Maldonado y que aumentan las víctimas en rutas. Porque estamos acostumbrados a hablar del crecimiento de los seres vivos (plantas o animales) en relación a su tamaño, es decir al aumento de su estatura. Y si queremos emplear el verbo crecer, agreguemos los complementos el número o la cantidad.
Del mismo modo, es disparatado decir, por ejemplo, que los combustibles aumentaron o subieron cuando ni el queroseno ni las naftas ni el gasoil sufrieron –por alguna misteriosa razón física o reacción química– un aumento de su volumen o treparon por la ladera del cerro. Los combustibles no aumentan ni suben; lo que aumenta o sube es su precio.
–Menos mal que no aumentó el precio de algunos combustibles como la caña y la grapa, ¿no, Mendieta?
–¡Qué lo parió! *
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