Prohibido para nostálgicos

Su nombre evoca un dulce aroma que flotaba en el gran salón. Ambiente pituco, mucho cajetilla y, a la media tarde, sofisticadas mujeres tomando el té de las cinco. Por la mitad del viejo siglo, la tradicional Confitería Americana tuvo su auge. En 18 casi Cuareim, su construcción de «arte decó», muy modernista, contrastaba con edificios y casas linderas con fachadas llenas de relieves neoclásicos. Un gran ventanal daba a 18 de Julio donde todo el que pasaba «vichaba» para adentro. Altos funcionarios del Palacio Santos siempre cruzaban a la confitería. Trajes impecables, peinadas a la gomina en esos caballeros que charlaban de política, mientras degustaban masitas. En una larga vitrina estaban las confituras, y los clientes, según las normas de la casa, podían servirse ellos mismos. Los mozos iban y venían con un aromático café en la hermosa vajilla que, según los entendidos, era inglesa. La Americana fue el primer sitio que presentó sus mesas cubiertas con vidrio lo que daba otro toque de modernidad. Entra un portero del Palacio Santos y, de inmediato, se marcha con un paquete de masas «para el canciller» como todos cuchicheaban. Pero también allí, también medio a la sordina, se timbeaba muy fuerte. Había mesas que estaban ocupadas por discretos corredores de apuestas del juego clandestino de quiniela y pingos. Las damas y caballeros finolis apostaban de lo lindo. Varios capos del escolaso, como el popular Cañón Bianchi, cada tanto aparecían para imponer respeto cuando algún parroquiano debía mucho y se quería pasar de listo. En los altos había un enorme salón de fiestas que rivalizaba con el Club Uruguay y el Jockey en la organización de linajudos casamientos. Fue inolvidable la fiesta que contó entre sus invitados a Luis Sandrini y Tita Merello. Se tuvo que cortar el tránsito ya que la puerta se llenó de cientos de admiradores que buscaban estar cerca de esos ídolos. Muchos personajes del viejo Montevideo anduvieron entre las mesas de la Americana. Había un canillita, el único autorizado a entrar a vender diarios a la selecta clientela, que fue toda una leyenda urbana. Se trataba de Antonio Casiani, un bohemio de los papeles con letras y además autor del aplaudido tango «Farabute». También se veía en sus mesas al crack del billar, el señor Fuentes como lo llamaba el atildado mozo. Leyendo libros en inglés vemos al crítico de «la generación de 45″ Emir Rodríguez Monegal que cuando no estaba viajando y dando conferencias era un habitué de ese coqueto rincón del centro. Con disimulo y las orejas grandotas andaban unos periodistas de la revista «Mundo Uruguayo», a la pesca de información ya que la confitería era un hervidero de chimentos. Café con leche con las masitas de la Americana, a la noche un «negrone» o «manhattan» y si te invitaban a sus fiestas, no hay duda, ¡sos Gardel! Con más recuerdos y música los esperamos los sábados, a las 18.30, en 1410 AM LIBRE.

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