Keith Richards llegó a los sesenta años
Qué se siente tener 60?
Sabía que era una de esas cifras con un cero al final. ¡Por Dios! Es gracioso. Es un privilegio. Pero desde hace algunos años también es un privilegio despertar vivo. Mucha gente pensaba que no iba a llegar a esta edad, incluso yo mismo. Por mucho tiempo sentí que deseaba morir, pero lo superé. Por supuesto, vi la luz al final del túnel varias veces. Pero probé que soy un duro. Le exigí a mi cuerpo el máximo posible. Fue un experimento interesante, mientras duró, aunque no para.
-¿Qué se siente ser el Rolling Stone favorito?
¿Lo soy? Creo que esas cosas se van desvaneciendo a lo largo de los años. No pienso en los Stones de esa manera. Para mí, siempre fue una banda. Pero, por otro lado, me conmueve que la gente me prefiera sobre los otros.
-Una vez dijiste que los Stones siguen saliendo de gira por el mismo motivo que un perro se rasca las bolas…
Es así. Podría haberlo dicho de una manera más poética. Lo que quise decir es que está en nuestra naturaleza. Eso es lo que hace un perro. Por supuesto, hace falta tener huevos. Además, seguimos adelante porque amamos tocar más que ninguna otra cosa. Podés llamarlo un hábito, o una adicción. Pero hay algo en estar de gira que nos equilibra. Siempre digo: Subamos al escenario para encontrar paz y tranquilidad. Es el único lugar donde podemos ser reyes del castillo por un par de horas. El único lugar donde realmente podemos ser nosotros mismos, donde sabemos qué está pasando. Es como un club privado. Nadie sabe lo que es estar ahí arriba tocando. Nos pone en un lugar diferente. Celebramos hacerlo y, no tiene sentido negarlo, nos divertimos. En algún sentido es trabajo, pero nunca es difícil.
-¿Estás de acuerdo con que la carrera de los Stones ha durado tanto por suerte como por juicio?
Mucho más por suerte. Desde el principio. Por ejemplo, cuando comenzamos a escribir nuestras propias canciones. Si hubiéramos seguido haciendo covers, nos habríamos separado al año. Por supuesto, cuando Andrew Loog Oldham nos encerró a Mick y a mí en una cocina, no había garantías de que saldríamos con una buena canción. Ese fue un punto de quiebre para nosotros. Quizá por la experiencia que había tenido con los Beatles, Andrew tenía una visión mucho más amplia respecto de nosotros. Sólo pensábamos en ser la mejor banda de blues de Londres. Cuando «Come On» llegó a los charts, sentíamos que el reloj nos marcaba el tiempo. La sensación era que, cuanto mucho, nos quedaban dos años, así que teníamos que aprovecharlo. Por suerte, eso se desvaneció pronto. Nos dimos cuenta de que íbamos más lejos de lo que pensábamos. Eso fue hace más de cuarenta años, y seguimos haciéndolo. Es hermoso, pero no fue planeado.
-¿Cómo compararías el entusiasmo de tocar en las giras actuales con los shows en clubs como el Marquee y el Crawdaddy a principios de los 60?
Cuando subís al escenario, sea hace cuarenta años en el Crawdaddy o unas semanas atrás en Zurich, el sentimiento es constante y consistente. Al principio estaba la novedad que, obviamente, le daba una intensidad particular. Pero el sentimiento de estar sobre el escenario no es tan diferente. Por supuesto, cada show es diferente. Siempre sabemos lo que vamos a hacer, pero no del todo. En nuestras mejores noches, somos capaces de ir hasta el borde del abismo, y luego retroceder. Tocar en vivo con los Stones es como vivir en nuestro propio y particular país, y llevamos ese país con nosotros. Es como tener un imperio sin tierra. Hay momentos en que realmente damos en el clavo, y es la mejor sensación, un triunfo. Y nunca es individual. Siempre sucede cuando nos entendemos como banda. La música es más grande que nosotros, es poderosa. Pero esos momentos poco tienen que ver con la precisión. Están mucho más relacionados con el caos. Un caos hermoso. Eso es insuperable.
-¿Cómo les respondés a los críticos que dicen que los Stones deberían tener la decencia de hacer las valijas y retirarse?
Como nadie navegó estos mares antes, uno debe esperar tormentas y aguas turbulentas. Seguimos porque amamos lo que hacemos y mucha gente todavía quiere verlo. Eso es todo. Sería fácil para mí rendirme y decir que estoy harto de ser tratado de abuelo rockero y todo eso. Pero, ¿qué saben los críticos? Ellos no navegaron este mar, y nosotros tampoco. Estamos a la deriva allí, viendo para dónde ir. Pero ahora parece haber menos burlas. Cuando Mick cumplió 60, la misma gente que solía destrozar a los Stones cambió de repente de discurso y decidió que éramos un tesoro nacional, como la Reina Madre o algo así. Ahora se considera heroico lo que hace la banda. Es como si hubiéramos pasado el Ecuador. Somos Magallanes, Francis Drake. Tenía esperanzas de que eso ocurriera, y milagrosamente dejamos atrás mares bravíos. Dentro nuestro creemos que tenemos una misión. No sabemos quién nos la encomendó, pero la llevamos adelante. No me imagino que Charlie Watts haga nada que no quiera hacer. Y lo mismo vale para mí y para Mick.
-¿Cuál es tu mejor riff?
Esa pregunta es difícil de responder porque, si elijo a uno, estaría matando a mis otros bebés. Si me veo obligado a hacerlo, diría «Jumpin’ Jack Flash». Hay algo tan crudo en ese riff. Lo toco cada noche en las giras y siempre lo siento como un tigre a medio amaestrar. Nunca es igual, pero siempre tiene tanto espíritu. De una extraña manera, es jazz, en el sentido de que uno sigue aprendiéndolo y él sigue enseñándote. Los riffs son algo extraño. Algunos de mis mejores riffs llegaron mientras dormía, los soñé. «Satisfaction» fue uno de esos.
-¿Cuál es la mejor performance de Mick Jagger?
Muchas. «Sympathy for the Devil», «Beast of Burden», «Jumpin’ Jack Flash», «Brown Sugar», «Start Me Up». Hay una que se llama «Torn and Frayed», de Exile on Main St. en la que le sale esa cosa country… deberíamos intentar eso más seguido, sobre todo en vivo. Cuando escucho esa canción me digo: ¡Mierda! ¿Yo escribí eso?
-¿Y la mejor batería de Charlie Watts?
Bueno, no sé, es demasiado difícil. Llevo tocando cuarenta años con ese tipo y todavía me asombra. Charlie es tremendamente consistente. No es el tipo de baterista del que se puede aislar una canción y decir ésa es la esencia. Porque todo lo que hace es hermoso. Sin embargo, está particularmente inspirado en «Sympathy for the Devil» y «Brown Sugar».
-¿Y el mejor Ronnie Wood?
Bendito sea. Amo a Ronnie, lo adoro. Ha pasado por cosas muy duras en los últimos años, cuando finalmente se enderezó. No me di cuenta que lo estaba afectando hasta que vino y me dijo que estaba limpio, que había decidido desintoxicarse. Hizo cosas fantásticas con los Stones. Es un gran guitarrista slide. Adoro lo que hizo con el pedal-steel en «The Worst» (de Voodoo Lounge). Durante la gira estuvimos haciendo «Can’t You Hear Me Knocking» y ha logrado un solo maravilloso. Me encanta tocar con Ronnie porque es simpático. Somos simbióticos. Nadie puede saber cuál de nosotros está tocando qué. El consenso general dice que Exile on Main St. es tu obra maestra. ¿Qué pensás?
Es raro lo que pasa con Exile…. Cuando salió, nadie lo entendió. Nadie. Había demasiadas cosas en ese disco, quizás ése fue el problema. No vendió mucho en su momento. Pero ahora todo el mundo lo ama. Fue el último de nuestra seg
uidilla de discos realmente buenos, Beggars’ Banquet, Let it Bleed, Sticky Fingers, y después Exile. No puedo elegir uno entre esos discos.
Mick Jagger está perplejo ante el prestigio de Exile… hoy. No lo entiende.
Mick es así. A veces es demasiado cerrado. No lee las cosas como el resto de la gente. Mick tiene la tendencia de pensar siempre hacia adelante. No le gusta regodearse en el paso del tiempo. De hecho, prefiere negarlo.
Además de todo, Exile on Main St. es uno de los mejores títulos posibles. ¿A quién se le ocurrió?
Me temo que la respuesta se perdió en la niebla del tiempo. Decidimos llamarlo «Exilio Tal Cosa» porque nos habíamos ido de Inglaterra. Mejor dicho, nos habían echado de Inglaterra. No sé de dónde salió «Main Street» («Calle principal»). Todo lo que sé es que, cuando lo escuché por primera vez, supe que debía ser el título. A lo mejor se le ocurrió a alguien fuera de la banda. Tuvimos suerte con los títulos de los discos. A veces son el título de una canción que empezamos y nunca terminamos y otras el de una canción pésima, pero bien titulada.
Con toda franqueza, ¿creés que alguno de los discos recientes de los Stones será redescubierto por la crítica como lo fue Exile…?
Las cosas son muy diferentes desde hace unos quince años. Nuestros discos anteriores ocupan una posición diferente. No creo que los Stones puedan hacer un disco ahora que tenga el mismo impacto. A lo mejor es porque estamos viejos. Me doy cuenta de que nuestro material de los ’90 no impacta al público. Pero a lo mejor nos quedan algunas bombas. Además, la razón por la que me metí en esto es que adoro hacer discos. Y me encanta poder seguir haciéndolos, aunque no sean tan buenos.
Antes grababan un disco en una semana. ¿Por qué no volver a ese sistema?
A veces lo hacemos. En nuestra última sesión, en París, grabamos así las canciones nuevas de Forty Licks. Tres micrófonos y adelante. Básicamente, estamos hartos de la tecnología. Recientemente estuvimos grabando cosas durante las giras, en habitaciones de hotel, lo que sea. A lo mejor usamos ese material para el próximo disco de los Stones. ¿Quién sabe?
Hay algunos mitos sobres los Stones que me gustaría aclarar de una buena vez. Por ejemplo, ¿es cierto que Mick Taylor dejó los Stones porque no sabía chistes de Max Miller?
Puede que haya algo de cierto, sí (risas). Es un tema ser parte de los Stones. Va mucho más allá de lo musical. Algo más tiene que hacer clic. El hecho de que Mick no supiera chistes de Max Miller seguro le debe haber jugado en contra.
¿Es verdad que, en las primera giras, Brian Jones tocaba «Popeye el marino» en el medio de «Satisfaction»?
Es cierto. En aquella época no importaba mucho lo que se tocaba. El público gritaba tan fuerte que no se escuchaba un carajo. Uno no escuchaba nada sobre el escenario y la gente escuchaba muchísimo menos. Los gritos eran tan tremendos que no tenía sentido tocar. Por eso algunas veces Brian tocaba «Popeye…» y yo le respondía con alguna otra tontería, para ver si la gente se daba cuenta. Después de todo, es sólo rock’n’roll.¿Es verdad que fuiste la primera estrella de rock en tirar un televisor por la ventana de un hotel?
No sé si fui la primera, una de las primeras seguro. Bobby Keyes (el saxofonista) y yo arrojamos un magnífico televisor de 21 pulgadas desde un hotel al final de los ’60 o principios de los ’70, no recuerdo. Recuerdo que nos regaló el «Â¡crash!» más maravilloso. Lo hicimos porque el maldito aparato se negaba a funcionar. Nos costó hacerlo porque en aquella época los atornillaban al techo. Transpiramos como locos. Pero cuando lo logramos, sentimos una gran satisfacción. Ese gran momento fue capturado para la posteridad en la película Cocksucker Blues. Sigue vigente la historia sobre tu cambio de sangre en Suiza.
Ah, ésa es vieja. Es un mito que yo mismo creé. Me iba a Suiza a desintoxicarme. Estaba en Heathrow y había algunos tipos preguntándome cosas. Querían saber adónde iba y les dije lo primero que se me ocurrió: «Vuelo a Suiza a cambiarme la sangre». Y desde entonces quedé relacionado con ese asunto.
¿Es difícil no creerse los propios mitos?
A veces me los creo. Esta vida es difícil de sobrellevar. Uno vive en la ruta, es completamente anormal. Después uno debe a volver a la normalidad, pero nunca es normal. Es una especie de decompresión. En los últimos veinte años, no pasé más de tres meses en el mismo lugar. Es hola y adiós, como el capitán de un ballenero…
-¿Cuándo fue la última vez que te enfureciste y perdiste el control?
Cuando Mick aceptó el título de Sir. Me volví loco cuando escuché eso. Pensé que era ridículo aceptar una de esas mierdas del establishment cuando ellos hicieron todo lo posible por meternos en la cárcel y matarnos hace tiempo. Justo estábamos por empezar una gira, y me parecía que era dar un mensaje equivocado. Los Stones no se tratan de eso. No quiero subirme al escenario con alguien que usa una corona y una levita. Le dije a Mick que era un honor sin sentido, que se quedara con sus pares, que no bajara los brazos por una medallita. Ãl se defendió diciendo que Tony Blair insistió en que aceptara. Como si eso fuera una excusa. Como si uno no pudiera decir que no. Como si no dependiera de lo que uno siente y piensa.
-Algunas preguntas sobre drogas. ¿Cuál es tu record de estar de fiesta sin dormir?
Nueve noches. Pasé seis o siete sin dormir muchísimas veces. No era para probarle nada a nadie. No me interesaba demostrar que era un duro. Era una manera de conocerme mejor. Además, no lo hacía todo el tiempo. Era sólo una parte de mí. A la otra le gusta la paz y la tranquilidad, quedarme sentado con mis sahumerios. Me encanta la vida tranquila.
-¿Otorga alguna especie de sabiduría estar despierto nueve días?
Puedo decir que fue una experiencia increíble. Uno pierde la noción del tiempo después de tres noches. Una hora se convierte en un minuto, y un minuto se puede convertir en una hora. El tiempo deja de tener sentido, dormir resulta superfluo. Todo es un hermoso borrón, hasta que uno se cae y se rompe la nariz. Tengo algunas cicatrices. Sólo los testigos pueden decirte cuánto hace que estás despierto. La gente entra y sale, y uno sigue allí, continuando una conversación que empezó hace cuatro días. Fue un lugar interesante para estar. Pero no lo recomiendo.
-¿Podés recordar alguna canción de los Stones que hayas compuesto totalmente drogado?
No me acuerdo mucho sobre cuando estoy borracho o drogado. Diría que todo lo que escribí desde 1970 hasta 1977 fue bajo la influencia de la heroína. Pero nunca consumí sólo heroína. Consumía todo lo demás también. No puedo clasificar mis canciones químicamente.
-Una vez dijiste que Brian Jones tenía 45 demonios dentro suyo, y vos sólo uno.
Probablemente quise decir que uno nunca sabe cuántos demonios tiene adentro. Mi política es identificar al demonio, y lidiar con él. Lo que pasaba con Brian es que no bien identificaba a un demonio y lo vencía, se le aparecía otro. Cierto, yo sólo tengo un demonio, pero es suficiente. No es fácil ser Keith Richards. Tampoco es tan difícil.
-¿Qué es lo mejor de tener 60 años?
Que a la gente todavía le gusta lo que hago, y eso me da la licencia para seguir haciéndolo.
-¿Cuánto cambió Mick Jagger en los úl
timos años?
Bueno, creo que se debe haber cambiado los calzoncillos tres veces. No puedo decirlo, realmente, porque mi perspectiva también cambió. Orbitamos uno alrededor del otro; vamos a terminar chocando.
-Todo el mundo quiere saber el secreto de tu supervivencia.
La vida es lo único que nos dan, y hay que aprovecharla. De algunos amigos míos, se ha dicho que cometieron el error de tratar de estar a mi altura, y por eso murieron. Supongo que hay un porcentaje de verdad en eso. Pero yo nunca estuve en una competencia en cuanto a este estilo de vida. Nunca forcé a nadie a acompañarme. De hecho, créase o no, les dije a muchos tipos: Andate a dormir. Voy a hacer esto, y no tenés por qué seguirme. La gente dice que tengo pasión por la vida, pero yo no sé de qué hablan. Es mi manera de ser. Estoy bendecido.
-¿Ves alguna razón para dejar de tocar antes de morir?
No. Pensá en Duke Ellington. O en Louis Armstrong. Nadie les cuestionó a ellos que siguieran hasta el fin. Lo que pasa es que el rock supuestamente es algo joven, que uno debe hacer cuanto tiene veinte años hasta los veinticinco, por un tiempo determinado, como un jugador de tenis. Pero si uno es capaz de seguir, ¿por qué no hacerlo? Quiero ver hasta dónde puede rodar la pelota.
-Cuando comenzaste, la expectativa de vida de una banda de rock era un par de años. ¿Cuándo te diste cuenta de que era de por vida?
Probablemente cuando me desperté por quinta vez pensando: Estoy muerto. Se terminó. Adiós. Me di cuenta de que mi respuesta debía ser: OK. Ganaste otra vez. No puedo matar a esta cosa. Fui estúpido. Fue como intentar suicidarse sin tener realmente ganas de morir. Entonces decidí aprender a vivir conmigo mismo. *
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