Una búsqueda de la identidad
Cuesta imaginar a un combatiente como él con los brazos cruzados durante media docena de años. Pero que nadie se llame a engaño porque Jim Sheridan (Mi pie izquierdo, En el nombre del padre o The boxer, su último filme, fechado en 1997), dublinés de pegada hosca y permeable, necesitó todo ese tiempo para hurgar en su memoria teñida de sangre verde y cambiar las uvas del IRA por las fordianas Viñas de ira.
De hecho, en su último largometraje, Tierra de sueños (In America) –que se estrena hoy en Montevideo después de varias y molestas postergaciones–, conviven sin competencia referencias culturales como E.T. y las tierras baldías de John Steinbeck en una suerte de neorrealismo mágico armado en la historia de una familia irlandesa, marcada por el fallecimiento de su hijo pequeño, que emigra al Nueva York menos, digamos, glamoroso.
«¿Neorrealismo mágico? Bueno, puede llamárselo así –explica Sheridan con una sonrisa que brota de su papada, que es donde suelen nacer las sonrisas más francas y frescas–. En realidad, es una película sobre la evolución de la institución familiar, sobre todo en Irlanda, donde los padres oprimían a sus hijos sin darse cuenta de que estaban creando a alguien más opresor aún».
Y entonces el cineasta de Esta tierra es mía alarga su meditación: «Aquí, el padre (Paddy Considine) no es alcohólico ni maltrata a su esposa (Samantha Morton), sino que mima y cuenta cuentos a sus pequeñas hijas. Esa es la mejor forma de que Irlanda se libre de su memoria negra y de muchos de sus muertos».
Dedicada a su hermano Frankie, fallecido por un tumor cerebral y cuyo nombre comparte el hijo perdido por la familia de Tierra de sueños, y escrita por Naomi y Kirsten, hijas del cineasta, la película es, inevitablemente, la más personal de la filmografía de Sheridan: «Si no la más personal, sí la más cercana. Tanto que, en realidad, no sé de qué va ni cuál es su moraleja, si la tiene. Hay algo más difícil que la realidad y la ficción: la ficción basada en la realidad. Y si encima se trata de tu propia biografía, el monstruo no tarda en aparecer. Pero había que arriesgarse y mirar en el propio interior, aunque sea oscuro».
Sheridan, que también residió en las malas tierras neoyorquinas de 1982 a 1987, mientras estudiaba cine en el New York Film School, opina que el sueño americano, igual que el irlandés, ha sufrido un vuelco y un hachazo irreparables. «Antes del 11 de setiembre, Estados Unidos era aún una tierra mágica y aislada, pero todo cambió con los atentados. En realidad, no hay un sueño americano realista, sino emocional: la ilusión de una sociedad nueva. Además, América no es ninguna Unión, sino dos territorios muy bien definidos: la periferia (Boston, Nueva York, Seattle o Los Angeles) y el interior. Los que se avergonzaron de votar a Bush y los que nunca admitirían que votaron a Gore. Dudo mucho de que una película de Almodóvar, por ejemplo, se vea en Dallas o Nebraska, que es donde los adolescentes hacen la taquilla verdadera. Así que la conquista de Estados Unidos por el cine europeo sí que es un sueño imposible. Nunca penetrará», concluye. *
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