SE ESTRENA EL ARCA RUSA, OBRA MAESTRA DE ALEXANDER SOKUROV

El cine como espectáculo y mirada histórica

Es el 23 de diciembre de 2001 y a 24 grados centígrados bajo cero, un plano secuencia de 91 minutos y 23 segundos que atraviesa los más de treinta fastuosos recintos del Museo Hermitage, el antiguo Palacio de Invierno de los Romanov en San Petersburgo.

Tres orquestas en vivo, más de dos mil actores, el trabajo circulatorio de un sensible maestro director (Alexander Sokurov) y sus veintidós asistentes a full, los vaivenes hechizantes del camarógrafo con los personajes actuales e históricos que habitaron la ciudad en el suceder de los tres últimos siglos: he ahí el sino de una obra maestra como El arca rusa.

Para el cineasta Alexander Sokurov más que un desafío titánico, construir El arca rusa fue concretar uno de sus sueños más caros e íntimos. Un sueño concretado en métrica cinematográfica, específicamente cinematográfica, donde se destaca la labor de los personajes que son capturados por el viaje incesante de la cámara; el uso de los vestuarios, la banda sonora, la propia exquisitez de los decorados, las obras de arte y demás accesorios del Hermitage. Sokurov, entonces, como idea o noción del cine total. De la pureza de las imágenes. De las imágenes que se concatenan en forma literalmente hechizante y en donde los relatores proponen, en sus diálogos, una crítica y a la vez celebratoria mirada histórica. El cine como medida estética y artística. El cine en su mayor expansión y exposición. Poesía es El arca rusa. Hay que ponerse de pie ante tanta puntillosidad, tanta fineza filmando a la fineza.

El espectador encontrará no sólo el plano secuencia más extenso de la historia sino también el más extenso plano subjetivo. En el filme de Sokurov un personaje con la voz del realizador, un fantasma invisible para casi todos, introduce a sus receptores por una puerta lateral del Hermitage, avanza y comenta estaciones de la historia rusa o del mismo filme en curso: «Â¡Rusia es como un teatro!» O en relación Napoleón Bonaparte: «Combatimos contra el Emperador, pero no contra el estilo imperio».

La relación entre el arte y la autoridad: «Las autoridades de este país no confían en los artistas rusos. Los rusos son muy buenos para copiar porque no tienen ideas, igual que las autoridades. Los zares adoraban a Italia porque allí el clima es cálido». ¿Sobre los prejuicios alrededor de su pública vocación reaccionaria?: «Los europeos son demócratas con nostalgia de la monarquía». Así al resbaladizo juego de sostener lo que parecía insostenible (el plano-secuencia infinito) se suma otro sobre la paciencia del espectador.

El crepuscular alejamiento de Catalina bajo la nieve, el vértigo del último baile imperial o la extenuante, terminal retirada de la aristocracia permanecen con el espectador una vez terminado el filme (el silencio del realizador fortalece también esos pasajes), hasta que la cámara se zambulle por una aparente salida lateral y la vida seguirá su curso, ese río que seguirá fluyendo pese a la escarcha invernal.

Es improbable un juicio que se pretenda formado o definitivo sobre Sokurov, mucho de su obra resta aún por conocer. Algunos aspectos políticamente incorrectos serían difíciles de valorar en el confuso movimiento que parece afectar a la ex Unión Soviética (él mismo se define menos como un hijo de Rusia que de San Petersburgo). Su único filme estrenado comercialmente, Padre e hijo, podría de pronto, en la potencia de las imágenes, a autorizarnos a pensar en el maestro también ruso Andreii Tarkovskii, en Samuel Beckett.

Sokurov trabaja en torno a la agonía, la muerte próxima, lo que cierra («la posibilidad de la pura y simple imposibilidad») en síntesis disyuntiva con el tiempo como forma de lo que fluye, circula, contagia o en definitiva paraliza. Sokurov ha postulado el perfil agónico o final de la antigua aristocracia rusa: la magnífica proeza nos deja ver menos al histórico y moribundo sujeto que al inverosímil o sufrido esfuerzo colectivo de dos mil extras, actores o marionetas buscando llegar a posición, a tiempo y sin tropezar.

23 de diciembre de 2001, 24 grados centígrados bajo cero, un plano único de 91 minutos y 23 segundos, más de treinta salas del Museo Hermitage, más de 2000 actores, 300 años de Historia. Abrigamos la certeza de que Alexander Sokurov ha ingresado en la Historia y en la historia más noble y fecunda del arte, del cine mayor. También la de que los futuros visitantes del Hermitage podrán adquirir en la boutique del museo una copia en DVD del exquisito filme que literalmente conmoverá a todos los espectadores

A no perderse El arca rusa, que seguramente sea la película más importante de 2004. *

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