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El organito de la tarde

Las letras del tango repiten su nombre. Vieja poesía que al ritmo del dos por cuatro cuenta de sus andanzas. Organito callejero, un cacho de historia de los barrios populares. La memoria da manija a los versos del viejo escribidor. Poco a poco nos inundan sus musiquitas. Por finales del 30 había unos cuantos por el viejo Montevideo. Trillaban las esquinas y boliches quedándose un rato mientras giraba la manivela. Eran como un pequeño pianito que se apoyaban en dos ruedas y su ejecutante lo trasladaba agarrando con firmeza las manijas que tenía a los costados. Tantos inmigrantes que se ganaban el morfe con ese aparato que habían traído de su patria cuidándolo como un tesoro. Fueron los guerrilleros que inspiraron a tantos bohemios poetas de la musa mistonga y arrabalera. Se paran frente a la casa de un entusiasmado vecino. Aún lo vemos con sus bigotes mostacholes y de grandote saco. Apoya el instrumento en el cordón y comienza a dar vueltas a la manijita del costado. Al rato, ya las melodías flotan por toda la cuadra. La gente se asoma y rodea al tano. Cuando agarraba impulso, sonaba sin necesidad de darle a la manivela. Los noveleros preguntan cuándo llegarán los nuevos «cilindros» con ese éxito de Villoldo que pasaban a cada rato los bailables de la radio. El repertorio del organito también incluía melodías de zarzuelas famosas y el plato fuerte estaba en las pegadizas tarantelas. Cuando llegaba, de tardecita, al Cordón, la cita era en la puerta del conventillo de Sierra casi Paysandú. Salía un montón de gente y si el ambiente estaba querendón alguna que otra pareja se trenzaba en improvisado bailongo. Como al descuido, el tano se sacaba el sombrero y los vecinos contribuían dándole unos vintenes. Había otro instrumento de música callejera, una especie de hermano mayor del organito. Se trataba de la pianola, también un piano mecánico pero de mucho mayor tamaño. La trasladaban un una carromato tirado por un pony. Aún en movimiento, sonaba sin cesar y se escuchaba de lejos. Los botijas, quizás por la fantasía del caballito adornado con espejos y un gran penacho, tenían flor de berretín con esas pianolas. Todos los domingos recorrían las placitas de la Villa de la Unión donde los gurises las rodeaban y hacían rondas al compás de las juguetonas músicas. El fuerte de las pianolas eran temas populares franceses e italianos y muchas marchitas que recordaban a la música de los circos. Los ejecutantes habían recibido el oficio de sus mayores y lo enseñaban a sus hijos que siempre los acompañaban para ayudar y pasar la gorra. Organitos y pianolas recorriendo los barrios, alborotan al conventillo y dibujan sonrisas y bailes en aquellos vecinos del ayer montevideano.

Con más recuerdo y música los esperamos todos los sábados, a las 18.30, en 1410 AM LIBRE.

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