DOLLS, DE TAKESHI KITANO, VA HOY EN SALA 18 DE JULIO DENTRO DEL FESTIVAL DE CINEMATECA

El irresistible dolor de la belleza

Infrecuentes son los directores actuales que consiguen que su concepción y ejecución cinematográfica pueda ser considerada como verdadero arte. Takeshi Kitano es, evidentemente, uno de los mayores exponentes de esta minoría de autores, y una vez más, ha vuelto a comprobarlo con esa suficiencia que viene de una sensibilidad mayor. De regreso en su Japón natal tras su experiencia estadounidense que supuso Brother, el cineasta de El verano Kukijuro utiliza como punto de partida el teatro de marionetas japonés (Bunraku) para construir este intenso drama en el que, como en casi toda su fecundadora obra, pero aquí de forma especialísima, la belleza de las imágenes predomina sobre la palabra.

Este es un factor o un hecho estético inapelable. Guste o no, es así, y es posible que por Dolls, la película que va hoy en Sala 18 de Julio dentro del marco del XXII Festival Cinematográfico Internacional del Uruguay, se requiera de una particular complicidad por parte del espectador, pero con poco que éste ponga de su parte, puede disponerse a presenciar la que sin duda va a ser una de las mejores películas del año que acaba de comenzar. Y desde luego no por ello nos vamos a encontrar con una historia endeble, sino todo lo contrario: el poder visual que transmiten sus imágenes no hace sino ennaltecer y ennoblecer la profundidad de un relato altamente conmovedor.

En esta oportunidad, Kitano ha decidido situarse únicamente detrás de la cámara, dejando en su lugar frente a ésta a dos jóvenes actores, Miho Kanno y Hidetoshi Nishijima. Estos interpretan a Sawako y Matsumoto, una feliz pareja cuya relación, que cambiará de repente y para siempre convirtiéndoles en los mendigos atados, sirve como hilo conductor de la narración.

Ellos son las dos marionetas humanas que dan título al filme, pero al mismo tiempo conoceremos otras dos historias de amor: uno, imposible, el que Nukui siente por Haruna, su cantante favorita; el otro es el de Hiro, un anciano jefe yakuza que, arrepentido, emprende la búsqueda de su antigua amada, a la que abandonó para encontrar un porvenir mejor cuando sólo era un joven inconsciente, sin darse cuenta que el mejor porvenir que podía aguardarle se encontraba a su lado. Y es que tanto en la primera historia como en ésta otra, la tragedia surge a partir de los errores que los dos hombres cometen, lo que nos hace reflexionar en la importancia de cuidar bien ese valioso tesoro que es el amor, si no queremos arrepentirnos toda la vida.

Es inevitable reconocer en Dolls elementos comunes con el resto de la filmografía de Kitano: está ese mar que aparece indefectiblemente en todos sus largometrajes, y que aquí sirve como punto de reunión entre Haruna y Nukui; la importancia que el director da siempre al juego en su cine, y aunque en menor medida, también hace aquí acto de presencia en forma de un curioso juguete que roba Sawako, y por supuesto, asoma una pequeña historia de mafiosos con tiroteo incluido dentro de los recuerdos del anciano Hiro.

Y es en ese contexto donde radica la mayor diferencia con los trabajos anteriores del japonés. Si en sus anteriores filmes optaba por mostrar la violencia del modo más explícito posible mediante disparos a quemarropa en plena cabeza, amputaciones de dedos, cosas terribles con palillos en la nariz, todo ello rodeado por enormes chorros de sangre, en esta historia ha optado por ocultarla de modo que sólo escuchamos los disparos, y sí, vemos algunos cuerpos en el suelo, pero la sangre  como elemento explícito  apenas está presente. Todo esto se resume magníficamente en la secuencia en que la pistola apunta a su objetivo y cuando dispara, todo lo que vemos es una roja hoja otoñal arrastrada por el viento hacia el río, en medio de un absoluto silencio.

Y cuando referimos a que el cine de Kitano supone decididamente arte en estado puro, es que realmente no puede ocurrir de otra forma, teniendo en cuenta que este hombre es también pintor y poeta. Probablemente sería antinatural que eso no estuviera reflejado en su obra cinematográfica.

Kitano y su director de fotografía habitual, Katsumi Yanagishima, aprovechan al máximo las posibilidades que otorga la variabilidad del clima japonés alcanzando el sumum en ese bosque rojizo que atraviesan los protagonistas, ajenos al mundanal ruido, inmersos en su propia historia, que es también su propia fatalidad, a nuestros ojos envueltos en una atmósfera de irrealidad que no desentona nada con el hecho de que se trata de marionetas humanas.

Algo parecido ocurre con las indumentarias de los dos personajes; el propio director reconoce en referencia a Yohji Yamamoto, el responsable del vestuario, que viene a ser casi como si estuviera haciendo su propio desfile de modelos para la película. Y por la parte poética podríamos fijarnos, por ejemplo, en esa rosa mariposa mutilada que, a pesar de todo, alza el vuelo en un claro símil con la relación de los protagonistas, sin olvidar que finalmente el precioso lepidóptero acabará aplastado en el asfalto bajo las ruedas de un coche.

Una vez más, la emotiva y discreta banda sonora del maestro Joe Hisaishi redondea el que quizá sea el mejor trabajo del que es uno de los realizadores vertebrales del cine contemporáneo. En Dolls, se entrelazan de una forma casual tres historias de amor, amores muy diferentes entre sí, pero con una cosa en común: todos ellos están condenados al fracaso. Mientras duran, proporcionan una sensación de ternura que hace que el final de cada uno de ellos nos resulte aún más bello, y a la vez, doloroso. *

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