La medida de la hondura y la grandeza
Debió haber actuado a fines de febrero, pero problemas de agenda se lo impidieron. Ahora ya está en el pago, y el fecundo cantautor tendrá otra ronda cara a cara con su público en el restopub comandado por Leandro Rodríguez. Allí José andrá por sus canciones, por sus interioridades, por esos relatos dichos con maestría y una profundidad poética deslumbrante.
Ha dicho Carbajal: «Soy un individuo normalito, no me rompe la vida esto del canto y la música. Yo no me junto con mis amigos a hablar de armonía. Me complican la cabeza esas cosas, me aburro. No toco nunca la guitarra. Me siento más cómodo escribiendo cuentos que canciones. También me gusta el armado de espectáculos, la parte técnica de todo ese ritual».
Y cuando refiere a su obra, tan multiplicadora de un público heterogéneo como fiel, Carbajal no duda en confesar: «Trabajo con lo que tengo. Mis limitaciones derivaron en un estilo. Me gustaría hacer otras cosas, pero no sé. No sé si soy un bon vivant, bueno, a todos nos gusta comer bien, tomar whisky en vez de caña».
Su trayectoria, ciertamente, es tan impecable como implacable. Más bien irreprochable. Ese trazo poético, más bien de corte narrativo, se ha consolidado ya definitivamente como un espejo fidedigno de todos los uruguayos. El olfato y la intuición, sobre todo, han hecho que Carbajal -el cuentamusas- fundara una obra mayor y una obra que es la de un cronista agudo en la que podemos reflejarnos con la nobleza propia que empleó el autor en la articulación de sus materiales. Es la manera de decir, de pararse en el escenario, de dosificar la pasión con que encara sus canciones y relatos lo que hace la medida de la grandeza carbajaliana. «Cuando mi mujer se jubile y los chicos ya estén encaminados, quiero vender la casa de Holanda, comprar una más chica, comprar una grande aquí y pasar más tiempo en Uruguay.
Me gustará envejecer con mi familia. Yo siempre que intenté una familia por un motivo u otro se me fue a la mierda. Valoro lo que tengo ahora». Pero para alguien de la hechura de José Carbajal falta muchísimo, si pensamos en un pase a retiro. Está en el mejor momento de su trayectoria artística, prepara un nuevo espectáculo donde aparecerá rodeado de instrumentos como el bandoneón, por ejemplo, entre otros proyectos que tendrán que ver con la publicación de algún libro.
Es de esos individuos andariegos hinchados de mundo. El mismo que en Holanda les tocó a una banda de punkies y los volvió locos o el que va al Festival del Olimar y lo reciben con ovaciones que no son puro efecto, sino el agradecimiento sano y auténtico a un compositor superlativo, a un personaje hecho de mil y una historias que ama el suelo en que nació como pocos y que lo demostrará hoy y mañana en el Club de Jazz, desde las 22.30 horas, cuando trepe a escena y se produzca ese hechizo o encantamiento que solamente los imprescindibles pueden lograr.*
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