En el difícil camino del teatro
La impresión ha sido muy grande, y Bouzas ha extraído de Bouchard un buen partido. Está convencido de que el teatro, como todas las artes, es algo muy serio, y hay en toda esta obra pasión y ni un adarme de frivolidad. Pero Bouzas ha sabido algo más: el teatro es, necesariamente, lo que vivió con «Los lirios». El teatro debe revelar una verdad que nos estaba oculta. El arte no es diversión, aunque puede y debe comprometernos; no es expresión de nuestros sentimientos, aunque está hecho con nuestro cuerpo y nuestra alma como materias primas; no es nuestra confesión, pero una vez cumplido lo hemos dicho todo.
Pero hay otras lámparas. Hay que encontrar ideas que tengan un rostro; y una vez encontrado el material, descubierto el campo, la mina o el yacimiento, hay que hacer con el oro una joya, con el grano pan. La obra de Bouchard es apasionante: pero lo es porque tiene varios sentidos, nada explícitos, que la articulan, le dan forma y se insinúan sin decirse. Esto, que es arte, y a veces sólo un arte combinatorio, una hiperlógica, produce un efecto de magia, de estremecido descubrimiento, de tocar con las manos los velos del misterio. Bouzas ha sentido, con su aguda sensibilidad, el impacto de Bouchard; pero sentir no es todavía comprender. Intuye y explicita lo esencial y sabe o adivina que el secreto del futuro está en el pasado. Esta es una verdad que el auge del psicoanálisis , con sus «abreacciones» y sus exámenes detectivescos de un pasado real o imaginario llegó a una suerte de reducción al absurdo; la actual crisis del pensamiento psicoanalítico, derrotado en el campo de la psiquiatría por los psicofármacos, ha llevado al péndulo al lado opuesto, al conductismo más elemental. El pensamiento, de la clase dominante uruguaya es conductista y sus locutores predican, con la obvia intención de mantener mientras se pueda el estado actual de opresión social, el ajuste y la adaptación a lo que existe, tal cual es, el «mirar hacia adelante». Así, la obra es una investigación histórica: Gastón (Gustavo Bouzas) quiere saber quién le contagió el virus del sida, pero probablemente quiere saber mucho más; quiere saber cuánta amistad y cuánto menosprecio hay bajo las máscaras faciales de tres de sus amigos. El resultado de su investigación, realizada a través de una sesión de juego de la verdad, de tortura psíquica semejante a la de «Los lirios», es doloroso y frustrante. Como su ilustre antecesor, el primer detective que busca afanosamente a un criminal y descubre que él es el asesino, Edipo el rey de Tebas, su frustración está en lograr lo que desea y llegar a la verdad, por cierto inesperada. Como Hamlet, que organizó una parecida comedia para desenmascarar a Claudio, Gastón sólo alcanza un grado distinto de frustración. Bouzas, o Gastón, no se resigna a la verdad y concluye que todos somos unos hijos de puta. Con esta frase, que se repite varias veces, como un insistente clarín, se cierra el drama. Es un final que ataca a la propia obra, que postuló siempre una ética; es un final en que todos los efectos teatrales legítimos que lo precedieron son borrados con el codo. Una vez certificada la maldad humana, queda todo por hacer. El sentido del pasado se ha develado, pero no hay más conclusión que la derrota, o por lo menos Bouzas, por ahora, no ve otra. Hay como un encogimiento de hombros y una ruidosa resignación; no se oye, ni como un tímido susurro, el anuncio de una nueva vida. Respetamos su sinceridad, que es como un grito desgarrador, pero anotamos que Bouchard revelaba delicadamente cosas muy importantes sobre el amor no posesivo y aún tenía algo que decir sobre la extraña relación entre homosexualidad y mística; pero Bouzas no acompaña tan lejos a su maestro.
Estas son las objeciones. Los méritos las sobrepasan y son muy visibles. Hay un planteo dramático apasionante, comprometido y comprometedor, hay un artista que sabe emplear adecuadamente el lenguaje, que sabe calcular algunos magistrales, como el adelanto de la acción, o de lo que podríamos suponer que es la acción, en la voz de Luis Orpi, un adelanto que el drama de Bouzas llevará a la categoría de prólogo paródico, que refuerza el efecto final. Hay un diálogo natural y nada obvio, de gran fuerza de comunicación y libre de las muletillas corrientes: luego de algunas fintas, Bouzas va valientemente al grano, muestra su certero instinto para el teatro, juega sus cartas y logra inquietar y conmover. Quizás fue demasiado consciente de sus logros, y dio por terminada su labor antes de tiempo. Toda la obra de Bouchard, aunque el autor supo disimularlo como todo verdadero artista, es también una lección de paciencia, pulido, armado y autocrítica.
H.D.P., de Gustavo Bouzas, con Soledad Gilmet, Horacio Nieves, Christian Zanja, Bernardo Trías y Gustavo Bouzas. Luces de Pablo Cotignola, sonido de Nicolás Ciganda, dirección de Juan Antonio Saraví. En Teatro del Notariado. *
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