HOY SE EXHIBE "LA PELOTA VASCA, LA PIEL CONTRA LA PIEDRA" EN LA LINTERNA MAGICA

El acuerdo de los desacuerdos

No se comprende las razones que, al momento de sus primeras exhibiciones, principalmente en el pasado Festival de Cine de San Sebastián, hicieron del documental La pelota vasca, la piel contra la piedra un escándalo de ribetes mayores. Las presiones fueron tantas que su formidable realizador Julio Medem (Los amantes del Círculo Polar) decidió que jamás volvería a encarar un proyecto de tales características y que volvería a fundar ficción. El documental, que se vuelve por momentos árido por la enorme cantidad de entrevistas que Medem practicó en torno a la situación del País Vasco y sus posibilidades de autonomía, no se vuelca ni hacia el flanco de ETA ni tampoco hacia las tramas ideológicas si se quiere más conservadoras y en contra de cualquier tipo de violencia.

Medem hizo su gran catarsis personal con La pelota vasca, pero al mismo tiempo puso la cámara para que todos los involucrados (intelectuales, catedráticos, miembros de alto rango de ETA, víctimas de atentados de ETA, figuras como el ex presidente Felipe González, políticos progre y conservadores de Euskadi, etcétera) otorgasen sus enfoques y sus puntos de vista.

El montaje, como ocurre asimismo en Memoria del saqueo de Fernando Solanas, se vuelve inevitablemente un personaje más. Es la manera que Medem pudo resolver aplicadamente tanto material reflexivo. Un material profuso, acumulativo, plagado de contrastes en su contenido que se vuelve altamente revelador especialmente de las diferencias internas que existen -en particular- en la zona española del País Vasco, no tanto en las provincias francesas y Navarra donde aparentemente la integración estaría ganando la partida por encima de los impulsos genuinamente nacionalistas.

Pero lo más importante de La pelota vasca es que Medem optó con fortuna por una actitud frontalmente expositiva. Hay momentos emotivos (la saga de interviú realizados a familiares de detenidos por atentados, algunos inocentes que aún esperan su absolución; los relatos de familiares de víctimas, entre otros) y, asimismo, por la maravilla del montaje, de un fluido y concatenante debate de alto cuerpo intelectual.

Hay dos apariciones relevantes: la de un flemático Felipe González negándose a los principios de autodeterminación para el País Vasco (¿qué hará Zapatero al respecto?) y la de un sacerdote vinculado al IRA que señala rotundamente que, para lograr un objetivo (la autodeterminación) hay que conocer en primera instancia las zonas del «enemigo» donde generar políticas iniciales de acuerdo para, más tarde, fortalecer un acuerdo mayor.

Medem logra sobradamente su propósito: todos finalmente quieren el cese de la violencia y, al fin y al cabo, que se reconozca de una vez por todas al País Vasco como una nación que posee su historia y sus señales de identidad propias, su memoria emotiva, sus paisajes (realmente espectaculares) exteriores e interiores y un pulso nacionalista, una idea de nación muy arraigada.

Merece verse. *

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