El Evangelio controvertido
No deben extrañar, entonces, las renovadas controversias derivadas del estreno de la personalísima versión del Evangelio aportada por Mel Gibson en La pasión de Cristo, que renueva álgidos debates en torno a las diversas lecturas de los textos sagrados, aportadas por especialistas, apólogos o detractores.
En plena Semana de Turismo o Santa y cuando la comunidad cristiana inicia su itinerario de redescubrimiento espiritual del triduo de la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo, parece oportuno reflexionar en torno a las diversas adaptaciones cinematográficas de los milenarios textos bíblicos.
Pese que el pretexto es obviamente la exhibición en varias salas de nuestro medio del polémico filme de Gibson, es pertinente recordar que los temas religiosos trasladados al cine siempre han alimentado la discusión, toda vez que se apartaron de las coordenadas convencionales o el unívoco discurso oficial.
La megaindustria cinematográfica siempre se nutrió de los productos que le permitieron colmar sus arcas y nutrir generosamente las cuentas bancarias de los grandes estudios.
En la mayoría de los casos, la estrategia seleccionada fue minimizar, por ejemplo, el drama del Jesucristo crucificado por desafiar al poder de un imperio y a la oligarquía religiosa de turno.
El mensaje, en el auge del género, solía apuntar a la unilateral condena de conductas o a la victimización de personajes, en un cine de sesgo claramente maniqueísta que dejaba escaso o nulo margen para un ulterior análisis.
Los primeros títulos que convocaron multitudes a las salas cinematográficas fueron paridos en la década del veinte, en pleno cine mudo, con la primera versión de Los diez mandamientos (1923), de Cecil B. De Mille, un auténtico especialista en megaespectáculos edulcorados. A este filme le siguieron Ben Hur (1925) y Rey de reyes (1927).
Todos esos productos, dotados de lujosos envases vacíos de contenido, aportaban lo que por entonces el espectador deseaba consumir para despejar su horizonte de otras angustias: faraónicas escenografías y decorados, miles de extras y un reparto de luminarias de primer nivel.
Tras las dos grandes conflagraciones bélicas que sumieron a la humanidad en sendos baños de sangre, la pasión por la evasión y el pasatiempo recobró nuevo vigor.
En la segunda mitad del siglo pasado y con el aporte de grandes avances técnicos en imagen y sonido, la industria se lanzó nuevamente a la caza de los clientes.
Así nació una nueva versión cinematográfica de Sansón y Dalilah, también de Cecil B. De Mille, quien a su vez dirigió una exitosa remake de Los diez mandamientos (1956), con Charlton Heston como Moisés. En esta producción de fácil digestión, la poderosa industria del pasatiempo experimentó con novedosos efectos especiales, al recrear la supuesta apertura de las aguas del Mar Rojo durante el éxodo del pueblo hebreo.
Otros ejemplos del lucrativo negocio concretado por los zares de Hollywood durante la década del cincuenta y comienzos del sesenta, fueron Barrabás (1953) y la nueva versión de Ben Hur, de William Wilder, que cosechó nada menos que once premios Oscar de la Academia. Hace más de cuatro décadas, como este año con El señor de los anillos, la industria ya se galardonaba a sí misma.
En los años sesenta, otras épicas impregnadas de singular espectacularidad anegaron la pantalla: Los últimos días de Sodoma y Gomorra y Espartaco, de un muy joven Stanley Kubrick, entre otros recordados títulos.
El Evangelio según Pasolini
Sin embargo, fueron las recurrentes adaptaciones del Evangelio las que concitaron los más multitudinarios entusiasmos o, en algunos casos, los más viscerales rechazos.
Aunque El Rey de reyes de Nocholas Ray (1961) no aportó ningún ángulo novedoso de reflexión, las décadas del sesenta y el setenta constituyeron un punto de inflexión en el abordaje cinematográfico de la temática religiosa, de la mano del cine de autor.
El Evangelio según San Mateo, del revulsivo maestro italiano Pier Paolo Pasolini, es quizás la adaptación más fidedigna de los textos sagrados. Sin embargo, el filme concitó fuertes controversias incluso dentro de la Iglesia, entre quienes le elogiaron calurosamente y los que tildaron al cineasta de irreverente.
Lo cierto es que la recordada película de Pasolini recreó, por primera vez, a un Jesucristo bien humano y con aspecto de semita, radicalmente divorciado del inverosímil y blondo mesías de ojos claros de otras superproducciones, como el extenso Jesús de Nazareth, de Franco Zeffirelli, o el maratón fílmico de La más grande historia jamás contada.
En 1973, el talentoso realizador independiente Norman Jewison conmovió a propios y extraños con su Jesucristo superestar, una ópera rock que otorgaba singular protagonismo al traidor Judas, que se transformó en una película de culto para toda una generación, pese a que fue duramente denostada por la iglesia más reaccionaria.
La década del ochenta no otorgó tregua a las controversias y los debates dialécticos, cuando el aclamado realizador Martín Scorsese, un confeso cristiano, detonó un auténtico escándalo con La última tentación de Cristo, filme que permaneció prohibido durante años en varios países del mundo.
Incluso en una sociedad laica como la uruguaya en la que la religión no ocupa un espacio demasiado relevante, cuando el filme fue estrenado hubo manifestaciones de protesta frente a la sala del cine Metro, en rechazo a la osada y comprometida tesis del autor.
La pasión de Cristo de Mel Gibson, que no es un filme antisemita ni aporta ninguna lectura revisionista o ajena a los textos sagrados, alimenta hoy injustificadamente la hoguera de la controversia. Para el alborozo de la industria -que ya multiplicó por diez lo invertido- las localidades se agotan, las salas están colmadas y la taquilla rebosa de dólares. *
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