"EL LIBERTINO", DE ERIC EMMANUEL SCHMITT, EN LA SALA CHINA ZORRILLA

Libertino sin libertinaje

Nuevos encuentros, necesariamente imposibles, ha habido y habrá sobre las tablas; en su momento resultó apasionante escuchar a Dios discutir inteligentemente con Freud (Eduardo Schinca), lo que era particularmente creíble sobre todo por la interpretación que hacía Taco Larreta de Dios, al que sin duda debe superar en varios aspectos y sin duda en cómo llevar una chalina blanca (esta constatación no es ajena a la conducta humana hacia su antropomórfico Dios: Wilhelm Steinitz sostenía que podía jugar al ajedrez contra Dios y aun darle una pieza de ventaja). «Variaciones enigmáticas», otra obra de Schmitt que vimos, es un error desde el título, ya que la mención a la pieza de Elgar debió ser «Variaciones enigma», y fue un continuo tropiezo; «El libertino» es un punto muerto.

Diderot, un autor particularmente afín al teatro, tema sobre el que escribió la «Paradoxe sur le comédien», que aún hoy merece leerse, pareció a Schmitt un tema de interés. El filósofo que es también, o que llega a ser también un libertino; o el libertino que, a menudo cuando sus vicios lo abandonan, se da a la filosofía. Tolstoi y sus arrebatos místicos, una vez que la edad había dado cuenta del fauno; las heroínas de Balzac («La duquesa de Langeais») que entran al convento una vez vacía la copa del placer; la tentación de San Antonio y hasta la vida del sobrio astrónomo y matemático persa Omar Khayyám, que renegó a la vez, en la última de las Rubaiyát, de laúdes, cálices, perfumes, austeridad, labor y meditación.

Pero no fue así. El vicio no lucha con la virtud. Para Schmitt no hay conflictos en Diderot (Roberto Jones), si no contamos la insistencia con que su asistente el Baronet (Marcos Zarzaj) lo apremia para que entregue el artículo pendiente de la Enciclopedia. Diderot coquetea con dos mujeres (Anna Dorotea, por Susana Groisman; Mlle. D’Holbach, por Natalia Chiarelli) que lo roban, soporta y rápidamente convence a su ingenua esposa Antoinette (Norma Salvo).

Cuando está cerca de dar rienda suelta a su libido, hay algo que se le atraviesa; siempre hay un tráfico de candidatas que provoca las incomodidades de rigor, y sin mucho más la obra concluye. No hubo tal libertino: algo de Woody Allen hay en este siempre frustrado Diderot. Como suele ocurrir, se ha tomado de los personajes históricos exactamente lo que no interesa: hubo un pensador, y Diderot será recordado por sus ideas, y no por sus aventuras galantes; pero sus ideas no están en la obra.

La obra está bien escrita aunque sin demasiado ingenio; despierta un interés por el personaje que la trama se ocupa cuidadosamente de defraudar, nos hace entrever los mundos opuestos y quizás complementarios de la filosofía y el libertinaje, pero no se ve a ninguno de los dos. La dirección (Dumas Lerena) e interpretación son solventes, pero no encuentran suficiente piso. Permítasenos destacar, por la nueva presencia que trae al teatro, a Natalia Chiarelli. *

EL LIBERTINO, de Eric Emmanuel Schmitt, con Roberto Jones, Susana Groisman, Marcos Zarzaj, Norma Salvo, Natalia Chiarelli y Angie Oña. Ambientación y vestuario de Nelson Mancebo, música de Fernando Condon, luces de Eduardo Guerrero, dirección de Dumas Lerena. Estreno del 3 de abril, sala China Zorrilla de la Alianza Cultural Uruguay Estados Unidos, Paraguay 1217.

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