Aquellos días revoltosos del mayo del 68
Siempre estaremos necesitados de los mitos. Hechos, personas referenciales para conformar nuestro corpus ideológico, afectivo y emotivo, intelectual y hasta religioso. Algunos nos han sido trasmitidos de modo exagerado o politizado, la instrumentalización de la historia por parte de la historiografía nos llevaría al debate de nunca acabar, pues estaríamos sobre el continuo rompecabezas sobre la subjetivización del discurso histórico, que quieran o no es inevitable.
Los soñadores en la intencionalidad de Bernardo Bertolucci posee una estructura doble. Una primera romántica y cinéfila, necesaria en los tiempos que corren, es la de mostrar cómo el cine es más que latas de película proyectadas encima de una pantalla; mostrar cómo había gente que vivía por y para el cine, lo reivindicaba y lo sentía.
La segunda parte del filme, más compleja no por su estructura y sí por su relación de contradicción y conjunción con la primera, es poner ese mito histórico en su verdadero lugar. ¿El mayo del 68 fue un verdadero espejismo sino un fracaso, como mínimo a corto plazo? A nivel político, las elecciones del 69 las ganó Pompidou y, a nivel social, poco cambió la cosa (desde la perspectiva del tiempo los cambios fueron a todas luces insuficientes).
Además de ello, la Revolución Francesa hacía siglos que había pasado, y ya se había encargado de generar los mecanismos necesarios con Bacon, Hobbes y Locke a la cabeza, para impedir cualquier revolución verdaderamente popular.
Para el cinéfilo, sin embargo, es un verdadero placer ver Los soñadores, ya no sólo por las referencias al conocidísimo caso anglois, o fragmentos de un filme de Fuller. Es un placer porque Bertolucci ha sabido captar el espíritu, atraparlo con su cámara y mostrarlo sin caer en la cita vacía, en la tosquedad de quien sabe que eso es jugar a caballo ganador.
Los personajes de Bertolucci son pasionales, insolentes, defienden lo que les gusta a cualquier precio. Son el fiel reflejo de una época del cine, de sus cineastas y de sus películas.
Viven con la misma intensidad que transmitía el travelling final de Los 400 golpes (Bertolucci utiliza la música del filme en esta primera parte no por casualidad), tienen una relación que no es más que la de Jules y Jim, tan al límite como lo pueda ser una película de Godard, pero también de un modo tan burgués como puedan serlo los personajes de Chabrol.
Apuntando a lo que vendrá después, los hermanos viven en un mundo de cine, irreal en el fondo; en conflicto con el padre, poeta y por lo que se deduce, hastiado de luchas románticas en contra de lo que casi es imposible cambiar, personaje criticado por algunas publicaciones, pero necesario al fin y al cabo, tanto narrativamente como para dar veracidad al asunto.
De este modo, Bertolucci conforma una primera parte magistral, hecha la vista atrás en un valiente ejercicio para explicarnos qué fue aquello, cómo se vivía, cómo se sentía.
Después de ese ejercicio contextualizador y cinéfilo, la historia adquiere otro matiz y entra en los cauces de la narración más convencional si bien está salpicada de cortes, para nada gratuitos, de filmes que van desde La Reina Cristina de Suecia hasta Scarface.
Bertolucci toca un tema mucho más espinoso, esos amantes de los cambios, de la lucha, de la revolución, que son capaces de enfrentarse hasta con su padre, no son más que caricaturas, y ahí está la grandeza de este filme tan crítico y es dónde entra la función de historiador por parte del cineasta italiano al poner los mitos en su sitio.
Acepta, defiende, justifica y considera necesario luchar por lo que se cree, pero también nos advierte que los mitos muchas veces se momifican, y una cosa es la revolución privada (sexual, artística) y otra muy diferente la que se gana en las calles, tras las barricadas, en las fábricas.
El nihilismo y el suicido, cuando se tiene todo (y no solo a nivel material), resulta patético, resulta burgués en el despliegue de los eventos capturados.
De ahí que pueda sacarse una lectura un tanto ambigua de la adhesión a la manifestación final, ¿responde a un acto impulsivo o es que finalmente le han abierto los ojos y de una vez va a tomar parte en el asunto de un modo directo?
Bertolucci está de regreso e invita a debatir. *
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