LA PELOTA VASCA, LA PIEL CONTRA LA PIEDRA, DE JULIO MEDEM, SERA OTRO FILME CLAVE DEL FESTIVAL DE CINEMATECA

Por la paz y el diálogo entre España y Euskadi

He aquí el texto del cineasta Julio Medem, donde relata cómo rodó su filme La pelota vasca:

I. AITZ. Viaje al fondo del mar

El primer paso que di hacia La pelota vasca, la piel contra la piedra, ocurrió en el año 1996, cuando dejé Euskadi y me fui a vivir a Madrid. Me trasladé por motivos personales y profesionales, pero he de confesar que alejarme de mi tierra me supuso una liberación; realmente había llegado a sentirme aplastado por las ideas y las personas que, con esa dignidad tan tozuda y vieja, vienen garantizando que el conflicto vasco se perpetúe.

En ese primer año en Madrid, el 96 (cuando Aznar llegó al poder), escribí dos guiones, uno sobre el amor y el otro sobre el odio. En el primero, desde la experiencia personal del amor perdido, proponía la idealización del amor eterno. Cuando leí la primera versión de Los amantes del Círculo Polar, sentí que no tenía derecho a inventar tanto, así que la puse en situación de espera.

Para la siguiente historia conseguí sentirme auténtico, desarrollando un guión que titulé Aitz, viaje al fondo del mar. Al final de aquella historia reparadora de resentimientos, en las profundidades marinas yo ahogaba el viejo odio vasco. Y de paso el mío.

II. Aitor, la piel contra la piedra

Tras un largo período en el que confieso que me distancié, sobre todo políticamente, de lo vasco, el auge del nacionalismo ultraespañol de Aznar, que se fue haciendo insoportable en su confrontación totalitaria contra el nacionalismo vasco, hizo que, después de Lucía y el sexo, decidiera volver a intentar escribir algo mínimamente justo acerca del conflicto vasco. Lo primero que me propuse fue no odiar, y pensé que si lo conseguía, ésa sería la mejor idealización del odio. De aquella actitud surgió Aitor, la piel contra la piedra.

En la idea de la piel contra la piedra está el golpe de la pelota en el frontón, la rabia, el estadillo del eco, la impotencia, el vacío, el sufrimiento, y como desencadenante, la conocida venganza. Pero de tanto golpearla, la piel de Aitor puede atravesar la piedra hasta conseguir que el ejército de muertos que le cabe dentro de su bosque, le canten a coro conciliación y perdón mientras caen de los árboles.

Desde entonces, la forma demoledora con que el nacionalismo español criminaliza al vasco está haciendo estragos en la imagen exterior de Euskadi. La mayoría de los vascos no confundimos nacionalismo con terrorismo, pero cuando uno viaja por España percibe que cada vez más cantidad de españoles así lo perciben.

Fue durante esa campaña electoral que, como vasco, tuve que soportar desde la capital de España, cuando decidí hacer una película documental, a la que enseguida adjudiqué el nombre de La pelota vasca, en honor a Aitor, que desciende de ilustres pelotaris. Así que lo primero que pensé fue que debía hacer el documental como si yo fuera Aitor. Su personalidad conciliadora, dialogante y hasta un poco inconsciente, la coloqué justo por delante de mí para guiarme y hasta protegerme de lo que sabía (y sé) que me esperaba,

III. LA PELOTA VASCA. La piel contra la piedra

Todos los documentales que he visto últimamente sobre el conflicto vasco (en algunos hasta se dice que no hay conflicto) tratan de las víctimas del terrorismo. Diré en seguida, para que no haya malentendidos (o como vacuna para esa plaga de fabricadores de malentendidos), que esta situación de falta de libertad y vida en amenaza de muerte me parece el peor y más acuciante de los problemas, pero que no es el único. Después del devastador problema moral de la violencia, existe un grave y crónico trastorno de origen político, que en los últimos años ha desembocado en la actual guerra (política) entre los gobiernos español y vasco.

He de reconocer que mi búsqueda personal del no odio me resulta (ante mí mismo) frívola, si la comparo con la situación de todas aquellas personas que tienen motivos profundos para odiar; me refiero a los que sufren en propia carne y alma la violencia relacionada con el conflicto vasco (de uno y otro lado). En general, ellos y sus fundados odios merecen todo mi respeto, a excepción de algunos casos particulares, ciertos ególatras y peligrosos misioneros del odio.

Es profundamente injusto y peligrosísimo plantear desde el poder este programa de reduccionismo político encaminado a crear adeptos a través de la confusión social, denominado «pensamiento único» y basado en que «si no estás conmigo, estás contra mí» (en el plano internacional supuso aquello de «si no estás conmigo a favor de la guerra de Irak, eres cómplice de Saddam Hussein»).

Lo primero que me planteé de La pelota vasca, la piel contra la piedra, fue abarcar el mayor número posible de voces diferentes, como una polifonía humana en la que cada cual cantara a su aire. De alguna manera lo opuesto al coro, o un anticoro, de voces del que se pudieran distinguir los timbres de cada una. Quería individuos hablando de su preocupación personal por un problema social como es el vasco. En un país tan dado a las entregas colectivas, lo mejor que cada cual puede aportar al grupo es su propia particularidad. Me propuse dejar opinar a todas las partes posibles del espectro vasco, para luego hacer alternar sus voces, creando la sensación de que podrían escucharse unas a otras, si quisieran, y, sobre todo, entenderse, también a sí mismas. Desde este escenario simulado de diálogo pretendía crear las mejores condiciones para despolarizar, desradicalizar, o desbloquear a las partes del conflicto vasco.

Con un equipo de diez personas y dos pequeñas cámaras digitales (Dvcam) rodamos el grueso de la película entre mayo y julio de 2002, a un ritmo de dos o tres entrevistados por día, hasta un total de más de cien (dos miembros del equipo me ayudaron haciendo entrevistas). Mi actitud ante todas aquellas personas fue la de aprender lo máximo posible, es decir, estaba mentalizado para entender lo que hiciera falta. Mi forma de preguntar fue la de ir siempre a favor del entrevistado, buscando en todo momento su parte de verdad, su porqué profundo, pero sin juzgar.

Reconozco haber experimentado movimientos intestinales en mi análisis sobre el problema vasco, que luego en el montaje ha sido el tesoro que más he intentado cuidar. Ojalá al espectador de esta película se le muevan las ideas como a mí, sintiendo que hacía falta, digamos, remover lo estancado.

He de lamentar que a partir de la segunda semana de rodaje surgieran las primeras dificultades y hasta negativas a participar por parte de personas pertenecientes a las dos corrientes o sectores en los que pueden situarse los extremos del conflicto vasco. Así, por parte del PP recibimos una negativa tajante a que cualquiera de sus miembros participara en la película.

Lamento especialmente que tres personas, para mí fundamentales, negaran su participación, como son Fernando Savater, Jon Juaristi y Cristina Cuesta (del Colectivo de Víctimas del Terrorismo). Evidentemente este ha sido el gran problema con el que me he tenido que enfrentar a la hora de montar el documental; intentar no perder el espíritu inicial de mostrar la mayor diversidad posible de ideas como base para proponer el diálogo.

Me vi entonces lanzándome con ellos al aire de un barranco, a ese gran hueco que queda entre el entorno de ETA y el entonces gobierno de Madrid.

Cuanto más se han ido separando los dos extremos del barranco, debido a esa gente disciplinada que tensa tanto su cuerda, gente atada, el aire que hay en medio (las dos terceras partes de los vascos) se ha ido cargando de una turbulencia cada vez más asfixiante y triste, dejando un ai
re que no es libre, ni para un pájaro. A este aire, huérfano de padre y madre, a esta forma de volar que mueve mi película, se la llama ahora equidistancia.

A pesar de que siempre lamentaré no haber podido hacer la película que quería, ya que he hecho la que me han dejado, y que incluso ahora preferiría que hubieran estado todos, me siento en mi derecho de ser el pájaro que me dé la gana para volar dentro de la cima, entre esas dos ciegas montañas, e intentar que las ausencias no sólo no desequilibren el resultado, sino que resulten expresivas y llenen de significado un proyecto que clama, precisamente, al diálogo entre todas las partes. Si no acercamos los bordes, ¿cómo vamos a curar la herida? *

Te recomendamos

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje