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La sirena de El Día

¿Estará cubierta de herrumbre, en un rincón de 18 y Yaguarón? Quizás se salvó del remate y algún apostador del casino la haga sonar para festejar un millonario acierto. Hace muchos años que está silenciosa, avergonzada por el triste final del diario que la albergó por décadas. La sirena de El Día, símbolo del viejo Montevideo. Acontecimientos históricos la contaron como leal compañera. Sonaba en varios tonos, aguda y estridente para los festejos y muy grave para hechos luctuosos. La idea vino de Europa donde los grandes diarios de principios de siglo XX tenían sus estruendosas sirenas. Muy pebetes, la escuchamos cuando la Vieja Capital explotó de alegría por los campeones de Amsterdam. Con un fúnebre eco fue el telón de fondo del interminable cortejo que acompañó a Batlle y Ordóñez mientras la emoción calaba hondo en el pueblo cubriendo todo 18. Fue muy solemne el sonido cuando se acercaron a su esquina los lentos caballos, con negros penachos, que trasladaban la carroza con los restos mortales de Zorrilla de San Martín. Una vez, la sirena se volvió mágica y misteriosa. Su profunda voz llegó hasta un mágico cielo montevideano en el que se desplazaba el Zeppelín, con todas sus iluminadas ventanitas y la luna reflejada en la sigilosa silueta. Los periodistas de El Día que alargaban sus jornadas en el bar Montevideo, de enfrente, comentaban que la decisión de activar el artefacto era algo serio y la tomaba el directorio. En lo político el criterio era unirse a acontecimientos libertarios y fue por eso que no tuvo suerte un oscuro director que la quiso hacer sonar cuando cayó la España republicana. La Segunda Guerra tuvo su caja de resonancia en esta emblemática sirena. Con un poderoso ulular anunció que al fin París había sido liberado del nazismo. Y pareció interminable cuando se supo la rendición de Alemania a los aliados. Cada tanto llegaba a Montevideo un técnico europeo que luego de afiatar el aparato, cruzaba al popular Sibarita y le daba a la cerveza de barril. El alboroto descomunal por Maracaná es imposible no asociarlo al metálico estruendo que emanaba de los altos de El Día. Cuando De Gaulle desfiló por el centro también recibió el saludo de la mítica sirena. Aunque muchos tengan que tragar saliva, hay que decir que esa sirena sonó muy fuerte saludando la victoria de Fidel Castro y la caída de Batista allá por el 59. Su resonancia fue de duelo por la muerte de Gestido y sin quererlo fue el anuncio de épocas muy duras para todos. Por el 80 se puso corajuda y festejó el triunfo del No sobre la dictadura y sus secuaces. Acompañó la esperanza de la gente cuando a lo lejos se volvió a escuchar mientras el eterno Candeau leía la proclama del Obelisco. Hoy sigue sonando en nuestra memoria cuando recordamos el triunfo de la libertad. Con más recuerdo y música los esperamos los sábados, a las 18.30, en 1410 AM LIBRE. *

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