DANIEL BURMAN HABLA DE "EL ABRAZO PARTIDO" QUE SE ESTRENARA EL VIERNES

"Mi cine consiste en sobrevolar la vida"

El cuarto largometraje de Daniel Burman (Buenos Aires, 1973) no es sólo una película más que sumar al admirable catálogo del último cine argentino. El abrazo partido, además de conquistar a los jueces de la pasada Berlinale  ganó el Gran Premio del Jurado , es la obra más sólida y autobiográfica de uno de los jóvenes cineastas más interesantes del panorama internacional.

Al igual que su segunda película Esperando al Mesías, el filme indaga en tono de comedia los conflictos de la comunidad judía y la búsqueda de nuevos horizontes lejos de Argentina, pero es sobre todo una crónica familiar: la del reencuentro entre un hijo de treinta años, Ariel (Daniel Hendler), y su padre Elías (Jorge D’Elía), quien abandonó el país cuando el primero era un niño.

 ¿Se esperaba tal recibimiento en el Festival de Berlín?

 Obviamente fue una tremenda sorpresa. No había ninguna expectativa, y supongo que eso jugó a favor. Me sorprendió la enorme llegada de la película a todos los niveles, tanto en los más superficiales como en los discursos más profundos, y cómo espectadores de todas las nacionalidades conectaron con el humor de la película.

 Quizá es el tono del filme una de las claves de su éxito.

 Por supuesto. Uno cuando hace cine quiere reflexionar sobre cosas profundas, asuntos que nos conciernen a todos como humanos, pero también y sobre todo quiere entretener. A todos nos gusta tratar temas existenciales, como las relaciones entre padres e hijos, pero tratarlos desde el humor. La filosofía de mi cine consiste en sobrevolar la vida.

 ¿Cuánto hay de autobiográfico en El abrazo partido?

 Hay partes autobiográficas, como la de la petición del pasaporte polaco, que las he vivido tal cual, y situaciones del barrio. Todos los habitantes de la galería me resultan familiares, como viejos amigos. Desde niño y más tarde de adolescente he sido testigo de las historias y los personajes extravagantes que se esconden detrás de los mostradores.

 Uno de los temas del filme es la dificultad para comunicarse.

 Sí, sobre todo en un microuniverso como el que retrato, con esa diversidad cultural, en la que hay coreanos, judíos, argentinos, peruanos, americanos. Una de las cosas de la película que sorprendió es el hecho de que cuente una historia multiétnica en la que el conflicto no es el racismo, sino la búsqueda de raíces. Lo que ocurre es que vivimos una diversidad cultural muy saludable. En cuanto a lo de la falta de comunicación hay varias escenas con ese leit motiv. Quería retratar cómo a pesar de las barreras idiomáticas y culturales, es posible que nos entendamos, y también dejar constancia de todas las tonterías que podemos decir cuando tratamos de comunicarnos.

 ¿En qué basó la decisión de rodar toda la película cámara en mano?

 Quería supeditarme totalmente a los actores. Creo que la verdad en el cine, si hay algo de verdad, sólo se puede conseguir a través de los actores. Son ellos los que le dan alma a las películas. No se puede pretender que un actor diga que ama a alguien, y que te lo creas, mientras está preocupado por no cruzar determinada línea o pisar una marca. No se les puede obligar a que actúen en función de la posición de la cámara, sino que la cámara debe estar al servicio de sus movimientos. Por lo tanto, yo me lo jugué al cien por cien en eso.

 Ha mezclado actores no profesionales con profesionales. ¿Cómo ha sido esa convivencia?

 Estupenda, ha sido un trabajo intenso, con un mes de ensayos antes del rodaje. En mis anteriores películas, el único momento donde sentía que esto de hacer cine se parecía a un trabajo, era cuando tenía que hablar con los actores. Sin embargo, en esta película, esa tortura devino en gran placer, quizá porque tenía muy claro desde el principio quién era quién.

 Se ha comparado su humor con el de Woody Allen, ¿se siente deudor suyo?

 Supongo que el parecido entronca con nuestras raíces judías. El es mucho más que un director de cine, es un autor clave del siglo XX, y por supuesto me enorgullece que alguien pueda pensar eso.

 En El abrazo partido ha preferido huir de los temas económicos y sociales que plantea la historia y centrarse en el drama familiar.

 Es lo que me interesaba. En Argentina somos mucho más que la crisis. A veces se nos olvida que la crisis no abarca todos los estamentos de la vida. También amamos, reímos y nos levantamos arrastrando nuestros dramas cotidianos. Con crisis o sin ella, tenemos los mismos problemas existenciales que el resto del mundo. *

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