ARTE

Salón 51º: siempre los mismos

La pintura vuelve a predominar (y no por cierto por las innovaciones o las calidades) y los lenguajes más en consonancia con los tiempos que corren (instalaciones, videos) han sido expulsados sin piedad. A diferencia de los dos anteriores, luego de la interrupción durante 17 años, que, con imperfecciones y defectos, apoyaron generaciones y lenguajes emergentes, el 51º Salón se caracteriza por una alarmante repetición de recursos expresivos, premiando a los ya premiados, sin que la obra lo justifique.

Faltó el catálogo (aunque impreso no se entregó) y por consiguiente no hay información sobre el número de aceptados y rechazados, aunque menores en su totalidad a los anteriores, el panorama del salón luce aquejado de una fuerte anemia creadora, a hechura de los artistas concurseros que habitualmente no hacen muestras individuales. La escultura, de mediano y pequeño tamaño, realizada en madera, metal o mármol, es inexistente y justificaría el rechazo de los envíos por la pobreza de su concepción y ejecución.

Los dos grandes premios adquisición (120 mil pesos más un pasaje a San Pablo) recayeron en Gerardo Goldwasser, ya premiado por una obra similar y mejor en el Salón anterior. Aquí, la obra presentada aparece envuelta en plástico con ondulaciones, quizá con deliberada intención, que dificulta la apreciación. Eduardo Cardozo (de mención honorífica del Municipal trepa al primer puesto Nacional y un caso similar es Lala Severi), vuelto a la pintura luego de etapas de enorme interés experimental, e incluso sin el refinamiento pictórico que demostró en una muestra individual reciente. Tampoco se entiende el premio a Martín Verges, con obras clonadas de otras anteriores ya exhibidas y con el mismo título (La apoteosis de Homero según Ingres), con mínimas variaciones. Hay falta de ineditez, exigidas reglamentariamente, que se hace extensivo a otras obras enviadas. Todos los fallos son discutibles pero aquí la desmemoria del jurado parece notoria. Un solo caso merece elogio: la instalación parietal de Andrea Filkenstein que volvió a encontrar su veta imaginativa en una sutilísima e irónica propuesta. Entre las inútiles menciones figura Mercedes González Amaro, con pinturas de trozos de tela, de torpe elaboración, aunque alguna sospechosa relación promocional debe tener con su próxima exposición en el Instituto Goethe.

En cambio, hay que saludar la sencillez conceptual de Javier Bassi trabajando sobre reproducciones de Beuys y, a su lado, el sugestivo collage de María Angélica Juanena, a Serrana García, un talento surgido hace casi una década, con una sola obra (dos fueron lamentablemente eliminadas por el jurado), una de las pocas revelaciones, junto con el dibujante Víctor Soldini. Carlos Barea apunta con felicidad una iconografía matérica. Si los dibujos al pastel y óleo de Ricardo Lanzarini no se adecuan a su estilo, los diminutos personajes en color sobre hojillas de papel de fumar son admirables. Entre los fotógrafos, el destaque va para Oscar Bonilla con una espléndida serie. De la misma manera, es reconfortante encontrar a Enrique Badaró en un momento de sólida inventiva. La molestia del espectador surge al advertir que se establece una confusión entre salones recientes, intercalando premios donde los que estaban arriba, bajan, y los de abajo, suben. La ley de la compensación, sin duda. O un juego sumamente entretenido para barajar la posición de cada participante en el Municipal o el Nacional.

Aunque los ministros de cultura cambian, los salones siguen ligados al pasado, incluso en el nombre, que la tozuda incomprensión (o, sin eufemismos, ignorancia) ministerial insiste en mantener. Lo que pasó con las tres sucesivas modificaciones del reglamento entra en la órbita de un desopilante sainete. Porque además, cabe preguntarse si este Salón pertenece al año 2003 o al actual, salteando el anterior, o si se tiene pensado realizar la 52º edición el próximo 25 de agosto, como corresponde. Son incógnitas a despejar y los plazos se acortan, perjudicando a los posibles interesados, como sucedió en esta oportunidad, cuando la convocatoria se hizo en pleno verano y con un mes de anticipación. Es sabido que para los políticos y gobernantes la cultura no figura en su agenda (ni siquiera la electoral) y nada se puede esperar sin asesores diferentes, de alto nivel, que instrumenten con habilidad y amplitud (sin eternizarse en el cargo) los apoyos necesarios para modificar el estado actual de la actividad artística. Mientras tanto, hay que aguantar más de lo mismo. *

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