SE VIENE LA NOCHE DEL CRIMEN DE DAN ALGRANT

Intriga en Nueva York

Los trabajos que el cineasta Dan Algrant ha realizado poseen un punto de reunión: la ciudad de Nueva York, como fondo o disparador de los conflictos de sus personajes. La Big Apple ha sido protagonista tanto en su película debut, la comedia romántica Desnudo en Nueva York (1994), como en la célebre serie de televisión El sexo y la ciudad, y ahora en su segundo largometraje. La noche del crimen, entonces, trabaja bajo los citados presupuestos.

El argumento del nuevo filme de Algrant: hombre de las relaciones públicas, otrora influyente y venido a menos, le hace un favor a su amigo y único cliente (Ryan O’Neal) y termina presenciando el asesinato de una joven bella y drogadicta (la espléndida Téa Leoni) involucrada con las altas esferas políticas, cuyos secretos es preferible ocultar.

La narración está estructurada de tal manera que el tiempo vertiginoso  los hechos están acotados a un día y medio  y el punto de vista  nunca se abandona la mirada del protagonista  mantiene el ritmo y dosifican la intriga.

La noche del crimen es un thriller de suspenso y a la vez un drama: la parábola de una caída, la debacle final de un hombre acelerado, consumido por las pastillas y demacrado por el insomnio y las preocupaciones.

El crimen mencionado en el título sólo funciona como excusa para desencadenar una conspiración en la que Eli Wurman (Al Pacino) se verá implicado. A él le sirve para entender que, tal vez, es hora de retirarse de esa vida hipócrita y absorbente.

El personaje también tiene otro motivo para pensar en dejar la ciudad mientras esté a tiempo: Victoria (Kim Basinger), la viuda de su hermano, quiere salvarlo y compartir con él la vida tranquila del campo. Pero nada le resultará fácil.

Pacino no está nada mal y es quien se carga la película sobre los hombros (como actor, y productor junto a Robert Redford) para interpretar comprometidamente a este hombre avejentado y confundido por el alcohol y las drogas que se ve envuelto en un asesinato.

Pero como el filme está contado estrictamente desde su punto de vista, no hay escena en la que no participe. Y por supuesto el actor no elude su característico frenesí con que se entrega a la actividad de publicista, que es su oficio en la ficción.

Wurman, el ex hombre de prensa más respetado de Nueva York, debe concretar un importante evento antirracista al que asistirán los poderosos de turno; si lo logra su misión estará cumplida y las intrigas se habrán resuelto.

¿Será entonces el turno del retiro? Digamos que recién en la última escena Pacino podrá descansar en paz y el espectador también. *

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