LIBROS

Artigas ñemoñaré II

Esta definición pretende explícitamente contrastar el habitual reduccionismo falazmente académico, que suele instalar en el imaginario popular un concepto de cultura bastardo y limitado en sus interpretaciones.

En la mayoría de los procesos de debate que abordan a este fenómeno como materia de análisis, se suele apelar a la intelectualización, con lo que se procura deliberadamente marginar a las grandes mayorías de los procesos culturales.

La verdadera cultura no se limita en el espacio al mero ejercicio de la sensibilidad ante la contemplación de una obra pictórica o escultórica, ni a la lectura de un libro. Tampoco, naturalmente, a la elaboración individual de la creación en todas sus expresiones.

Si bien es innegable que el saber teórico es siempre una herramienta de progreso, cambio y transformación social, no menos cierto es que el conocimiento empírico ocupa un espacio igualmente relevante en la formación integral del ser humano.

En ese contexto, resulta ciertamente crucial el minucioso análisis de la denominada cultura de la calle, que atañe directamente al proceso de integración y continentación social.

Este aprendizaje está íntimamente vinculado a un patrimonio insoslayable como lo son   sin dudas   las costumbres y particularmente las tradiciones.

Es sabido que todo pueblo o grupo humano ligado por un antepasado común, siempre procura afirmar su identidad a través de determinadas prácticas y el permanente cultivo de valores comunes, siempre construidos sobre una amplia base de consenso.

No en vano la literatura, la música, la plástica, el teatro y aún el cine, suelen capturar en su intrincada trama creativa la herencia del pasado de los pueblos.

La cultura es, en efecto, un proceso continuo de edificación, que no se detiene ni aún ante las tempestades históricas, porque naturalmente excede lo meramente material.

Es un valor eminentemente espiritual, porque recoge, condensa y sintetiza las emociones colectivas, que   más allá de inevitables saltos cualitativos   siempre conserva la herencia de los ancestros.

En un país como el nuestro, la construcción o eventual reconstrucción de la identidad es siempre una materia compleja y controvertida, por la abundante diversidad que aporta un paisaje variopinto y cosmopolita.

Las corrientes emigratorias que comenzaron en la época colonial y se incentivaron en los primeros tramos del pasado siglo XX, transformaron a Uruguay en un auténtico crisol de nacionalidades.

No en vano nuestro país, particularmente hasta mediados del siglo pasado y antes de la dictadura, era considerado una suerte de laboratorio social, con una arraigada cultura europeísta que lo divorció durante décadas de la peripecia histórica de sus hermanos latinoamericanos.

La virtual ausencia de aborígenes derivada de recurrentes traiciones y genocidios, nos transformó en un espacio geográfico y cultural singularmente paradigmático, que fue erigiendo el mito de la denominada Suiza de América.

Otro tanto sucedió con los héroes de nuestra gesta emancipadora   grotescamente coagulados en el frío del bronce por el discurso oficial- cuya prédica quedó confinada en los textos de historia.

Sin embargo, las propias tempestades del tiempo se encargaron de demoler la leyenda y la recurrente mentira institucionalizada que nos hacía sentirnos diferentes a otros pueblos del continente.

Hoy añoramos mucho de lo perdido y ansiamos fervientemente la recuperación de algunos valores intrínsecos a nuestra condición de nación, en un proceso que   más allá de las vicisitudes de la crisis endémica que padecemos   debe interpretarse como un intento de reencuentro con nuestras mejores tradiciones.

En «Artigas memoñaré II», el periodista Nelson Caula reconstruye nuestra compleja trama cultural primigenia, cuyo abordaje ya inició en el primer título de la saga literaria iniciada en 1999.

En el exitoso libro que inauguró esta apasionante investigación, que conoció luego varias ediciones, el autor se instaló en la vida privada de nuestro caudillo José Artigas, sus amores y numerosos descendientes.

La pesquisa tomó como escenario naturalmente al Paraguay, a donde se exilió el prócer en 1821 a la edad de 56 años, luego de ser derrotado por la traición, la ignominia y la inmoralidad de sus enemigos y detractores.

En esa primera entrega, Nelson Caula arroja abundante luz sobre los conos de sombra que siempre ensombrecieron los años de destierro del caudillo oriental, reconstruyendo su profuso árbol genealógico.

En este segundo volumen, que también es fruto naturalmente de minuciosas investigaciones, el periodista se adentra nuevamente en los laberintos de la memoria.

Si bien en el primer capítulo Caula incluye algunas referencias a la descendencia de Artigas   muchas de ellas obviamente nuevas   la materia literaria la constituyen, en esta oportunidad, algunos de los personajes que le acompañaron en su exilio paraguayo.

Nutriendo su obra del aporte de fuentes, documentos y testimonios, el escritor recrea parte de la peripecia del Artigas derrotado y la acelerada retirada de la Banda Oriental, junto a muchos de sus fieles seguidores.

La escolta que acompañó al Protector de los Pueblos Libres rumbo a su destino, se caracterizaba por una gran diversidad étnica y cultural, ya que incluía a numerosos indígenas y negros. Como se sabe, al arribar a territorio paraguayo, el dictador Gaspar de Francia separó a esos grupos de su líder natural   confinado a la sazón en un solar de Curuguaty- y los redistribuyó geográficamente, entregándoles tierras y enseres de labranza para que pudieran afincarse.

Nelson Caula describe minuciosamente como de esa diáspora nacieron nuevas comunidades en lares guaraníes, cuyas descendientes aún viven en territorio del hermano país.

El contingente que siguió los pasos del caudillo estaba integrado, entre otros grupos, por guaraníes, correntinos, negros, riograndenses y montevideanos, lo cual constituye un fiel testimonio del carisma del héroe y la fidelidad que convocaba.

El libro explica detalladamente el destino de los afroartiguistas que llegaron a suelo paraguayo, narrando la historia de la denominada comunidad de Laurelty y otros núcleos humanos análogos.

Destaca la posterior participación de los negros en la defensa del sueño paraguayo, contra los invasores de la deleznable Guerra de la Triple Alianza de la cual nuestro país participó, sumándose a una aventura militar destinada a agredir y destruir a una nación hermana.

El autor reconstruye la cultura de esas comunidades negras de origen africano, así como sus símbolos, creencias, costumbres y rasgos culturales más representativos.

También denuncia los contemporáneos atropellos cometidos contra esos uruguayos nacidos en lares guaraníes, muchos de los cuales fueron despojados y expulsados de sus tierras durante la dictadura de Alfredo Strossner.

Nelson Caula reconstruye el pasado de esos negros arrancados de las fauces de la esclavitud, analizando, además, fenómenos culturales como el candombe y otros ritmos o liturgias características.

En ese complejo proceso de restauración de entramados históricos y emocionales, el periodista reivindica a la habitualmente minimizada figura de Ansina, reconstruyendo a otros personajes no menos legendarios que acompañaron al caudillo en su exilio: Manuel Antonio Ledesma y Montevideo Martínez.

«Artigas ñemoñaré II» no es un mero relevamiento histórico. Es una investigación profunda y minuciosa, que apunta a rescatar del olvido a numerosos personajes que compartieron los batallas cruciales de nuestra gest
a emancipadora y los sueños libertarios de José Artigas.

Este valioso trabajo es una intensa apelación al pasado pero también al presente, por cuanto, en el ensayo incluido en el último capítulo, el autor denuncia las falacias dominantes del discurso histórico que suelen marginar a las minorías étnicas en Uruguay.

También desmitifica y demuele la recurrente mentira instalada en nuestro imaginario, que afirma que nuestro país carece de población indígena. Caula corrobora, con abundante indicadores estadísticos, que más de un tercio de la población tiene genes amerindios o negros.

El periodista y escritor no soslaya, naturalmente, los recurrentes genocidios, crímenes y actos de traición cometidos en el pasado, que intentaron vanamente exterminar a nuestros ancestros aborígenes. Su fuerte alegato a favor de las minorías convoca ciertamente a la reflexión.

(Rosebud Ediciones)

Te recomendamos

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje