"Es un filme tan realista como humano"
Mel Gibson es consciente de que lo que empezó como una película de muy bajo presupuesto se ha convertido en un mar de controversias. El director dijo que es mejor ser prudente, y da su punto de vista: «En cuanto te sumerges en asuntos políticos, religiosos o espirituales, tienes la seguridad de que vas a tocar ciertas fibras sensibles, porque no todo el mundo es igual ni piensa lo mismo, así que esperaba un poco de polémica. Pero todo esto va mucho más allá de lo que había imaginado. Yo pensaba que estrenaría La pasión de Cristo y enviaría un mensaje cristiano».
Y agrega algo perplejo: «No veo dónde está el furor de todo este asunto que me ha caído como una tormenta. Cada vez que abro el periódico encuentro algo nuevo sobre el filme, incluso en las páginas de deportes, pero tengo la conciencia muy tranquila. Ya hubo mucha oposición a la película durante el rodaje, lanzándome todo tipo de ofensivas, ha sido un proyecto prejuzgado y condenado por algunos sectores desde el principio, y yo siempre me he mantenido al margen. Es muy desagradable todo. Oí en una ocasión que Steven Spielberg fue acusado de antisemita porque compró los derechos de un libro sobre Charles Lindbergh, lo que me hace pensar en lo poco que hace falta para levantar falsas acusaciones. Lo realmente terrible es que este discurso sobre el antisemitismo se trata con la suficiente frecuencia como para que lentamente se amalgame en torno a una serie de verdades aceptadas». Teniendo en cuenta que la tolerancia es uno de los temas del filme y del catolicismo , hace referencia a una escena en La pasión de Cristo que resume sus sentimientos respecto a la animosidad que ha despertado la película; una escena que, según el cineasta, no estaba en el guión original y que proviene del Evangelio según San Lucas: «Se trata del momento en que Cristo dice que hay que amar a todos incluyendo a los enemigos, porque si sólo amas a la gente que te gusta, ¿qué hay de bueno en eso? No hay ninguna prueba ni sacrificio en ello, así que incluí esa escena a propósito basándome en mis experiencias».
Por qué Gibson dio la espalda a su religión, se debe en parte al tipo de tentaciones que se pusieron en su camino, como la adulación y el estrellato de Hollywood llamando a su puerta. Gibson ya tenía 31 años cuando rodó su primera Arma mortal, y ocho años antes Australia le recibió como el joven Mad Max. Para cuando aterrizó en Hollywood, Gibson ya venía intoxicado de aquello que vio más allá del arco iris. «Adopté el laicismo de la industria y la paz que traía consigo. Fue muy seductor y con muchas posibilidades donde elegir, pero no importaba la cantidad de excesos, de lujos, simplemente no era suficiente y no llenaba el vacío».
Así que en la cúspide de su éxito internacional, recuerda Gibson, «llegué a ese lugar en el que empecé a cuestionarlo todo. Fue como entrar en un círculo vicioso de tortura permanente, dando vueltas y vueltas, que se convirtió en un intento por mi parte de cambiar el curso de las cosas, detenerlo y tomar otra dirección, encontrar algunas respuestas y curar mis heridas, porque la vida es un lugar que asusta», dice.
Gibson acudió a la Biblia y a los Evangelios, y así nació La pasión de Cristo, una obsesión que le ha perseguido durante los últimos diez años: «Ponlo de este modo: ahora estoy más lleno de lo que estaba antes. Sigo siendo corrompible y tengo los mismos defectos que cuando empecé. Es un proceso largo, un trabajo diario. Más allá de la fe, se cometen errores, pero creo que tengo un par de pistas sobre lo que nunca debo hacer, porque es muy cómodo tomar la solución más fácil y cercana. Creo que lo que he intentado es hacer un filme tan realista como humano. Creo que lo primero que te golpea son los aspectos humanos de la historia. A todos nos incumbe la experiencia humana, porque eso es lo que somos, animales con espíritu». Tras haber puesto tanto de sí mismo en esta película, uno no puede dejar de preguntarse hacia dónde caminará Mel Gibson como cineasta después de esta experiencia. «Hay otras cosas que quiero hacer, aunque no serán ni tan intensas ni polémicas como ésta, gracias a Dios», confiesa. Ahora que ya ha dejado atrás La pasión de Cristo, todavía quiere estar detrás de la cámara: «Me encanta el proceso de un director para contar historias, y creo que sé cómo hacerlo. Mi escuela fue George Miller y Peter Weir, y de ellos he absorbido todo como una esponja», sostiene.
Como actor, Gibson, que ha actuado recientemente caracterizado y con mucho maquillaje en El detective cantante, ansía escapar de sí mismo: «Creo que estoy cansado de ello como el resto del mundo. Mi utopía sería el anonimato. Puede que ocurra en Pekín, porque allí somos todos iguales para ellos».
El futuro sería volver a trabajar con Weir o Miller: «Esos tipos son unos maestros, así que por supuesto que me encantaría trabajar con ellos otra vez. El problema es, ¿querrán ellos trabajar conmigo?». *
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