El compromiso ético de la poesía
Con motivo del Día Internacional de la Poesía que se celebrará en la presente jornada, Benavides recibió a LA REPUBLICA en su casa que, más que una vivienda particular, semeja una biblioteca.
Las paredes del apartamento que comparte en la avecina Garibaldi junto a la compañera de toda su vida, están cubiertas de libros, de los que parecen emanar voces, sentimientos, afectos y sensaciones.
Esos miles de volúmenes ordenadamente reunidos en numerosos anaqueles o diseminados en varios ambientes del hogar del entrañable «Bocha» Benavides, recorren el sempiterno itinerario de la literatura nacional y universal, de la poesía, la novela, el cuento o el ensayo.
Este particular universo de múltiples arquitecturas, representa el tesoro íntimo del poeta tacuaremboense, ávido lector desde su más temprana infancia y a la vez constructor de variopintos micromundos y personajes, tan sensibles e intensamente palpitantes como su propio autor.
Su extensa obra literaria, trasladada recurrentemente al pentagrama e interpretada por afamados autores nacionales como el inolvidable Alfredo Zitarrosa, es también una parte indisoluble de su intransferible impronta y su identidad.
Mientras anuncia a LA REPUBLICA el inminente lanzamiento por parte de Ediciones de la Banda Oriental de su antología poética, previsto para el mes de junio, Washington Benavides comienza a desgranar sus reflexiones, que ingresan inicialmente en los territorios autobiográficos.
–¿Existe realmente una definición exacta de la poesía como vehículo de expresión y articulador de emociones humanas?
-La pregunta es filosa y siempre me ha ofrecido la posibilidad de que yo lance un rosario de definiciones. Recuerdo que en una exposición sobre el libro español que se realizó en AFE hace ya unos cuantos años, cuando me tocó leer poemas, dije que yo era el secretario de una sociedad de poetas vivos. Pienso que la poesía es, entre otras cosas, la cuerda que te salva del atolladero y, simultáneamente, es el precipicio. En mi caso concreto, la poesía tiene su larga historia, que comienza en la adolescencia.
En mi infancia yo era, más que nada, un niño dibujante. Todo el proceso es la lógica consecuencia de una lectura no infantil, que transcurrió antes incluso de que ingresara a la escuela.
Cuando entré a las aulas, yo era una especie de alien, que ya había leído a los clásicos. Me crié en una familia con hermanos mucho mayores que eran como mis padres.
La infancia como purgatorio
-¿Hubo alguna circunstancia que tuviera una particular incidencia en su prematura avidez por la lectura?
-Yo sufrí de asma hasta la pubertad, lo que cortaba mi vida cotidiana en dos tiempos bien diferenciados. En primavera y verano, yo podía ser un niño como cualquier otro, que iba a jugar al monte y al campito, pescaba, me embarraba o me bañaba en el río. Hacía todas las travesuras habituales en un niño, porque eso es la vida.
En cambio, en otoño e invierno esa realidad cambiaba radicalmente. Me tenía que enclaustrar en mi cuarto y allí participaba de otras aventuras con otros compañeros, con los personajes de los libros y las revistas que llegaban a mis manos, que no eran sólo de historietas sino también de relatos muy interesantes.
Los personajes de esos libros e historietas se fueron transformando en auténticas amistades. Esa es, por definirlo de algún modo, la poética de la lectura.
Seguramente, tú debes recordar lo que solía decir Jorge Luis Borges. Cuando se le preguntaba cuál era el libro que más le agradaba de toda su producción, respondía que quería ser más recordado por los libros que había leído que por los que había escrito.
-Al ingresar a la escuela con todo ese bagaje cultural ya adquirido, ¿tuvo problemas de adaptación?
-Para mí, la escuela fue un martirio, porque yo ingresé luego de haber leído a Cervantes, Lope de Vega, Verne, Salgari, «Las mil y una noches» y las grandes novelas de aventuras.
Afortunadamente, el director de la escuela de varones a la que concurrí, que se llamaba Arístides Mansilla y Molina, se percató que yo era una suerte de extraterrestre. Yo, que inicialmente me sentía como un pez fuera del agua, lo ayudaba a ordenar la biblioteca y a proyectar documentales.
Muchas de esas sensaciones se revelan en algunos de mis libros, donde yo abordo el tema de mi infancia que, para mí, fue un purgatorio.
Yo era el único de mi familia que dibujaba. Sin embargo, en determinado momento, se impuso la palabra, que fue mi compañera desde la infancia y comenzó a dominar mi vida.
-¿Cómo fue su primer parto poético y cuáles fueron sus influencias primigenias?
-Lo mío no era la poesía que los adolescentes escribían, porque, como dice el maestro Mario Benedetti, las lecturas y las predilecciones se dividían por la familia Vallejo o la familia Neruda.
Si bien se trata de dos grandes poetas latinoamericanos, en mí la influencia vino de los clásicos, del romancero y de la poesía inglesa.
Un día, en una de las librerías de Tacuarembó, que estaban formidablemente bien provistas, encontré un libro de 1940 editado en Italia, en el que descubrí a dos poetas que tuvieron para mí una gran significación: José Juan Tablada y Ramón López Velarde, que es considerado el poeta nacional por los mexicanos.
El más joven de esa antología era nada menos que Octavio Paz, en una época en que el mexicano más mencionado era el modernista Amado Nervo, que en mi opinión es un poeta menor.
En Argentina, por ejemplo, me sedujo Enrique Banchs, un increíble poeta de la primera década del siglo XX, que escribió tres o cuatro libros fundamentales y luego dejó de escribir. El fue quien me introdujo en la poesía provenzal y medieval.
También descubrí la poesía brasileña, que es muy poco conocida y no suele ser de lectura fácil, además de la poesía sino-japonesa.
Todo ello fue creando en mí ese gran receptáculo de líneas poéticas distintas. Yo las fui asimilando y también mis heterónimos.
-En medio de esa febril búsqueda de líneas, autores y territorios literarios, ¿quién lo descubrió como poeta?
-En una oportunidad, siendo aún un estudiante, fui a Montevideo a una reunión en la revista «Asir». A mí, quien me descubrió para la capital fue el gran amigo, poeta, crítico y profesor, Roberto Ibáñez.
El era inspector de literatura, por lo que debía concurrir al Interior para visitar a los docentes. En esas oportunidades, planteaba que quería conocer a los alumnos que gustaban de las letras.
Cuando estuvo en Tacuarembó tuve la oportunidad de leerle mis poetas. El, que estaba algo desanimado, manifestó que le había vuelto el alma al cuerpo.
Luego, allá por 1949, se publicaron mis primeros poemas en «Asir». Bordolli me vinculó y creo que fue un error, a la poesía de Antonio Machado. Si bien yo admiraba y admiro a Machado, mis influencias ya eran otras.
-El concepto de heterónimo suele ser complejo y erróneamente interpretado. ¿Es posible vulgarizarla para una mejor comprensión del lector?
-En todo ese proceso, yo me fui desdoblando en heterónimos.
Esa primera etapa de mi obra con el «Tata Viscacha», que todos recordarán, terminó con una edición en una imprenta muy precaria de Tacuarembó, que insumió más de un año.
-Regresemos al tema de los heterónimos, que son particularmente importantes en su producción artística.
-Afortunadamente, hoy la heteronimia es conocida. Pero otros libros no van a salir con el nombre de Washington
Benavides, sino de mis heterónimos.
En una oportunidad, cuando yo presenté dos libros en un concurso municipal de poesía inédita, gané el primer premio por «El molino y el agua».
Sin embargo, en ese mismo certamen, le otorgaron un segundo premio a un libro de un poeta joven y transgresor, que estaba haciendo una poesía fermental y distinta. Al abrir el sobre, se encontraron que la obra era también mía: «Lección de exorcista». Sucedió que en ese libro estaba involucrado un heterónimo, escribiendo algo que nada tenía que ver con lo que Benavides proponía en «El molino y el agua».
Casa de brujas en «democracia»
-Estamos en la primera mitad de la década del cincuenta. ¿Podemos recordar qué sucedía en ese momento en Uruguay y en el mundo?
-Estábamos viviendo el comienzo de la guerra fría. En ese momento, en Uruguay comenzaba a surgir una nueva fuerza que alcanzó a tener un potencial importante, con Benito Nardone y otros a la cabeza.
La guerra fría generaba un mundo maniqueo, entre los que estaban a favor de Estados Unidos o de la Unión Soviética. La alternativa, sin términos medios, era estar con uno o con otro.
-¿Es cierto que por entonces había en nuestro país una suerte de listas negras y hasta una caza de brujas?
-Así es. Ya me habían puesto la impronta de rojo. Unos ex condiscípulos míos organizaron, conjuntamente con la Iglesia Preconciliar, una organización llamada Movimiento de Acción Democrática.
La sigla MAD que significa loco en inglés estaba contra el sovietismo. Difundieron un manifiesto y quemaron al «Tata Vizcacha», tras sacar los volúmenes de las distintas librerías de Tacuarembó. Se reunieron en la Plaza 19 de Abril, leyeron una proclama, cantaron el Himno Nacional e incineraron los libros.
-No es difícil deducir que en ese momento, hace medio siglo, ya existían corrientes intolerantes de ultraderecha en el país.
-En ese momento, tuve un sentimiento de tristeza, casi de melancolía. En realidad, la indignación me vino con el tiempo.
Muchos años después, un día me hice un replanteo del tema. Reflexioné que habíamos pasado una dictadura de trece años en que había sucedido de todo, pero a mí insólitamente me quemaron un libro en la plaza pública en plena democracia.
-Siendo un hombre del Interior, ¿cómo vivió la experiencia de las devastadoras inundaciones de 1959?
-En ese entonces, escribí un libro que se llamó «Poemas de la ciega». Las inundaciones fueron un drama terrible para la gente del Interior.
En ese momento, nosotros vivíamos en Paso de los Toros, que pasó un año sin luz. No fue sólo un problema meteorológico, sino que también hubo algunos errores técnicos.
Probablemente, por la represa que se estaba construyendo en Baygorria sobre el Río Negro, hubo un problema de contención de las aguas de Rincón del Bonete, que salió de control.
Tuvieron que dinamitar un costado del terraplén y el agua vino directamente a Paso de los Toros. Hay escenas de lo que sucedió que cuento en mis poemas.
En medio de esa tempestad, apareció mi primera obra en Montevideo, que es «El Poeta». Como muchos de mis libros, son pequeñas colecciones de varios otros libros.
Como ahora, por entonces era muy difícil publicar. Por eso, había que seleccionar textos, que se reunían en un volumen.
La proscripción en la dictadura
-¿Cómo vivían los actores de la cultura en la turbulenta y fermental década del sesenta?
-Comenzamos a reunirnos con colegas profesores y alumnos en mi casa, para tener tertulias interminables, de lectura de poemas, pintura, escucha de discos y de guitarristas. Eso es lo que Carlos Martins denominó una vez «el grupo de Tacuarembó».
En ese proceso, tratamos de hacer una carrera de postas, trasmitiendo a nuestros jóvenes lo que nos habían enseñando nuestros grandes maestros. Esa experiencia que no tuvo naturalmente ninguna ayuda oficial dio estudiantes de la talla de Darnauchans, Carlos Benavides y Numa Moraes, entre otros. También poetas, pintores y fotógrafos. En materia musical, estando en Tacuarembó, nos estábamos empapando de una vanguardia venida del exterior, que aún no había llegado a Montevideo.
-De esa época data su vinculación con Alfredo Zitarrosa. ¿No es cierto?
-Un día vino Zitarrosa y escuchó las canciones que estábamos haciendo. Sin dudarlo, nos reunió a todos y manifestó su deseo de grabar. Allí empezó una gran vinculación con Zitarrosa, que grabó nada menos veintitrés temas míos.
Aparte de esa experiencia, tuve el privilegio de tener una gran amistad con Alfredo, que fue, sin dudas, un hombre excepcional.
-¿Cómo afectó la dictadura a todo ese proceso de crecimiento cultural y espiritual?
-Se siguió creando y publicando, pero ya con limitaciones muy grandes. Cuando yo publiqué «Hokusai» en 1975, estaba prohibido incluso nombrarme en diarios o revistas. Es un libro en el cual yo me siento ciertamente muy representado, que jamás fue reseñado en ninguna publicación.
Muchos de nosotros fuimos a parar a la cárcel y otros tenían la incertidumbre de no saber si realmente iban a poder volver a cantar.
El canto popular tuvo la virtud de aglutinar. Más que el valor que tenía como arte, que era importante, fue la posibilidad de reunirse, de generar un boca a boca.
La poesía y la canción de texto
-¿Por qué no se vende ni se lee poesía actualmente? ¿Existe un crisis generalizada de la sensibilidad?
-Yo estoy entre los autores privilegiados que vende poesía. El motivo es que también soy un autor de canciones. Hay en el varón, una actitud hasta prejuiciada de no leer poesía. Yo he consultado con colegas extranjeros y llegué a la conclusión que no es un fenómeno uruguayo ni regional, sino universal. El secreto es la canción de texto, que significa darle a éste un valor que pueda estar a la altura de la música. En este género, se destacan por ejemplo Joan Manuel Serrat, Paco Ibáñez y Víctor Manuel, entre muchos otros.
Todos ellos empezaron a cantar textos de Alberti, Lorca, Miguel Hernández, Antonio Machado e incluso a Góngora.
La poesía de libro está en estado pasivo. Primero se debe conseguir la obra y luego debe tenerse la voluntad de abrirla y leerla. En cambio, la canción va a tu encuentro, en cualquier lugar. Así tenemos la oportunidad de diferenciar al texto poético del texto musical funcional, que no nos deja nada ni nos induce a ninguna reflexión.
-¿Coincidimos que la vida es un permanente aprendizaje?
-Es un cuento chino que el maestro tiene que ser mayor que su alumno. Yo siempre le digo a mis alumnos que soy una especie de Drácula espiritual, porque me alimento de sus sueños y por eso sigo siempre en la lucha. Hay que practicar una feroz autocrítica, ya que nunca llegamos, estamos siempre en camino.
«Se perdió el miedo al Carlanco»
-¿La poesía es siempre compromiso?
-La poesía no vende, porque no se vende. La poesía es compromiso. Sin embargo, hay casos insólitos. El mayor poeta nuestro hoy aceptado por todos, que es sin dudas Julio Herrera y Reissig, nunca publicó en vida porque se inyectaba.
-¿Cómo percibe Washington Benavides que es un reconocido progresista este presente con un inminente triunfo electoral de la izquierda en nuestro país?
-Observo el futuro, en nuestro Uruguay, con mucha esperanza y sin temor. Fueron muy importantes los triunfos de Kirchner en Argentina y de Lula en Brasil. Parece que se está perdiendo el miedo al
«Carlanco».
También me colmó de alegría la victoria de Rodríguez Zapatero en España y el final de ese pequeño Hitler que es Aznar, que se dedicó a adular a Bush y Blair y llevó a su país a una guerra no deseada. *
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