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Poder y terror

En un tiempo de tanta impunidad y memorias fracturadas por la erosión del tiempo, la apropiación del relato histórico puede transformarse en un serio riesgo para la educación de las futuras generaciones.

La pulseada fundamental se dirime hoy en los medios de comunicación masiva, muchas veces sometidos a un exasperante vasallaje originado en monopolios económicos al servicio de intereses sectoriales.

Como el pasado siglo XX, este tercer milenio nació bajo el signo de las corporaciones, una suerte de herméticas logias o feudos más poderosos que los existentes en la oscurantista Edad Media, bajo cuya égida se amparan ancestrales privilegios.

Pese a que ya no viven como en el pasado en castillos amurallados de fortificadas torretas y puentes levadizos, los amos de siempre conservan enhiesta su invulnerabilidad.

El sistema financiero global, que gobierna al mundo poniendo de rodillas a pueblos y naciones con el chantaje de la deuda externa y las recetas recesivas, es hoy quizás la corporación más poderosa del planeta.

Donde existen riesgos para la estabilidad del imperialismo unipolar, acuden los mercenarios perros de la guerra financiados por el capital, para «poner en orden sus patios traseros».

Antes y después de las cada vez más frecuentes agresiones militares perpetradas contra los países que osan desafiar al poder, se monta una suerte de circo mediático impregnado de un discurso falaz.

Sin embargo, la reciente experiencia de España, confirma que la mayoría de los pueblos son amantes de la paz y que la mentira institucionalizada siempre tiene patas cortas.

El reciente pronunciamiento del electorado de la Madre Patria, constituye un episodio tan histórico como paradigmático. Luego del criminal atentado que mató a cientos de seres humanos inocentes hace poco más de una semana en Madrid, los votantes españoles barrieron de la escena política a quien les condujo a una aventura bélica absurda y despiadada en el flagelado Irak.

Felizmente, la historia volvió a impartir lecciones de dignidad, pese a la mentira institucionalizada que suele apropiarse del relato histórico y manipular las decisiones populares casi a su antojo.

A la distancia, el pronunciamiento reconforta y fortalece a la democracia, frecuentemente debilitada por decisiones inconsultas de quienes ejercen el poder casi autoritariamente, ignorando que la soberanía se construye mediante indispensables consensos.

Luego de ese aleccionante episodio, quizás muchos pongan las barbas en remojo y comprendan  de una buena vez  que la mentira es siempre, en definitiva, una mercadería perecedera.

El nuevo tiempo de violencia parido por los atentados contra las Torres Gemelas, la agresión militar a Afganistán y la invasión a Irak, está impactando intensamente a la sensibilidad colectiva.

La opinión pública mundial, permanentemente conmovida por una sensación de temor y perplejidad, está comenzando a reaccionar y a reinterpretar el presente, pese a la campaña de demonización lanzada desde los grandes centros de poder.

Es tiempo que los cronistas e investigadores comiencen  de una buena vez  a rescribir la historia, partiendo de la tesis de que el final de la guerra fría no aportó, como se pronosticaba, la paz global que las naciones fervientemente anhelaban.

Es plausible y saludable que desde el propio corazón del imperialismo, partan voces disidentes que cuestionan severamente las prácticas militaristas y las nuevas aventuras neocoloniales.

Hace un tiempo, en estas mismas páginas, reseñábamos el libro «Estúpidos hombres blancos», del escritor y director cinematográfico norteamericano Michael Moore. La obra, de tono acusador y con conocimiento de causa, denunciaba muchos de los desaguisados cometidos por el actual inquilino de la Casa Blanca.

En «Poder y terror», el conocido activista político, lingüista y ensayista estadounidense Noam Chomsky fustiga ácidamente muchas de las decisiones adoptadas por el gobierno de su país, tras los atentados que demolieron las hoy desaparecidas Torres Gemelas.

Aunque la selección de conferencias incluida en este libro precede a la invasión y posterior ocupación de Irak, el autor ya pronosticaba esa guerra no deseada y advertía que ella iba a generar otro doloroso baño de sangre.

El libro incluye inicialmente un largo y esclarecedor reportaje, en el que el célebre investigador entrevistado construye un fuerte discurso contra el conformismo, analizando las causas y las consecuencias de los atentados del 11 de setiembre de 2001.

Chomsky contrarresta el catecismo demonizador lanzado desde la Casa Blanca, denunciando los silencios cómplices de la clase intelectual de su país y los medios académicos que suele frecuentar.

Trabajando la materia prima de las causalidades, el ensayista no teme lanzarse a la arena del debate en torno al concepto de terrorismo, que a su juicio está presente en agresiones perpetradas por su país a través de la historia: los holocaustos nucleares de Hiroshima y Nagasaki, los bombardeos contra la población civil durante la guerra de Corea y los genocidios perpetrados por las tropas de ocupación en Vietnam, que incluyeron la deleznable utilización de armas químicas.

El historiador no escatima críticas al propio procedo fundacional de los Estados Unidos, cuando evoca, con pesar no exento de vergüenza, la matanza de millones de indios por parte de los colonizadores, a quienes califica de «fanáticos religiosos».

De las imputaciones de Chomsky se infiere  claramente  que todos estos episodios constituyen auténticos agujeros negros en el imaginario de sus compatriotas.

El autor no duda en cuestionar duramente la complicidad de algunos terceros países, que integran coaliciones multinacionales para pagar deudas por la ayuda militar recibida o las vistas gordas en los organismos internacionales.

El escritor y conferencista se manifiesta particularmente severo con la situación de Oriente Medio, enjuiciando las masacres perpetradas contra las poblaciones civiles y el mantenimiento del ilegal statu quo de ocupación desde hace ya más de tres décadas.

A su juicio, Estados Unidos ha auspiciado la violencia en esa región del mundo por parte de ambos bandos en conflicto, por no presionar para la búsqueda de una solución pacífica realmente confiable y vetar sistemáticamente todas las resoluciones de condena a Israel.

Lanzando munición gruesa, el ensayista considera que su país y sus aliados, han cometido numerosos crímenes de guerra y violaciones a la Convención de Ginebra, que deberían ser dirimidas en tribunales internacionales.

Analizando los contextos presentes desde la perspectiva de la causalidad, Chomsky demuele el mito de Saddam Hussein y los talibanes, recordando que  en el pasado reciente  fueron aliados de los Estados Unidos contra otros enemigos coyunturales.

Al tiempo de denunciar las «guerras justas» y compararlas con algunas prácticas agresivas de la Alemania nazi, el historiador no soslaya críticas referentes a la permanente injerencia de su país en América latina, sosteniendo y financiado recurrentemente a gobiernos autoritarios títeres y corruptos.

En ese contexto, dedica abundantes reflexiones a la situación de Cuba, condenando el embargo que  hace más de cuarenta años  soporta la isla caribeña. También merece un fuerte cuestionamiento la guerra económica lanzada contra los países deudores del tercer mundo, así como la inmoral manipulación de pueblos y gobiernos.

«Poder y terror» es un fuerte alegato contra la violencia y el imperialismo global, que parte sugestivamente de una destacada personalidad internacional oriunda de los Estados Unidos.

El libro reflexiona sobre lo
s conceptos de terrorismo universalmente aceptados, que obviamente no incluyen las agresiones imperialistas, las guerras, el exterminio de civiles y las ocupaciones territoriales.

Paralelamente, el autor fustiga con particular dureza a la clase intelectual de su país, que, a su juicio, ha reaccionado con una cómplice pasividad ante las últimas aventuras militares emprendidas por la Casa Blanca y el Pentágono.

(Editorial del Nuevo Extremo)

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