El apogeo de Roma

La dinastía de los Antoninos, cuyo fin relata sin demasiado rigor la película Gladiador, representó el apogeo del Imperio Romano.

Hollywood suele seguir un prejuicio cristiano según el cual el Imperio Romano era una orgía perpetua y que por sus pecados cayó. Lo cierto es que desde la caída de la República hasta la caída de Roma hay casi medio milenio, con sus consiguientes cambios en casi todo, hasta el mismo latín.

Se conoce bastante, sin embargo, un «siglo de Augusto», poblado de intelectuales relevantes –muchos de ellos previos a la asunción de Augusto– y de una época de paz –al menos interna–, que duró mucho menos que un siglo. Los sucesores del sucesor de Julio César, fueron bastante desastrosos.

En el año 96, Nerva (que gobernó dos años) instaló una segunda dinastía que hilvanó una serie de gobernantes excepcionales. El secreto consistió en que se utilizó el mecanismo de adoptar al heredero, escogido por sus virtudes.

Trajano (98-117), militar notable, dio al imperio su máxima extensión con la conquista de Dacia, Palmira, Armenia, Mesopotamia hasta Seleucia y Ctesifonte, entre 107 y 116. Lo sucedió Adriano (117-138), que comenzó el período más extenso de ‘pax romana’, casi un siglo; con la consiguiente prosperidad económica, desarrollo urbano y romanización de las provincias. Adriano, conocido por las notables Memorias de Margarite Yourcenar, también comenzó a construir murallas en las fronteras, a la china.

Antonino Pío (138-161) fue menos renovador que su antecesor, sencillo, profundamente religioso y tradicionalista, otorgó la ciudadanía a pueblos enteros y aplicó el derecho con criterio liberal. Escogió para sucederlo a Marco Aurelio (161-180), conocido por sus disfrutables Meditaciones en línea estoica, que lo convierten probablemente en el filósofo romano más profundo.

Para demostrar que la filosofía no evita el error, este emperador desechó el criterio de adopción en favor de su hijo Cómodo (180- 192), el de la película; tan inepto y corrompido, que terminó con la dinastía al morir asesinado.

Marco Aurelio, de quien se dice que no supo combatir con energía la invasión de los marcomanos (desde la actual Alemania) hizo proclamar imperator a su hijo en 176 y augusto en 177.

De ese entrenamiento, no parece haber aprendido mucho ninguno de los dos. Y en cuanto murió el filósofo, su hijo firmó una paz desventajosa con los invasores, desplazó a los consejeros de su padre por un hato de favoritos (Trigidio Perennis, Cleandro), arruinó el tesoro y aplicó un despotismo que parecía desterrado. La aristocracia tramó una serie de conspiraciones cuyas consecuencias fueron numerosas ejecuciones.

Hacia el final de su vida, Cómodo creyó ser Hércules y se hizo llamar hijo de Júpiter. Su concubina Marcia lo envenenó y, al no surtir efecto el veneno, lo hizo estrangular por un atleta.

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