Agreste
El cine del argentino Alejandro Agresti, si pensamos en su más reciente opus Valentín, es agreste. Una anécdota que no progresa en términos estrictamente cinematográficos, sin densidad ni texturas potentes para el registro de esas criaturas que se rozan y se descubren en ese Buenos Aires con sacerdotes lanzando speechs a favor del Che Guevara, sin un desarrollo cabal de una trama con mucho de autobiográfica, meramente acumulativa a través de la peripecia de un niño –de una performance forzada, sin ninguna fluidez ni expresividad– que, por esas fatalidades, debe quedar al cuidado de su abuela (la espléndida Carmen Maura que rema contra un guión sin matices y pobrísimo) hacia fines de la década del sesenta.
Agresti es, vale reiterarlo, agreste. Siempre ha sido de este modo su escritura visual, su modus operandi dentro de la cultura cinematográfica –aun cuando se le pueden reconocer méritos en títulos como Buenos Aires viceversa, por ejemplo– y que algunos críticos, sobre todo los de la vecina orilla, han sobredimensionado y hasta sublimado.
Lo cierto es que Valentín es como un clip que trabaja a partir de las imágenes que seguramente contuvo en su memoria el propio cineasta y que la deposita en el relato y en el andar de un pequeño. Es un filme menor con pretensiones o ambiciones mayores. Mala señal: el relato se estanca y no avanza hacia parte alguna y cae en las peores convenciones narrativas. *
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