Alto vuelo

Tim Burton es el cine. Es imagen purísima. Movimiento y más acá y más allá, alta poesía. Iconografía pop y de cuentos de hadas: también desde allí se puede hacer una lectura del mundo. De lo micro y lo macro, de la idea de la instantaneidad de la lo que somos o nunca seremos, de la realidad real y del más allá (la noción de lo fantástico) a la que aludía claramente Julio Cortázar. Es el cine de autor –en este caso El gran pez, apoyándose en la novela de Daniel Wallace– y el cine como sentido de la noción de espectáculo, lúdico y lúcido, revelador y provocador que elabora sus materiales desde una posición amorosa que a veces llega a desbordarse, aun cuando sea preferible algún exceso que tantas parquedades o artesanías hollywoodenses que mejor no mencionar.

Burton ama en demasía al cine y, por lo tanto, vale reiterarlo, es el cine. Para las mentes grises es el freak del biógrafo, y el individuo goza de esa colocación que es todo un privilegio. Porque tanta febrilidad creativia, tanto desmarque siempre serán bienvenidos si hay una tribu cinéfila que persiga el sello personal, esto es, una escritura visual donde reflejarse. Eso es Tim Burton desde El gran pez.: una mirada que captura y pesa el mundo desde lo distinto, desde una historia entre padre e hijo (AbertFinney-Ewan McGregor/Billy Crudup) donde los bordes de la realidad y la fantasía prácticamente se esfuman, se reconvierten para vivir poéticamente nuestras tramas y nuestros principios de deseo, acaso su realidad más tremenda con un poquito, mucho de amor.

Tremenda es El gran pez. Impecable.

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