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El ataque

Sin embargo, la realidad suele ser bastante más despiadada que cualquier experiencia onírica, en la medida que  en pleno tercer milenio  la humanidad aún parece obsesionada por exterminarse a sí misma.

Ese ejercicio suicida y sadomasoquista engendrado siempre en el vientre de la demencia y los mesiánicos delirios de grandeza de los apóstoles del desastre, tiene variadas e inverosímiles expresiones.

Hace apenas 72 horas, las imágenes emitidas por el satélite y proyectadas en las pantallas de nuestros televisores, herían nuevamente la sensibilidad colectiva con otra hecatombe.

Aparentemente, a juzgar por la sucesión de acontecimientos posteriores al atentado contra las Torres Gemelas, este siglo será bastante más violento que el pasado.

El descongelamiento de la denominada guerra fría no aparejó, como se presumía, la distensión tal añorada. Al ataque que hace más de dos años demolió el orgullo triunfalista del imperio unipolar, siguieron dos sucesivas agresiones militares contra Afganistán e Irak y la prosecución del baño de sangre en el Medio Oriente.

El reciente genocidio perpetrado en España, que naturalmente nos agravia, no es un mero episodio aislado, sino la consecuencia de una perversa ecuación de causalidad, el eco de otras tempestades y odios sempiternos.

La violencia que hoy padece la humanidad, particularmente los denominados países en desarrollo o subdesarrollados, tiene otros rostros no menos grotescos que la intervención militar.

La dependencia económica es también una estrategia despiadada de agresión contra sus víctimas, porque condena a millones de seres humanos a la miseria, la pobreza y la degradación, en un mundo cada vez más rico pero paradójicamente injusto hasta la exasperación.

El desenfrenado culto al lucro y el renovado auge del modelo de acumulación capitalista afectan adicionalmente a la naturaleza, recurrentemente depredada por los intereses de las multinacionales que gobiernan la economía mundial.

Esas conductas irresponsables de saqueo e indiscriminado agotamiento de recursos finitos no renovables, está modificando incluso el clima y el indispensable equilibrio ecológico.

Las consecuencias quizás irreparables proclamadas reiteradamente por la ciencia a modo de perentoria advertencia, están siendo deliberadamente ignoradas por el poder.

Insólitamente y como lógico corolario de la imprevisión, la explosión demográfica está afectando a las regiones más pobres y deprimidas del planeta, deviniendo en un acelerado crecimiento de la pobreza y la marginalidad.

Todos estos fenómenos son hijos bastardos de una de las peores crisis que registra nuestra historia, que trasciende a todo parámetro estadístico, indicador social o económico.

En los primeros años del tercer milenio, lo que parece haber colapsado, luego de un largo período de gestación, es la sensibilidad humana, el sentimiento solidario y la moral planetaria.

Un sistema perverso, que globaliza asimétricamente la riqueza y la pobreza, le sigue rindiendo religiosa pleitesía a la cultura del consumo, como si el ser humano contemporáneo sólo tuviera vísceras y careciera totalmente de espíritu.

Si se mantienen y se agudizan estos comportamientos irracionales que exhiben particularmente quienes detentan autoritariamente el poder, el futuro de nuestra civilización parece bastante incierto y el modelo de convivencia que compartimos, luchamos por conservar e incluso por mejorar, estará en serio riesgo de extinción.

Nuestras peores pesadillas pueden trasponer las fronteras de la mera imaginación e instalarse en los territorios de la realidad, para demoler definitivamente todos los sueños y utopías.

En «El ataque», el senador encuentrista Eleuterio Fernández Huidobro construye una novela de ficción fantástica, que, no obstante, reproduce muchos de nuestros miedos ancestrales más insospechados y ocultos.

Contrariamente a lo que se podría suponer, este libro no es un ensayo político del ex guerrillero y luchador social, sino una obra que respeta cabalmente todas las pautas de la construcción literaria.

En una novela que él mismo dedica sugestivamente a «los niños y a los jóvenes muy jóvenes», el legislador exhibe un llamativo talento para describir personajes y situaciones a menudo insólitas.

El relato se inicia con una suerte de alegato contra uno de los fenómenos contemporáneos más traumáticos que afectan a nuestro país: los accidentes de tránsito y sus trágicas secuelas.

Cuando el lector parecía persuadido de que autor se proponía reflexionar sobre este auténtico flagelo de nuestro tiempo, inesperadamente la narración deviene en novela de ciencia ficción.

La prolífica imaginación de Fernández Huidobro construye un escenario de desastre, cuando insólitamente los autos  colonizados por una inteligencia presuntamente desconocida  se rebelan contra los humanos y, luego de exterminar y sofocar los estériles focos de resistencia, instauran un nuevo orden.

La propuesta podría inscribirse en la mejor tradición de la novela fantástica químicamente pura, si el propósito no fuera  como realmente es  reflexionar juntos sobre las paranoias de una sociedad posmoderna de cada vez más acentuados instintos autodestructivos.

El legislador escritor entreteje pacientemente los hilos del relato, describiendo elocuentemente el paisaje de una ciudad desolada, sin luz ni comunicaciones, con edificios incendiados y destruidos y cadáveres salvajemente mutilados o calcinados.

La única vía de escape parece ser la red cloacal (que precisamente utilizaban los tupamaros en los tiempos de la guerrilla urbana) rumbo al mar, para desde allí organizar los operativos de salvamento y aprovisionamiento y las estrategias de supervivencia.

Lo terrible es que la sublevación de las máquinas no está meramente restringida a nuestro espacio geográfico sino que es un fenómeno universal, que afecta naturalmente más a los países desarrollados, dotados de parques automotores más abundantes.

El escritor describe  con lenguaje no exento de crudeza  el genocidio perpetrado por las unidades de este disciplinado ejército motorizado, que prodiga a sus víctimas un tratamiento inhumano.

Incluso, aunque pueda parecer inverosímil, los humanos son patentados como si se tratara precisamente de autos y dotados de un moderno dispositivo que permite vigilar todos sus movimientos.

Aún cuando contiene todos los ingredientes indispensables en el género de ciencia ficción y está narrada en formato de aventura,

«El ataque» es una obra impregnada de reflexiones no tan subliminales.

No es casualidad que dos de los protagonistas  a la sazón héroes de la historia  sean personajes cuasi marginales y habitualmente segregados por la sociedad: un lisiado que se desplaza dificultosamente con la ayuda de un bastón y un alienado, a quien sugestivamente los mecánicos dictadores le otorgan una libertad ambulatoria de la que no gozan los cuerdos.

Otra referencia que tiene una clara connotación simbólica, es el relevante papel que el autor le otorga a los niños en una situación de emergencia para la civilización. Los pequeños, salvo excepciones, son otro estrato poblacional habitualmente ignorado, en un mundo de adultos frívolo e intolerante.

A su vez, parece de meridiana claridad que el protagonismo que se le asigna a los animales en el relato, es una metáfora del indispensable restablecimiento de la armonía en la naturaleza y

del retorno del ser humano a sus orígenes y su hábitat.

El poder de los autos que someten a la humanidad a su voluntad, simbolizaría
 a su vez  la contemporánea y soterrada dictadura del consumo que está sepultando la sensibilidad universal. Eleuterio Fernández Huidobro ensaya  asimismo  una intensa apelación a valores caros a nuestra cultura humanista, como la solidaridad y el afecto.

Además, reflexiona, entre líneas, en torno a la perentoria necesidad de recuperar nuestra perdida identidad. Aunque cumple con el cometido de entretener, «El ataque» no se agota en un mero ejercicio de ficción surrealista, porque propone meditar minuciosamente acerca de muchas de nuestras paranoicas cotidianas y advierte sobre la siempre subyacente amenaza autoritaria.

(Ediciones Demipueblo)

AUTORES NACIONALES

AUTOR TITULO EDITORIAL
Nelson Caula Artigas Ñemoñaré II Rosebud
Walter Dresel Toma un café contigo mismo Planeta
César Di Candia Sólo cuando sucumba Fin de Siglo
María Pérez Santarcieri Amores, amoríos y pasiones De la Plaza
Ignacio Alcuri Sobredosis pop Cauce
Ana Ribeiro El caudillo y el dictador Planeta
Hugo Burel Los inmortales Alfaguara
Mercedes Vigil Matilde, la mujer de Batlle Planeta
Julio Kneit El gran fraude de los Peirano Fin de Siglo
Gabriel Rocha El país de los pájaros pintados Banda Oriental

 

AUTORES EXTRANJEROS

AUTOR TITULO EDITORIAL
Paulo Coelho Once minutos Planeta
Jorge Bucay De la ignorancia a la sabiduría Sudamericana
Dan Brown El código Da Vinci Umbriel
Stephen King Todo es eventual Plaza y Janés
Wilbur Smith La ruta de los vengadores Emecé
Patricia Cornwell Retrato de un asesino Ediciones B
Joseph Stiglitz Los felices noventa Taurus
Ángeles Mastreta El cielo de los leones Seix Barral
Frederick Forsyth Vengador Plaza Janés
Michael Moore Estúpidos hombres blancos Ediciones B

Fuente: Feria del Libro

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