THE WAILERS ACTUO CON RESPUESTA MASIVA DE PUBLICO EN LA ESTACION

En el nombre de Bob

Y una vez más la banda jamaiquina The Wailers, otrora soporte del inolvidable compositor que fuese Bob Marley, se presentó en concierto. No hubo demasiadas novedades y no debió hacerse tanto jolgorio con un proyecto musical que, en rigor, va a recostarse en la realización de covers de Marley como, evidentemente, serán «No woman no cry» o «Redemption song» y asimismo otras tales como «Could you be love», «Is this love» y el himno «Get up, stand up», entre otras.

También hubo temas instrumentales de autoría del actual líder de The Wailers, Aston Barrett, quien se arroga la posición de co-compositor, arreglador y productor de aquel proyecto entrañable y perdurable que lideró la sensibilidad superlativa de Bob Marley. Un Marley que marcó un antes y un después dentro de la música popular contemporánea, y que por cierto influyó decisivamente en que bandas blancas se atrevieran a hacer reggae blanco de altísima factura y resolución, si se piensa en The Police, The Clash o en Sublime, por citar algunos ejemplos contundentes. Algo similar había ocurrido con el blues en la década del sesenta que animó a figuras blancas de la cultura pop de la estatura de Eric Clapton, John Mayall (dicen que viene a Uruguay a una de las fechas del Jazz Tour 2004, atenti) o Johnny Winter, entre otros, a promover una música exquisita y generosamente creativa.

Marley, nunca los Wailers, fue y será un referente, un faro, una fuente permanente de inspiración. Sin Bob Marley, desde luego, un aviso a los navegantes, la capacidad creativa e interpretativa de estos Wailers se reduce más que considerablemente en términos creativos y en solvencia sonora. Falta el padre intelectual de la criatura que movilizó al mundo y que posicionó a la cultura rastafari en una rampa de privilegio. Una gestión en la que ciertamente tuvo mucho que ver el también desaparecido e inmenso Peter Tosh.

Es cierto que todos los creadores mayores como Bob Marley, dentro lo que ha sido la estética del reggae, siempre poseen detrás suyo personajes que terminan de decantar o afinar diversos materiales. Pero designarlo como un mérito para darle si se quiere credibilidad a la actual propuesta de The Wailers, suena un poco fuera de lugar.

Barrett ha declarado que «yo siento que el material es mí, de alguna manera, porque yo participé activamente en la gestación de cada canción, ya sea como compositor, arreglador, como productor» (1). Está bien, cada uno se coloca el traje que su principio de deseo puede llegar a proyectar en estas situaciones.

La gloria, querido Barrett (no confundir con el genio de Syd Barrett, aquella maravilla que lideró el primer Pink Floyd), nunca se traspasa. No debe traspasarse porque es contra natura. Y esa gloria, pues, le corresponde únicamente a Bob Marley, que valga la aclaración, porque acá estamos demasiado acostumbrados -desde esta detestable cultura de es lo que hay-, no solamente a tragarnos estos buzones sino aviones del tamaño del Corcord.

Lo que el público sí tuvo, a partir del propio set de The Wailers, fue soltura escénica y fluidez rítmica. Un respeto -que se vio en las versiones- por la memoria de Marley, y songs of fredom, redepmtion songs, como para que la tribu aburrida montevideana se divirtiese un ratito, que bien se lo merece. *

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