El mayor ejemplo del cine fantástico estadounidense
Esta realización reúne un reparto de primer nivel, que incluye al inconmensurable británico Albert Finney, a la talentosa Jessica Lange, a Danny DeVito, Steve Buscemi, Alison Lohman, Helena Bonham Carter, Ewan McGregor y Will Crudup. El gran pez al que alude el título de esta nueva realización de Burton, tiene naturalmente un sentido simbólico, que se identifica claramente con el sobredimensionamiento de una situación presuntamente real elevada a la estatura de leyenda.
Fiel a su estética rupturista, el creador trabaja con singular oficio la materia prima primordial de la imaginación, convocando al cinéfilo de turno a un periplo cinematográfico en muchos aspectos subyugante. El filme, basado en la novela homónima de Randall Wallace, narra la historia de Edward Bloom, quien durante su infancia debió permanecer confinado en una cama, debido a una aceleración sobrenatural de su crecimiento. En esas circunstancias, el niño lee ávidamente la Enciclopedia Mundial, donde descubre al pez dorado, que, según el texto, si es colocado en una pecera de grandes dimensiones, puede llegar incluso a cuadriplicar su talla.
Siendo un joven, el protagonista decide abandonar su pueblo natal, para lanzarse a conocer el mundo y así mediante el saber empírico crecer intelectual y espiritualmente. Muchos años después, ya en la edad adulta, Bloom (Alberto Finney) se ha transformado en un célebre contador de cuentos fantásticos, narrando según afirma las experiencias que ha vivido durante su prolongado periplo global.
Su hijo Will (Billy Crudup), que no cree demasiado las fábulas de su padre, abandona también su hogar, con el propósito de iniciar su propio viaje iniciático hacia el conocimiento.
Trabajando en la frontera de la realidad y la fantasía, Tim Burton se interna en universos a menudo oníricos, poblados de personajes insólitos, siempre entrañables y hasta surrealistas. Sin embargo, El gran pez no es un mero cuento de hadas, duendes, demonios o querubines, porque explora en más de un sentido los siempre laberínticos territorios de la condición humana.
Si bien hay una clara apelación a muchos estereotipos de la literatura de aventuras, el filme procura definir los límites entre la realidad y la fantasía. El realizador construye un discurso de sesgo siempre humanista, que exalta valores pero no soslaya defectos. En ese contexto, el gran pez es un símbolo cultural de emancipación, de rebeldía y una intensa apelación a la utopía.
La película, de escritura visual atrapante y sobrecogedora, aporta los osados recursos estéticos habituales en Burton, quien demuestra, una vez más, que es uno de los realizadores más creativos e innovadores del cine contemporáneo.
Hijo rebelde de la casa Disney
Nacido en la fábrica de sueños de la legendaria casa Disney, Tim Burton siempre fue un apasionado de la fantasía en estado químicamente puro. De niño, se dedicó al dibujo y a la pintura. Esa pasión por la reproducción de la imagen lo transformó naturalmente en un cinéfilo empedernido, que se sintió prematuramente atraído por monstruos como Godzilla, las películas británicas de la Hammer y el actor Vincent Price.
En 1979 se integró a los equipos creativos de la compañía Disney, llegando a participar en el filme animado El lobo y el sabueso. Sin embargo, su revulsivo estilo disentía radicalmente con los conceptos de la empresa cinematográfica. El famoso novelista Stephen King, impresionado por el talento del joven, lo recomendó a un ejecutivo de la Warner Brother. De allí nació La gran aventura de Pee-Wee.
Recién en 1988, los cinéfilos comenzaron realmente a conocer a este auténtico enfant terrible, con el estreno del imaginativo filme Beetlejuice.
Sin embargo, el gran salto cualitativo en la por entonces ascendente carrera del realizador se registró en 1989, cuando asumió la dirección de la versión cinematográfica de Batman (Michael Keaton), el enigmático hombre murciélago nacido de la pluma de Bob Kane, que integra la galería de personajes inmortales del cómic.
Más allá del mero éxito de taquilla, habitual en estos productos cinematográficos de alto consumo, lo realmente sugestivo fue la estética que imprimió Burton a su título. Aún recordamos las impactantes imágenes de la opresiva y futurista Ciudad Gótica semioculta en un banco de smog y poblada por personajes marginales.
Ni que hablar de la recreación del mítico justiciero, solitario, traumado y estigmatizado por una pérdida irreparable en su infancia y el paranoico y desfigurado Guasón, mítico criminal magistralmente encarnado por el gran Jack Nicholson. Esa visión fantasmagórica del legendario héroe devenido en antihéroe que suponíamos irrepetible reapareció en 1992 en Batman vuelve, la previsible secuela del gran éxito cinematográfico.
En este nuevo título, Burton nos volvió a sorprender con su formulación visual impactante y sus personajes igualmente oscuros: el Pingüino (Danny DeVito), Gatúbela (Michelle Pffeifer) y el pérfido delincuente que encarnada el también estupendo Christopher Walken.
Más allá de logros formales y relevantes histrionismos, este segundo filme aporta reflexiones en torno el poder, la corrupción y la doble moral, satirizando, asimismo, algunas conductas sociales. Entre las dos historias del mítico icono encapotado, Burton creó la inolvidable El joven manos de tijera, que fue el primer filme en el que el realizador tuvo absoluto control, ya que dirigió, escribió la historia y la produjo. Este título corrobora el prodigioso talento del singular realizador, para construir una singular recreación del mito de la bella y la bestia, dotado de una escritura visual fascinante y de poesía sobrecogedora.
Sin embargo, el genio de este director vanguardista e iconoclasta nos sorprendería nuevamente en 1993, con su no menos inolvidable El entraño mundo de Jack, una abrumadora fantasía animada claramente divorciada de los moralizantes productos de la Disney.
La fascinación por los seres extraños preparó el terreno a lo que, en nuestra opinión, es la obra mayor de Tim Burton: Ed Wood, personaje real encarnado por un inconmensurable Johnny Deep.
El filme rodado en blanco y negro con las técnicas de hace más de medio siglo es la biografía nunca antes narrada de quien es considerado el peor director de cine de todos los tiempos, responsable de algunas de los filmes más deplorables de la historia.
En este título sin dudas imperdible Burton captura la traumática peripecia de un ser cuasi marginal, dotado de una pasión sin talento, aficionado al travestismo y rechazado por los grandes estudios cinematográficos. Su relación con el decadente astro del cine terrorífico Bela Lugosi (inolvidable Martín Landau) le otorgó, en su tiempo, una notoriedad que quizás no hubiera merecido.
La pasión de Tim Burton por el cine fantástico de trazo surrealista le impulsó a crear su genial y descabellada Marcianos al ataque, un delirante homenaje al cine de ciencia ficción clase B de la década del cincuenta. Bajo su envase de divertimento, esta película propone una vitriólica sátira a las paranoias de la sociedad norteamericana de la década del noventa.
Aunque este filme fue un fracaso comercial que contrastó con los éxitos de taquillas de Batman y sus secuelas, transformó igualmente a Burton en un cineasta de culto. Sus dos últimos títulos La leyenda del jinete sin cabeza y la remake de El planeta de los simios seguramente no pasar
án a la historia en el conjunto de su ya profusa e innovadora filmografía. Sin embargo, pese a los inevitables altibajos de todo artista, ambas producciones revelan que el genio creativo de este inquieto realizador está intacto.
El gran pez parece ser el retorno triunfal de Tim Burton, uno de los realizadores sin dudas más talentosos, creativos y rupturistas del cine contemporáneo. *
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