La lengua no es de trapo

Enunciados anfibológicos

La lengua castellana, a pesar de su precisión, ofrece a veces construcciones perfectamente correctas desde todo punto de vista, pero que contienen peligrosas imprecisiones.

Veamos algunos casos.

«La desventura de Antígona conoce principio en el ultraje al que el rey Creonte somete los restos de su sobrino Polinices».

Cualquier abombao sabe que Polinices es hermano de Antígona, ambos hijos incestuosos de Yocasta y Edipo, y que Creonte, hermano de Yocasta, es por tanto su tío. Pero quien ignore la peripecia sofocliana  o la haya olvidado  y se enfrente a este enunciado, se queda irremediablemente sin saber de quién es sobrino Polinices. En efecto, aunque en principio el posesivo su refiere al último nombrado (en este caso, Creonte), podría admitirse también que Polinices es sobrino de Antígona. ¿Cómo eliminamos la ambigüedad? No hay forma si no apelamos a un desarrollo de la idea con el riesgo de incurrir en redundancias: «La desventura de Antígona conoce principio en el ultraje al que el rey Creonte somete los restos de su sobrino  hermano de aquélla  Polinices». O «…de Polinices, sobrino suyo y hermano de aquélla».

Pero para no remontarnos a la antigüedad clásica, otros enunciados más cotidianos y actuales (aunque no menos trágicos que los otros) se prestan a anfibologías: «Gelman reclama a Batlle que diga dónde están los restos de su nuera». Ningún latinoamericano podría confundirse al leer un titular como éste, pero piense el lector en un habitante de Sri Lanka que lee la noticia, y reconozca que no tendrá modo de saber si se trata de la nuera del uno o del otro de los nombrados.

La semana pasada pudo leerse el siguiente colgado en El País, en el que se promueve una confusión triple: «Hierro dijo que Recarey tuvo un proceder ilegal, la Corte respondió que desconoce el funcionamiento de la Justicia». ¿Quién desconoce el funcionamiento de la Justicia? ¿Hierro, Recarey o la propia SCJ? Aunque las dos últimas hipótesis son descabelladas, admitamos que no hay razón para desecharlas. El texto debería haberse redactado especificando el sujeto de desconocer, con lo cual queda aventada toda posible confusión: «Hierro dijo que Recarey tuvo un proceder ilegal; la Corte respondió que el vicepresidente desconoce el funcionamiento de la Justicia».

–Mire, Mendieta, no trate de confundirme, porque mi sobrino no se llama Polinices sino Rudecindo, aunque él prefiere que lo llamen Maicol.

–¡Qué lo parió! *

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