El graf Spee
Luego de mucho esfuerzo, el mentado aparato salió a la superficie. Nada menos que «el telémetro» del acorazado alemán que forjó una de las historias más populares del Montevideo del ayer. El Graf Spee, a pocos meses de inicada la Segunda Guerra, nos trajo su mensaje de fuego. Por diciembre del 39, en aguas del Río de la Plata, protagonizó un fiero combate con los cruceros Achilles, Exeter y Ayax que hacía meses perseguían a ese «acorazado de bolsillo». Dejó al Exeter fuera de combate mientras que los otros dos lo siguieron hasta el Puerto de Montevideo, donde ancló por estar averiado. El gobierno le otorgó un plazo legal de 72 horas y como fuera tenía que irse. En ese período Uruguay fue el centro del mundo. Empezó a tallar el nombre del por acá desconocido almirante de la Flota Británica, un tal Winston Churchill.
Cuentan los entendidos que de este episodio comenzó su gran popularidad hasta convertirse en Primer Ministro y símbolo de la lucha contra Hitler. Comentaban que el Graf Spee tenía secretos que lo hacían único y que jamás podía caer en manos del enemigo. Un sistema para detectar blancos llamado «radar», absoluta novedad por aquellos días. Los canillitas voceaban en las esquinas los nombres del canciller uruguayo Guani y el embajador Millington Drake, protagonistas de un duelo diplomático por la suerte del temible corsario.
Y su capitán Lansdorff buscaba ganar tiempo para las reparaciones pero sin suerte. Sólo le permitieron bajar a los heridos y los muertos fueron llevados en una hilera de ómnibus que atravesó la ciudad hasta el Cementerio del Norte. Al paso del cortejo mucha gente hacía el saludo nazi, algunos por respeto y la mayoría por ignorancia y novelería. Y en el atardecer veraniego del 17 de diciembre tuvo que partir. Una multitud estaba en la rambla y entre ellos un flaquito curioso de 23 añitos que ahora escribe sus recuerdos.
Las azoteas de El Bajo llenas de nerviosos vecinos. El Graf Spee iba lentamente y lo seguían pequeñas barcazas. No muy lejos, se detiene y la tripulación baja y en las pequeñas naves retornan al puerto. Nadie sabía lo que pasaba. De pronto, una primera explosión hizo temblar la rambla. Un poderoso sonido que llegó a quebrar los vidrios de muchas ventanas de la Ciudad Vieja.
Durante casi una hora no cesaron de escucharse algo parecido a lejanos truenos. Algunas llamas y mucho humo salían del barco que se recortaba en el horizonte de un atardecer montevideano que es leyenda. Al rato, el acorazado pareció que se quebraba, se inclinó de costado y muy rápido comenzó a hundirse en medio de un remolino de aguas. Por la llamada «Red Occidental de la BBC» nos enteramos de que el capitán había hecho explotar la «santa bárbara» de la nave para hundirla junto a sus secretos.
Unos días después, en un hotel de Buenos Aires, se suicidó envuelto en la bandera de Alemania. Algunos marineros se quedaron en Montevideo y vivieron por muchos años en una casona del barrio Nuevo París. Con más recuerdos y música los esperamos, todos los sábados a las 18.30 en 1410 AM LIBRE. *
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